Los Lais de María de Francia (siglo XII)

Marie de France, from an illuminated manuscript now in the Bibliothèque nationale de France: BnF, Arsenal Library, Ms. 3142 fol. 256

“María me llamo, y soy de Francia”

Así se presentaba a sí misma María de Francia, considerada la primera escritora francesa, una mujer culta que conocía el inglés, el bretón y el latín, así como la literatura de su época. No se sabe mucho sobre la personalidad de esta escritora, que en sus obras se dirige a un público cortesano al que conoce muy bien; que dedica su obra principal a un rey, que seguramente es Enrique II de Inglaterra (1133-1189), y que era mujer de sólida formación latina, atestiguada por la traducción del relato maravilloso y legendario del purgatorio de san Patricio, escrito en latín por Enrique de Saltrey y por la  versión que hizo de una de las derivaciones del fabulario, a la que denominó Ysopet, en la que cada fábula va seguida de reflexiones morales:

El ratón de ciudad y el ratón de campo

Se dice de un ratón de ciudad
que quiso ir a divertirse a una ciudad cercana
y tuvo que pasar por medio de un bosque.
Y en el bosque le sorprendió la noche.
Encontró un agujero que había hecho por allí un ratón de bosque,
al que había llevado su despensa.
El ratón de ciudad le preguntó si tenía por allí algo de comida.
—Tengo más que suficiente— el otro le responde—,
¡Pasad y ved! Y su hubierais traído compañía
seríais bien servidos igualmente.
Después de haber pasado allí algún tiempo, habló a su compañero;
le dijo que su casa no era buena
y que no quería quedarse más tiempo; que se fuera con él y ya vería
cómo le proporcionaba ricos salones,
bellas despensas y bellas bodegas,
buenas bebidas y buenas comidas.
El otro se lo cree y va con él.
Lo llevó a ricas salas, le enseñó sus desvanes,
despensas y bodegas llenas de harina y miel.
Realmente creyó estar en el cielo.
Pero entonces llegaron los bodegueros
que tenían que entrar en la bodega.
No bien la puerta abrieron, los ratones entraron en sus agujeros.
El del bosque, que ignoraba su existencia, quedó pasmado de estupor.
Cuando salieron los otros de la bodega, los ratones volvieron a comer.
Este, que se había llevado un susto de muerte, estaba triste y dolorido.
Su compañero lo miró y le preguntó con gran dulzura:
— ¿Por qué tienes esa cara, mi dulce amigo?
— Aún — dijo— me dura el sobresalto del miedo que he pasado.
¡Mucho me arrepiento de haberte creído!
Me contaste al detalle tus aventuras,
mas no me hablaste de tus desventuras.
Te asustas de la gente, de los gatos, incluso de los pájaros
y de los ingenios que contra ti preparan.
Yo prefiero vivir solo en el bosque, seguro y sin angustias,
que lleno de tristeza en tus salones.

Esta fábula contiene esta sentencia:
todos prefieren gozar de sus pequeñas cosas en paz y sin temor
que la riqueza ajena con pena y aflicción.

Se ha querido identificar a esta dama escritora con encumbradas señoras o abadesas que llevaron su nombre de pila, pero no existen argumentos que confirmen tales hipótesis. El hecho de que puntualice que es “de Francia” podría hacer sospechar que no residía precisamente aquí, y es muy posible que su labor literaria se realizara en el ambiente anglonormando de Inglaterra.

¿Qué es un lai?

Se trata de una narración de carácter episódico, que a veces se reduce a una anécdota muy sencilla que se relata en un centenar de versos, como ocurre en la Madreselva, y que tienen por lo general un acusado tono cortesano y elegante.

Los lais de María de Francia

Se abre esta obra con un prólogo muy interesante por las afirmaciones de la escritora acerca del propósito de su obra, sus ideas sobre la escritura en lengua vulgar y las características de las narraciones que va a ofrecer a sus lectores.

Afirma que todo aquel a quien Dios ha concedido ciencia y elocuencia no debe permanecer callado y tiene la obligación de exteriorizarse. Fiel a estas consideraciones nos informa de que durante un tiempo pensó en traducir del latín al romance alguna obra buena; pero, como esto ya lo han hecho otros, se inclinó por un tipo muy distinto de labor literaria. Podéis leer los versos en la lengua original en que fueron escritos  (la traducción está debajo, no temáis):

Des lais pensai, k’oï aviee.
Ne dutai pas, bien les saveie,
ke per remembrance les furent
des aventures k’il oïrent
cil ki primes les comencierent
e ki avant les enveierent.
Plusurs en ai oï conter,
nes voil laisser ne oblïer.
Rimes en ai e fait ditié,
sovents fiez en ai veillé.

