Tirant lo Blanc (Tirante el Blanco) de Joanot Martorell

Cervantes calificó el Tirant lo Blanc (Tirante el Blanco) como “el mejor libro del mundo” y, sin duda,  es una de las mejores novelas escritas en catalán de todos los tiempos y supone un paso importante en la narrativa de Occidente. La empezó a escribir un caballero valenciano llamado Joanot Martorell en 1460, y la tenía muy adelantada al morir en 1468; pasó entonces su original a manos de otro caballero, también valenciano, Martí Joan de Galba, que la sometió a cierta revisión, le añadió algunos capítulos finales y la hizo imprimir en Valencia en 1490.

Joanot Martorell: un caballero orgulloso y pendenciero

Joanot Martorell nació en Gandía, hacia el año 1414, en una familia perteneciente a la nobleza, y en 1433 ya era caballero y muy pronto intervendrá en banderías particulares a las que su familia era muy aficionada. En 1437 sostuvo una aguda e incisiva correspondencia caballeresca con su primo Joan de Monpalau, al que acusaba de haber dado palabra de matrimonio y deshonrado a su hermana, Damiata Martorell, escandaloso asunto en el que intervinieron varios caballeros valencianos y el infante don Enrique pactando los acuerdos y la reglamentación de la batalla singular y judicial a que pretendían llegar ambos adversarios. Este asunto llevó a Joanot Martorell a Londres, donde logró que Enrique Vi de Inglaterra accediera a ser juez de la batalla entre los dos primos. Los años 1438 y 1439 los pasó Martorell en la corte inglesa, esperando la llegada del adversario, que no compareció al reto, y por ello, dos años después, tuvo que indemnizar económicamente a Damiata.

Enrique VI de Inglaterra

Aprovechó su estancia en Londres para leer algunos de los libros de la biblioteca del rey Enrique VI, entre ellos una versión en prosa francesa del viejo roman Guy de Warwick, y tomando uno de sus episodios, al que agregó parte de la doctrina expuesta por Ramon Llull en el Libro de la orden de caballería, escribió una narración titulada Guillem de Varoich, que nos ha llegado inconclusa, y que luego el mismo Joanot Martorell refundirá en los primeros capítulos del Tirante el Blanco.

De regreso a Valencia, Joanot Martorell se vio sumido en otros conflictos caballerescos, fue desafiado por Felip Boyl, caballero andante, que había luchado en varios puntos de Europa; y a causa del pago de unas tierras, tuvo grandes desavenencias con don Gonzalo de Híjar, comendador de Montalbán, con el que mantuvo una agria correspondencia caballeresca, y al que también desafió a muerte. Por aquel tiempo (1450) es posible que hiciera otro viaje a Inglaterra. Se sabe que estuvo en Portugal y en la corte napolitana de Alfonso el Magnánimo y que murió en 1468.

Hombre orgulloso y pendenciero, las cartas de desafío de Joanot Martorell dirigidas a sus diversos enemigos lo retratan agudo y socarronamente malintencionado, entusiasta de la caballería, enemigo de mercaderes y juristas y partidarios de la acción directa. Al mismo tiempo estas cartas revelan que era un gran escritor.

Tirante el Blanco

El Tirante va precedido de una muy poco original dedicatoria ya que en gran parte es una copia de la que Enrique de Villena puso  frente a la redacción catalana de Los doce trabajos de Hércules. La dedicatoria va dirigida al infante don Fernando de Portugal.

Martorell afirma que primero tradujo el libro del inglés al portugués y luego del portugués a la lengua “vulgar valenciana”, lo que, evidentemente, es falso. En todo caso, esto podría ser cierto para los primeros 97 capítulos (la obra tiene 487 capítulos) en los que refunde el Guillem de Varoich y narra acontecimientos ocurridos en Inglaterra.

Las aventuras de Tirante en Inglaterra

Se cuenta aquí que el joven bretón Tirante el Blanco de Roca Salada, acompañado de varios gentilhombres, va a Inglaterra para asistir a unas solemnes fiestas que han de celebrarse con motivo de unas bodas reales. En Londres es armado caballero y se hace famoso por sus constantes victorias sobre otros caballeros y es proclamado el mejor justador de cuantos han intervenido en las fiestas.

En estos capítulos Martorell reproduce el ambiente inglés con fidelidad y detallismo, incluso en lo que afecta a los nombres geográficos y personales. Hay un acusado contraste entre la auténtica y real Inglaterra que da el Tirante con la pintoresca y arbitraria Gran Bretaña del rey Lisuarte del Amadís de Gaula.

En franca contradicción con lo normal en los héroes de los libros de caballerías, Tirante responde a una medida humana: es fuerte y valiente, pero nunca lucha contra más de un adversario, y si siempre sale victorioso, ello se debe, como tiene empeño en resaltar Martorell, a que posee la virtud de retener mejor el aliento que los demás, lo que es una explicación fisiológica encaminada a apartar de la novela la inverosimilitud y la exageración no admisible.

