Juan del Encina (1468- 1529)

Juan del Encina nació en 1468 en Salamanca o sus alrededores. Juan del Encina, que en realidad se llamaba Juan de Fermoselle, era mozo de coro en la catedral de Salamanca en 1484 y estudió en la universidad de esa ciudad. Debió de entrar al servicio de los duques de Alba en 1492 o 1495. Un año más tarde publica su Cancionero, que contiene obras líricas y dramáticas. En 1498 aspira a una vacante de cantor en la catedral salmantina y es derrotada por Lucas Fernández.

Desanimado quizá por la derrota, se va a Roma, donde en 1500 goza del favor del papa Alejandro VI y, más tarde, de Julio II. Obtiene varios beneficios eclesiásticos en Salamanca y Málaga, que le obligan a volver a España, pero en 1514 regresa a Roma. Se ordena sacerdote en 1519 y emprende una peregrinación a Jerusalén de donde vuelve a Roma y España para morir en 1529.

Un  poeta mediano  y un mejor músico

Aunque oscurecida por su producción dramática, la lírica de Juan del Encina es excelente. Su importancia como lírico va unida a su trabajo como músico. Su éxito  hay que enmarcarlo en la afición que la corte de los Reyes Católicos tiene a la poesía popular.

Los mejores poemas de Juan del Encina son de clara inspiración popular. Glosa cancioncillas y fragmentos de romances tradicionales para los que compone una música que, según Barbieri, “podría creerse pura expresión de la música popular” de no ser por su cuidada armonización.

Entre las cancioncillas tradicionales que Encina glosa cabe destacar la que comienza “Ay, triste, que vengo…”:

— Ay, triste, que
vengo vencido de amor
maguera pastor.
Más sano me fuera
no ir al mercado
que no que viniera
tan aquerenciado:
que vengo, cuitado,
vencido de amor
maguera pastor.
Di jueves en villa
viera una doñata,
quise requerilla
y aballó la pata.
Aquella me mata,
vencido de amor
maguera pastor.
Con vista halaguera
miréla y miróme.
Yo no sé quién era
mas ella agradóme;
y fuese y dexóme
vencido de amor
maguera pastor.
De ver su presencia
quedé cariñoso,
quedé sin hemencia,
quedé sin reposo,
quedé muy cuidoso,
vencido de amor
maguera pastor.Ahotas que creo
ser poca mi vida
según que ya veo
que voy de caída.
Mi muerte es venida,
vencido de amor
maguera pastor.Fin.
Sin dar yo tras ella
no cuido ser bivo
pues que por querella
de mí soy esquivo.
Y estoy muy cativo,
vencido de amor
maguera pastor.

Aquí podéis oír la música que Juan del Encina compuso para esta letra:

O esta otra que comienza: “Pues no te duele mi muerte”

Pues no te duele mi muerte
siendo tú la causa della,
sepan todos mi querella.
Sepan que tengo razón
de quexarme, si me quexo,
pues de ti vencerme dexo
dándote mi coraçón;
y no tienes afición
pues me matas por tenella,
sepan todos mi querella.
¡O muger desgradecida,
más que nadie nunca fue!,
que no te vence mi fe
ni mi passión tan crecida,
pues la tienes conocida
y quieres desconocella,
sepan todos mi querella.
Siempre muestras que me quieres,
yo no sé lo que desseas,
mas no puede ser que seas
más cruel de lo que me eres;
y pues con la fe me hyeres
y no muestras obras della,
sepan todos mi querella.
Posiste, con tu querer,
en mi fe mucha esperança,
mas ora, con la mudança,
hásmela hecho perder;
y pues tú, con tu poder,
no quieres favorecella,
sepan todos mi querella.
Y tu querer ha causado
en el mío tal firmeza
que mi bien y mi riqueza
es en cumplir tu mandado;
y pues no tienes cuydado
y matas siendo tan bella,
sepan todos mi querella.
Fin
Mas esta merced te pido
por no te dar más enojos:
me mires con tales ojos
con quales mi fe te vido;
si crueza pone olvido,
piérdela, pues en perdella
perderé yo mi querella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No quiero tener querer…