[Pensé en los lais que había oído. Ya no dudé más, pues bien sabía que aquellos que los comenzaron y que los divulgaron los hicieron para conservar el recuerdo de aventuras que habían oído. Muchos he oído contar, y no quiero dejarlos ni olvidarlos. Los he puesto en rima y he hecho con ellos un libro que me ha costado muchos desvelos.]

Estas afirmaciones, tan personales y realmente originales, se corroboran y completan con datos que María de Francia da en otros pasajes de su conjunto de narraciones, y ello nos permite llegar a conclusiones basadas en los términos que la escritora da a los tres elementos que confluyen en sus relatos.  Afirma, en primer lugar, que para conservar el recuerdo de ciertas anécdotas de carácter amoroso o fantástico, anécdotas a las que da el nombre de aventuras, alguien, generalmente los bretones, compusieron ciertos lais, que eran unas canciones muy conocidas (la palabra lai deriva del céltico laid, canción).

María de Francia se propone en sus narraciones (que ella a veces llama contes, cuentos)  contar las aventuras que originaron determinados lais. En algunas ocasiones, la autora no tan solo explica la aventura, sino que da detalles muy precisos sobre el origen de una cancioncilla: quién la compuso, dónde y en qué ocasión.

La narración titulada Madreselva (Chevrefoil) es una de las más bellas de María de Francia y tiene el gran interés de relatar una leve anécdota de los amores de Tristán e Iseo y explica con gran claridad su origen y formación. Leedla:

Bastante me agrada y bien lo deseo, contaros la verdad del lai que se llama Madreselva, por qué fue hecho, cómo y dónde. Muchos me han contado y hablado, y yo lo he encontrado por escrito, de Tristán y la reina, de su amor que fue tan puro, por el que recibieron abundantes dolores y después murieron en un solo día.

El rey Marco estaba enfadado, encolerizado con Tristán, su sobrino; lo alejó de su tierra porque amaba a la reina. A su país ha vuelto, a Gales del Sur donde había nacido. Un año permaneció sin poder regresar; luego, se arriesgó a la muerte y a la destrucción. No os sorprendáis, pues el que ama lealmente está triste y afligido cuando no tiene lo que desea. Tristán está afligido y meditabundo, por eso se marcha de su tierra. Va directo a Cornualles, donde vivía la reina. Entra a solas en el bosque: no quería que nadie lo viera. Por la tarde salía, cuando era hora de recogerse en casa. Con los campesinos, con gente pobre, buscaba albergue por la noche; les preguntaba las nuevas del rey, cómo le iba.

Un día le dicen que han oído que los nobles habían sido convocados y tenían que ir a Tintagel: el rey quería tener corte allí; para Pentecostés estarán todos, habrá gran alegría y solaz, y la reina también estará. Tristán al oírlo se alegró mucho: ella no podrá ir sin que él la vea pasar.

El día en que el rey se puso en marcha, Tristán regresó al bosque. Sobre el camino por el que sabía que debía pasar el cortejo puso una rama de avellano cortada por la mitad y la partió de forma cuadrada. Cuando hubo preparado esta vara, con su cuchillo escribió su mensaje en ella. Si la reina la veía, que solía estar muy atenta y ya otra vez se había dado cuenta, reconocería la rama de su amigo al verla.

El sentido de los escrito era que le hacía saber que ya había permanecido mucho tiempo allí, para espiar y saber cómo poder verla, pues no podía vivir sin ella. Entre ellos dos ocurría como con la madreselva, que se agarra al avellano: cuando está sujeta y prendida y se pone alrededor de la madera juntos sobreviven sin dificultad; pero cuando luego se separan, el avellano muere rápidamente y la madreselva también.

—Bella amiga, así nos ocurre: ni vos sin mí, ni yo sin vos.

La reina iba cabalgando. Mira la pendiente alrededor y vio la vara, se dio cuenta, reconoció las letras. A los caballeros que la acompañaban y que cabalgaban junto a ella les dijo que se detuvieran: quiere desmontar y descansar. Y cumplen sus órdenes.

Se alejó un poco del camino, en el bosque encontró al que amaba más que a nada vivo: ambos tuvieron una gran alegría. Habló con él a su gusto y le dijo lo que le apeteció; luego le mostró de qué manera se reconciliaría con el rey, y que le había pesado mucho que lo alejara de aquella forma de su lado: lo hizo por las acusaciones.

