Bestias fieras

El héroe caballeresco libra también combate con animales fieros y seres monstruosos. Leones, canes, jabalíes, toros, serpientes, dragones, sagitarios, basiliscos o endriagos son algunos de los seres que conforman el bestiario fantástico de estos libros y los que encarnan las fuerzas del mal. Su aparición en los libros de caballerías siempre es negativa y exige la actuación del caballero, que luchará con ellos a pie, cuerpo a cuerpo, siendo su ingenio, su valentía y la espada las principales armas para el combate. Amadís de Gaula lo libra con el endriago, un monstruo híbrido, una bestia demoníaca compuesta con retazos de diferentes seres, alegoría del pecado y de las desgracias derivadas de unos deseos ilícitos (12.1.). Palmerín de Olivia, en cambio, se enfrenta a hambrientos leones: los coronados se muestran ante él reverentes y reconocen su sangre real, mientras que los crueles leones pardos son muertos por su espada (12.2.). Don Quijote no encuentra en su camino ningún monstruo de ensueño, tan sólo unos leones que ignoran su presencia y desafío (II, 17).

Endriago

5971a7e13036c99453b10cbf33bdeb5dTenía el cuerpo y el rostro cubierto de pelo, y encima había conchas sobrepuestas unas sobre otras tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, y las piernas y pies eran muy gruesos y recios. Y encima de los hombros había alas tan grandes, que fasta los pies le cubrían, y no de péndolas, mas de un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte que ninguna arma las podía empecer, con las cuales se cubría como lo ficiese un hombre con un escudo. Y debajo dellas le salían brazos muy fuertes así como de león, todos cubiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, y las manos había de fechura de águila con cinco dedos, y las uñas tan fuertes y tan grandes, que en el mundo podía ser cosa tan fuerte que entre ellas entrase que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo le salían, y los ojos, grandes y redondos, muy bermejos como brasas, así que de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos y todas las gentes huían dél. Saltaba y corría tan ligero, que no había venado que por pies se le pudiese escapar; comía y bebía pocas veces, y algunos tiempos, ningunas, que no sentía en ello pena ninguna. Toda su holganza era matar hombres y las otras animalias vivas, y cuando fallaba leones y osos que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de huego, y daba unas voces roncas espantosas de oír; así que todas las cosas vivas huían antél como ante la muerte. Olía tan mal, que no había cosa que no emponzoñase; era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con otras y hacía crujir los dientes y las alas, que no parecía sino que la tierra facía estremecer. Tal es esta animalia Endriago llamado como vos digo —dijo el maestro Elisabad—. Y aún más vos digo, que la fuerza grande del pecado del gigante y de su fija causó que en él entrase el enemigo malo, que mucho en su fuerza y crueza acrecienta. (Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula, libro III, cap. LXXIII, vol. II, pp. 1132-1134.)

Leones

image067Aunque Palmerín grave dolor sentía en su corazón por la ventura selle tan contraria a su deseo, no lo mostraba por no dar a entender su facienda; y dio muchas gracias a Nuestro Señor por le haber dado gracia con aquella doncella, porque por allí entendía él de librarse muy cedo e irse a su tierra con mucha honra. Y bien conosció que aquel soldán era el mayor de los moros, según su grande estado. Y otro día, como se levantó, Livael —que ansí se llamaba el mayordomo— lo llevó delante del soldán, el cual mandó luego que lo llevasen al corral de los leones y que lo metiesen dentro porque el soldán compliese la palabra que había dado a los que acusaban a Palmerín, y que luego lo sacasen del corral de los leones. Alchidiana, que lo supo, envióle con una doncella un rico manto que cubriese. Muchos caballeros fueron a ver qué farían los leones cuando lo viesen, porque había en el corral bien quince y los más dellos coronados. Palmerín iba sin ningún miedo. El leonero abrió la puerta, que aún no les había dado de comer. Palmerín entró dentro y cerró la puerta tras sí y estuvo quedo por ver qué farían los leones. Y sabed que todos los leones coronados que allí estaban no se curaron dél porque conoscieron ser de sangre real, mas había entrellos tres leones pardos que eran muy crueles a maravilla y como lo vieron levantáronse muy apriesa y viniéronse para él. El leonero le dio voces que se saliese; él no lo quiso facer y echó el manto en el brazo y sacó su espada y firió al primero que a él se llegó, de tal ferida que no se meneó más, mas antes cayó muerto. Los otros dos rompiéronle todo el manto con las uñas mas él los paró tales en poca de ora que poco le pudieron empecer. Él, desque los hobo muerto, vínose a la puerta y abrióla y salió fuera. Todos se maravillaron de ver tal cosa como aquella. Libael, el mayordomo, lo tomó por la mano mostrando gran placer con él y levólo delante del soldán, que él mucho lo preció de allí adelante y dijo que aquel era para acometer cualquier cosa que de gran fecho fuese pues de tan gran corazón era, y que debía de venir de alto linaje pues los leones coronados no le habían querido facer mal. Y mandó al mayordomo que lo llevase a su señora y que le dijese que le ficiese mucha honra, que bien lo merecía. (Palmerín de Olivia, Salamanca, 1511, cap. LXXIX; ed. Giuseppe di Stefano, Pisa, Università di Pisa, 1966, pp. 265-266.)