No quiero tener querer
ni quiero querido ser.
Pues amor tan mal me trata,
no quiero su galardón,
que con mil muertes me mata
por le tener afición,
y no me puedo valer
con el mucho padecer.
Mostróme tal esperança
quando por suyo me di,
quel daño de la tardança
con ella no lo sentí,
y por me echar a perder
ha tardado el gradecer.
Siempre me dio mil pesares
por un plazer con dolor
y en peligrosos lugares
siempre me negó el favor,
y nunca me pude ver
sino triste en su poder.
Fueron tantos mis servicios
que no se pueden contar,
sus pagas y beneficios
han sido de me matar,
y es cosa de no creer
quánto pierde mi perder.
Las mercedes que esperava,
triste, yo nunca las vi
el gozo que desseava
fue tristeza para mí;
ya la gloria y el plazer
no me saben conocer.
Fin
No fue menos su crüeza
que mis pérdidas y daños;
si fe grande mi firmeza,
muy mayores sus engaños;
pues no me quiere querer
ya no quiero suyo ser.

Otras canciones suyas son “Más quiero morir por veros…”, “No te tardes que me muero…”, “Vencedores son sus ojos…”, “Ojos garzos ha la niña…”, “Montesina era la garza…”, “Tan buen ganadico…” etc.

Las connotaciones eróticas son frecuentes y claras; incluso encontramos algunos villancicos declaradamente obsceno.  También encontramos canciones vueltas a lo divino. Algunas de ellas son de tema mariano: “Ya no quiero tener fe , /Señora, sino con vos, /pues que sois madre de Dios”.

Dentro de la misma moda aristocrática a que hemos aludido hay que entender la recreación y glosa de romances. “Cata Francia, Montesinos…”, “Suspiraste, Valdovinos…”, “¿Qué es de ti, desconsolado?”

Menor relieve tiene la poesía de corte trovadoresco, donde Encina resulta un hábil rimador de los tópicos obligados. Fueron famosos en su siglo y el siguiente los Disparates trobados, que son una sarta de sinsentidos.

El influjo de los poemas alegóricos italianos es evidente en El triunfo del amor, de calidad estética más que relativa, al igual que la Trivagia o Viaje a Jerusalén, pesado relato en coplas de arte mayor. Tampoco brilla a gran altura su Tragedia trobada a la dolorosa muerte del príncipe don Juan. Lo mismo sucede en sus poemas religiosos (La Natividad de Nuestro Señor, La Resurrección, etc.) en los que el poeta muestra más erudición bíblica que inspiración poética.

Dentro de la obra no dramática de Encina, hay que subrayar la importancia de sus poemas de corte tradicional. Estos poemillas son obras definitivas, mucho más logradas que sus intentos dramáticos. El relieve que se ha dado a su teatro es que abre una etapa; el olvido en que se tiene su obra lírico-musical obedece a que es la culminación y el broche (de oro, ciertamente) de una época: la Edad Media.

Juan del Encina, autor teatral

Juan del Encina es el creador de un mundo dramático. Al parecer, el autor parte de la tradición religioso-teatral del officium pastorum. Crea un mundo (el pastoril castellano), un lenguaje convencional (el sayagués, con abundantes lusismos y leonesismos) y una serie de personajes igualmente convencionales (los pastores) que encarnan tanto a figuras de ficción (desde un ser de caracteres definidos hasta los evangelistas) como a seres reales, entre ellos el propio Juan del Encina, incorporado por un pastor de su mismo nombre en las églogas I y II. De este modo, Juan del Encina crea un jugoso juego entre la realidad y la ficción; de ahí que el mismo personaje encarne a un tiempo al autor y a San Juan (a ratos el Evangelista, y a ratos el Bautista). Los pequeños prólogos siempre señalan cómo el personaje “entró en la sala adonde el Duque y la Duquesa estaban”.

Hay que observar cómo a medida que el poeta avanza en su producción, su mundo dramático va cobrando cuerpo y se desliga de la inmediata realidad, deja a un lado el carácter circunstancial de las obras precedentes.

Las églogas de Juan del Encina carecen de una sólida armazón dramática: son, en su mayor parte, diálogos mínimos y carentes de acción, destinados a cubrir una función en las fiestas sociales de los duques de Alba o en la Italia renacentista. Sin duda, una de sus fuentes de inspiración son las Bucólicas de Virgilio que el poeta había traducido con anterioridad. Excepto en las últimas églogas, la acción apenas existe, las situaciones son sumamente elementales y rudimentarias, la independencia del texto con respecto a su contexto es muy precaria. Con todo, son la raíz de futuros desarrollos dramáticos que ya apunta el propio Juan del Encina en la segunda parte de su producción.