Con esto se marcha, deja a su amigo; pero cuando llegó el momento de la separación, empezaron a llorar. Tristán volvió a Gales, hasta que su tío lo llamó. Por la alegría que tuvo al haber visto a su amiga y por lo que escribió según dijo la reina, para recordar sus palabras, Tristán, que sabía tañer el arpa muy bien, hizo un nuevo lai; lo diré brevemente: Gotelef lo llaman los ingleses, Chivrefoil los franceses. Ya os he dicho la verdad del lai que acabo de contar.

[Versión en prosa, Alianza editorial]

María de Francia confiesa que algunos de los lais de que ella trata los compusieron los bretones, incluso “los antiguos bretones”, y alguna vez da el nombre que tienen en bretón y sus equivalentes en inglés y en francés:

Os contaré una aventura
sobre la cual los bretones hicieron un lai;
se titula Laustic,según creo,
y así lo llaman en su país,
o sea Russignol en francés
y Nightigale en correcto inglés 

Estos versos, así como otros similares que se encuentran en las narraciones de María de Francia, revelan el ambiente en que se desenvolvió la escritora: en una zona de la Romania en la que conviven el francés y el inglés y en la que hay lectores que conocen ambas lenguas, y donde al propio tiempo gozan de prestigio cancioncillas que se divulgan en bretón. Todo ello se da en Inglaterra, donde escribía esta dama que tiene tanto interés en hacer constar que es “de Francia”, es decir, natural del reino de Francia.

María de Francia se propone, pues, en sus narraciones contarnos anécdotas que suscitaron el nacimiento de unas cancioncillas llamadas lais, y en modo alguno se considera autora de estos lais, sino de unos contes en los que se explica aquella anécdota a la que da el nombre de aventura. Pronto, no obstante, el público se habituó a dar el nombre de lais a los cuentecillos escritos por María de Francia hasta el punto de que tal denominación se ha impuesto, y no constituye ningún dislate hablar de “los lais de María de Francia”, tal como hemos hecho nosotros en el título de esta entrada.

No obstante, no todos los cuentos de María de Francia tienen carácter y escenarios bretones, y algunos parecen desligados de tradiciones célticas. Entre estos es curioso que el titulado Los dos amantes esté localizado en cierto lugar de Normandía en el cual hay una montaña que todavía lleva ese nombre. La narración es un trágico idilio, en el que el amante demuestra su amor llegando hasta la muerte y rehusando un filtro mágico que le hubiera preservado de ella, motivo que parece  proceder de un relato del escritor griego Partenio.

Los cuentos de Equitán y de Milón desarrollan temas folclóricos conocidos en todas partes. Y en el notabilísimo Bisclavret María de Francia recoge el curioso tema del licántropo u hombre lobo, creencia tan divulgada en Galicia (el lobishome) y en Bretaña (el loup-garou) y que encontraremos en obras tan distantes como el Satiricón de Petronio y Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Cervantes, en un impresionante episodio.

En los cuentos de María de Francia de carácter bretón aumenta el elemento fantástico y maravilloso. Encontramos en ellos el motivo del amante que se convierte en pájaro para visitar secretamente a su amada, y que es brutalmente herido por el celoso marido de esta, lo que constituye el asunto de Yonec; el de la cierva que alcanzada por las flechas de un cazador, habla y le pronostica amores desgraciados, y el del bajel que navega sin marineros que lo gobiernen, como ocurre con Guigemar; el del caballero que tiene amores con una dama misteriosa que lo arrebata cuando lo llevan a ajusticia, asunto de Lanval. Otros son sencillas historias sentimentales, cuyo eje es una anécdota en sí muy insignificante, pero de gran intensidad, como el de Laustic, ya citado, en el que también un marido celoso mata al ruiseñor que todas las noches cantaba cerca de la ventana de su esposa. Asuntos tan sencillos como estos adquieren en la pluma de María de Francia una delicadez sorprendente y turbadora.

El arte de María de Francia.

María de Francia tiene un extraordinario acierto en la creación de ambientes maravillosos y climas de poético misterio. La composición de sus narraciones es sumamente hábil, y la acción discurre perfectamente enlazada en sus acontecimientos. Su estilo es muy sobrio, aunque no sea tan preciso y rectilíneo como el de Chrétien de Troyes, su contemporáneo.

En sus cuentos defiende el amor sincero y no perdona ni a los maridos celosos ni al egoísmo. Sus doce cuentos, llenos de finura, de sentimiento y de arte, inauguran la narración breve en lengua romance y en verso y dan a las ficciones literarias de ambiente bretón un delicado tono de ensueño y maravilla.

Fuente: Riquer, M. de y Valverde, J. M. : Historia de la Literatura Universal. Volumen 3. Barcelona, Planeta, 1984.

 

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