Los episodios en Grecia

De regreso de Londres, al enterarse de que la isla de Rodas está sitiada por los turcos y a punto de caer en su poder, Tirante arma una nao de socorro, en la que va el infante Felipe, hijo del rey de Francia. Hacen estancia en Sicilia, donde se narran los divertidos amores de la infanta Ricomana y Felipe, hombre de cortos alcances, apocado y  tacaño, defectos que encubre Tirante. Luego la expedición naval parte para Rodas, y, gracias a audaces e inteligentes estratagemas militares, Tirante libera a Rodas de los turcos.

Tirante ha pasado de caballero andante, vencedor en justas suntuosas y cortesanas, a auténtico estratega y eficaz almirante. Los episodios bélicos de Rodas son un claro ejemplo del histórico sitio de la isla en 1444, en el que participaron muchos caballeros catalanes, valencianos y mallorquines.

A partir de este momento, lo que podría parecernos una “novela histórica” se convierte en “historia ficción”. Martorell se puso a escribir el Tirante seis años y medio después de la toma de Constantinopla por los turcos (29 de mayo de 1453), cuando toda la Cristiandad lloraba la desaparición del Imperio de Oriente, los poetas escribían plantos sobre esta universal desdicha y Alfonso el Magnánimo había muerto sin conseguir armar una nueva cruzada que libertara a los griegos de los infieles. En fuerte contraste con la amarga realidad de ese momento, el protagonista de nuestra novela vencerá a los poderosos turcos y limpiará totalmente de enemigos las tierras del Imperio bizantino, y, muerto el Emperador, la corona imperial será ceñida por el desaprensivo Hipólito, joven que con su seductora presencia se había adueñado del amor de la lasciva y otoñal Emperatriz.

Tirante y su ejército son recibidos en Constantinopla como unos salvadores, y en cuanto él y Carmesina, la hija del Emperador, se conocen, nace entre los dos jóvenes un profundo y arrebatadro amor, que durará hasta la muerte de ambos. La novela desarrolla ahora dos tramas perfectamente enlazadas entre sí y expuestas paralelamente: las campañas militares y las vicisitudes amorosas. La acción militar, con sus altibajos, victorias, derrotas, traiciones y hábiles estratagemas, está narrada con admirable perfección técnica, con logradas descripciones y un consciente sentido de que la guerra es un juego inteligente en que vale más el ingenio que la fuerza. La historia amorosa de Tirante y Carmesina, con inolvidables escenas de galanteo libre, alegre, y de joven y desbordada pasión, se ve nublada por las intrigas de Viuda Reposada, también enamorada de Tirante. Simultáneamente, también se desarrollan los amores juveniles de Estefanía de Macedonia y de Diaebus, y los seniles de la Emperatriz y el escudero Hipólito.

La corte de Constantinopla, en la que se celebran fastuosas fiestas palaciegas y caballerescas,  con rica y elegante simbología y solemne empaque, también aparece humanísimamente sensual, llena de argucias de enamorados impacientes, de intrigas de cortesanas, de bajas pasiones y de notas que chocan con el concepto de la severidad y el hieratismo de la corte imperial de Bizancio, cuyo emperador aparece cómicamente en camisa blandiendo una espada para matar un inoportuno ratón o escuchando detrás de las puertas de las habitaciones de las parejas.

Cuando Tirante y Carmesina se han casado con la fórmula entonces normal del matrimonio secreto, la Viuda Reposada hacer creer al caballero que la Princesa le es infiel con un jardinero negro, y cuando la calumnia está a punto de hacerse patente, la galera en que se encuentra Tirante es arrebatada por una tempestad que lo lleva a las costas de Túnez, con Placerdemivida, la inteligente, simpática y graciosa doncella de la Princesa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La aventura africana de Tirante

Se inicia ahora la larga sesión africana del Tirante, que da a la novela un nuevo sesgo y un ambiente diferente. Tirante, primero cautivo,  en seguida logra imponerse gracias a su apostura, su ingenio y su dominio del arte militar, y, por ello es utilizado por reyes africanos en sus guerras. Acaba teniendo en sus manos la suerte de los reinos norteafricanos al crearse una especie de ejército propio y al ejercer, simultáneamente, una intensa actividad misionera, que lleva el bautismo a millares de infieles, mientras, por razones de matrimonio y de conquista, Placerdemivida se convierte de Fez y de Bugía.