Las primeras Églogas

La primera parte de la producción de Juan del Encina aparece publicada en el Cancionero de 1496. Son ocho églogas que se reparten entre la temática religiosa y la profana. Son piezas breves: la más extensa tiene 557 versos. La edición de 1507 añadía dos nuevos dramas: la Égloga trobada… conocida como la de las grandes lluvias, y la Representación de Amor.

Égloga I

Es una autodefensa y un elogio de los duques de Alba por boca de Juan, pastor que representa al poeta. La estructura no puede ser más simple: un diálogo entre Juan y Mateo.

Égloga II

Escrita, como la anterior, para la Nochebuena de 1495. En ella hablan, además de Juan y Mateo, los pastores Lucas y Marcos con lo que queda formado el cuarteto de evangelistas que relatan la Natividad. Finalmente, los cuatro cantan ante el portal.

Égloga III

Gira en torno a la resurrección y presenta las figuras de dos ermitaños a los que se une la Verónica. Un ángel les anuncia finalmente la resurrección de Cristo. Como en las églogas anteriores, la acción real la conocemos de forma indirecta.

Égloga IV

Presenta también el tema de la resurrección a través de Joseph, la Magdalena y los discípulos de Emaús.

Égloga V y VI

Compuestas ambas para el carnaval. En la Égloga V, el pastor Beneyto llora la presunta partida del duque a la guerra con Francia. Pedruelo trae la noticia de que se ha firmado la paz. En la Égloga VI,  los mismos pastores celebran el carnaval y nos invitan al goce de los placeres mundanos, cuya brevedad los hace aún más apetecibles.

Églogas VII y VIII

También forman una unidad. La VII, protagonizada por el pastor Mingo, la pastora Pascuala y un escudero, plantea la competencia amorosa entre el pastor y el escudero que requiebran a Pascuala. Finalmente, el escudero se hace pastor. La VIII tiene los mismos personajes, más Menga, la mujer de Mingo. Gil, el antiguo escudero, presenta a los duques “en nombre de Juan del Encina […] la copilación de todas sus obras”. Gil y Pascuala se trasladan a la ciudad y Mingo y Menga le siguen.

Como puede comprobarse, estas obras son sencillas y carecen de artificio dramático.  Estamos en los orígenes del teatro español.

A estas piezas hay que añadir el famoso Auto del repelón, con el que se inicia el teatro cómico español. Mientras en la Égloga de las grandes lluvias existen referencias a la inmediata realidad cotidiana.

El paso de Juan del Encina por Italia: las Églogas de la segunda época

El viaje de Juan del Encina a Italia fue, sin duda, importante en su carrera de dramaturgo.

Égloga de Cristino y Febea

Enfrenta el amor divino, encarnado por el anacoreta Cristino, y el amor mundano, representado por la ninfa Febea, que vence los propósitos abstinentes y eremíticos de Cristino. Se ha visto en este planteamiento un asomo del paganismo y del vitalismo del Renacimiento italiano.

Égloga de Fileno, Zambardo y Cardonio

Es la más importante obra conocida de Encina, aquella en que dio muestra de su talento  dramático y de una sensibilidad extraordinaria. La intriga es mínima: Fileno, desdeñado por Zefira, decide quitarse la vida: dialoga con Zambardo (el pastor zafio y brutote que acaba durmiéndose) y con Cardonio, el pastor discreto que con razones intenta desviar a su amigo de sus propósitos; abandonado de ambos, Fileno se suicida. Poco después vuelve Cardonio que descubre el cadáver del infortunado amante.

Égloga del Plácida y Vitoriano

Juan del Encina escribió esta obra en Roma en 1513. La acción, más rica y trabada que en las piezas precedentes, presenta una fábula de amores digna de la comedia lopesca; una discusión entre los amantes provoca la separación airada; Vitoriano, para olvidar a Plácida, corteja a Florencia; más tarde vuelve en busca de su primer amor, pero Plácida se ha suicidado; el amante, desesperado, intenta hacer lo propio, pero Venus detiene el puñal y consigue que Mercurio resucite a Plácida.

Podéis ver aquí la Égloga de Plácida y Vitoriano en una producción de Laboratorio Escénico Univalle, y Acción Cultural Española, dirigido por  Ma Zhenghong y Alejandro González Puche: