La guerra y los ejércitos

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El caballero participa igualmente en los grandes conflictos bélicos, donde su condición heroica, su valentía y dotes de estratega se ponen también a prueba. Las rencillas entre grandes señores, las enemistades entre los mismos reinos cristianos y, sobre todo, la amenaza infiel (el turco-moro) son las principales causas de enfrentamientos y guerras en los libros de caballerías. En la fase preparatoria de las mismas se encuentra la movilización y organización de los ejércitos, descrita con detalle para dar cuenta del poderío de las partes contrincantes. Al recuento onomástico y descripción de los jefes combatientes en los diferentes bandos, como el que figura en el Espejo de príncipes y caballeros en la guerra que enfrenta a cristianos y paganos y el que recrea en su imaginación don Quijote en la aventura de los rebaños (I, 18), sigue la confrontación terrestre o marítima de los ejércitos, la guerra guerreada en la que, sin embargo, siempre se destaca la actuación singular del héroe.

Estas cosas diciendo el buen emperador dentro en su corazón, andaba de unas partes a otras, ordenando sus gentes con su bastón y cetro imperial en las manos, como bueno y diestro capitán, en lo cual jamás ninguno le hizo ventaja, ni había en todo el real de los paganos ni cristianos quien tan bien lo hiciese. La primera haz que puso fue de los griegos, diciendo que en defensa de su tierra era muy justo que fuesen los primeros. En esta iban veinte mil caballeros, todos bien armados y muy diestros; y encomendó esta haz aquel resplandesciente febo de caballería, y en su compañía puso la muy valerosa y real princesa Claridiana, porque yendo juntos más maravillas el uno por el otro hiciesen. Y al otro lado le dio su grande amigo Oristedes, aquel valentísimo troyano, de manera que yendo juntos todos tres, a todo el real de los paganos bastaran a poner espanto. La segunda batalla dio aquel valentísimo y estremado Rosicler, por otro nombre llamado de Cupido, que tantas cosas hizo en este día que hasta la fin del mundo durará su fama en todo el orbe. Diole en su compañía a sus grandes amigos el fuerte tártaro y el rey Sacridoro, y con veinte mil caballeros, todos griegos, se puso en seguimiento de su hermano. La tercera batalla dio aquel fuerte y poderoso rey Florión, con todos los caballeros que trajo de Persia y con otros diez mil que le dio de los suyos. Y diole en su compañía el muy estremado príncipe Brandizel; que padre y hijo grandes sepulturas de paganos fueron este día. La cuarta batalla dio al generoso príncipe de Francia y al rey de Lidia, con toda la gente que habían traído de sus tierras. Y la quinta dio al rey Oliverio y al príncipe de Lusitania, con toda la gente que vino de la Gran Bretaña. Y en esta batalla iban los dos valerosos príncipes Bariandel y Liriamandro, y los otros príncipes y nombrados caballeros del rey Oliverio. La sexta batalla tomó para sí el emperador Trebacio, con todo el restante de la caballería, en que iban setenta mil caballeros. E iban en esta batalla en compañía del emperador el rey de Macedonia, los príncipes de Dalmacia y de la Transilvania, los dos lozanos príncipes Rodamarte y Rodofeo y los valientes y muy lucidos caballeros don Clarus y Arcaldús, que no poco en este día sublimaron la honra de los godos de España. Van también con el emperador el buen caballero Flamides y Florinaldos, grandes amigos del Caballero del Febo, y aquellos cuatro hermanos, hijos del gran Torcato, con el fuerte Rogelio; que pocos más robustos y valientes jóvenes se hallaron en el ejército. Iba aquí también el rey de Bohemia y otros grandes señores de tierra del emperador; que por evitar prolijidad, se dejan de poner aquí sus nombres…
Aora dejemos a ellas, y contemos de los paganos, que son tantos que toda la noche pasada con parte de la mañana tuvieron harto que ordenarse y ponerse a punto para la batalla. La primera batalla que el emperador Alicandro dio fue aquel superbisísimo pagano Bramarante, que como hambriento león y lobo carnicero quiso ser el primero. Este llevaba consigo cincuenta mil de a caballo, la más fiera y robusta gente que se hallara en todo el campo, entre los cuales llevaba los gigantes que su padre el gran Campeón había traído de sus tierras, que eran por todos más de mil, que cavalgaban todos sobre elefantes que con cierto artificio que traían los hacían ser muy ligeros. En la batalla llevaba a su lado Bramarante los reyes de las ínsulas orientales, que, como habéis oído, eran muy desemejados jayanes, y los más fuertes y poderosos de las ínsulas. Y puesto el bravo bárbaro en medio dellos, no pensaba que pudiese todo el mundo resistirle.
La segunda batalla llevaban aquellos dos poderosos paganos Meridián y Brandimardo, en que iban setenta mil hombres de a caballo, todos de la gran Tartaria, lucidos y bien armados, aunque las más armas eran pieles y cueros duros de animales. Iban en esta haz veinte gigantes, que los doce más fieros y desemejados no llevaban otro cargo más de guardar la persona del preciado príncipe Meridián. La tercera haz llevaba el rey Orlán y el rey Tiderio, que eran dos fortísimos jayanes; y a estos encomendó el emperador Alicandro la gente de Arabia y de Carmania, y los palibotros, por ser muertos en las batallas pasadas sus señores. Y pasaban todas estas gentes de la tercera batalla de sesenta mil, aunque todos eran mal armados y mal diestros. La cuarta batalla dio al príncipe de Cambray, que, como habéis oído, era caballero mancebo y muy valiente. Y llevaba en su compañía tres reyes de la India, todos gigantes muy fieros y robustos. En esta haz iban noventa mil hombres de a caballo, aunque no todos cabalgaban en caballos, porque la mayor parte llevaban otras bestias muy ligeras y estrañas de aquella tierra. La quinta batalla dio al rey Balardo, señor de todos los seras, que entre todos los paganos era muy tenido, así por su braveza y fuerza como porque era gran señor. Este llevaba en su compañía cinco reyes con todas sus gentes, que eran más de ochenta mil, y llevaba más cinco gigantes, que puestos en la delantera de su batalla, parescían sobre los otros torre…
Ved aora los que vais a leer esta batalla cuándo nunca jamás leístes que en un campo tanta y tan robusta gente fuese vista, y cuáles debían ser aquellos corazones de los griegos que tan de buena gana se partían a la batalla, viendo tanta multitud de enemigos contra sí.
(Diego Ortúñez de Calahorra, Espejo de príncipes y cavalleros, Zaragoza, 1555, libro III, cap. XXXVIII; ed. citada: D. Eisenberg, vol. VI, pp. 94-99.)
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