De regreso a Constantinopla

Pero Constantinopla seguía bajo la amenaza de los ejércitos y escuadras turcos, y Tirante anhelaba volver al lado de Carmesina, que ha pasado todos estos años en un convento. Con su ejército y sus aliados, Tirante acude en socorro de la gran ciudad griega, derrota a los turcos y emprende una campaña para reconquista las tierras del Imperio. En su rápido viaje a Constantinopla consuma su matrimonio con Carmesina, el Emperador lo acepta como yerno, lo nombra su heredero y le otorga el título de César del Imperio, dignidad no inventada, sino real, y que el siglo anterior había ostentado Roger de Flor.

Vuelve a la campaña de reconquista, pero una noche, en Adrianópolis, se enfría al pasearse cerca del río y contrae una pulmonía, de la que muere poco después, tras haber hecho testamento  y dictado una carta de despedida para Carmesina.  Esta muerte, tan poco heroica, sorprendió sin duda a los lectores. Martorell acaba con su héroe de un modo no heroico y en circunstancias de total y cotidiana normalidad.

Cervantes se dio cuenta del gran poder novelístico de Martorell en este trance y de que con ello se oponía a la tradición de los libros de caballerías cuando lo comentó así:

Aquí [en el Tirante] comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen.”

Poco después llega la noticia de la muerte de Tirante a Constantinopla. Allí el Emperador pronuncia una larga y retórica lamentación, Carmesina profiere un estremecedor llanto, mientras su padre muere. La Princesa hace  confesión pública de sus pecados, se tiende junto a los cadáveres de su padre y su esposo y muere.

La Emperatriz, que, mientras tienen lugar estas dolorosas y fúnebres escenas, se ha entregado  una vez más al joven Hipólito, queda heredera del Imperio, e inmediatamente se casa con su amante, que se convierte en el emperador Hipólito.

El emperador Hipólito hace llevar a Bretaña los cadáveres de Tirante y Carmesina, que son enterrados en ricas tumbas con epitafios en verso. Años más tarde, muerta la vieja emperatriz, el emperador Hipólito se casa con la hija del rey de Inglaterra. Mueren ambos el mismo día y hereda el Imperio su hijo, llamado también Hipólito. Y así acaba la novela, dejando estupefacto al lector o la lectora de fines del siglo XV, que sabía que Constantinopla había dejado de ser cristiana y estaba en poder del Gran Turco.

Tirante el Blanco, un caballero atípico

Cervantes ya se había dado cuenta de que Joanot Martorell había humanizado la literatura caballeresca y de aventuras, que, desde sus orígenes, convertía a sus protagonistas en paradigmas de virtudes morales y de fuerza física y los hacía vivir en tensión constante y morir heroicamente. Tirante es, simplemente, un hombre fuerte y valiente, pero que muchas veces tiene que ser asistido por médicos porque ha recibido graves heridas combatiendo, o simplemente se ha caído al acudir a una cita amorosa, y que tiene que soportar largas convalecencias; y finalmente, cuando ha alcanzado el triunfo militar y amoroso y nada le impide heredar el Imperio de Constantinopla, muere “en la cama” de una vulgar pulmonía contraída de modo bien corriente y antes de morir redacta su testamento.

El humor y la ironía en el Tirante el Blanco

Martorell escribe muy seriamente, con perfecta conciencia de lo que está haciendo, y, como caballero que era,  cree en el dignidad de la caballería, pero ello no obsta para que que de vez en cuando muestre detalles grotescos y divertidos, que sepa ridiculizar de un plumazo y construir diálogos con pícara ingeniosidad. En ocasiones, su humorismo es tan sutil que incluso podemos dudar de que exista, como en aquel pasaje en que, refiriéndose  a la futura reina de Inglaterra, dice que “su blancura era tan extrema que, cuando bebía vino tinto, por la garganta se le veía pasar el vino”, lo que no sabemos interpretar como un cortesanísimo tributo a la belleza de esta dama o como un rasgo de aguda comicidad. Probablemente, las dos cosas.

Tirante y el amor

Tirante es un enamorado leal y fiel, y Carmesina, una enamorada apasionada y firme, y muy a menudo ambos expresan sus sentimientos en el lenguaje retórico y muy elaborado en el que se expresaba el amor entre la nobleza más culta. Junto a esto, Martorell nos muestra la desbordante pasión juvenil y la pugna entre los deseos de Tirante y el temor de Carmesina de quedar deshonrada. Son muy famosas las escenas sensuales del Tirante, en las que el novelista recrea para sus lectores y lectoras detalles íntimos de los amantes, siempre envueltos en una cierta ironía y desarrollados con una sonrisa en los labios. Como Martorell era militar, escribe la novela de un militar y sabiendo que habría militares entre sus lectores, no es de extrañar que el capítulo en que, por fin, Tirante hace suya a Carmesina, lleve este epígrafe: “Cómo Tirante venció la batalla y por fuerza de armas tomó el castillo”.

El realismo del Tirante el Blanco

La novela evita lo inverosímil y lo maravilloso, tampoco abusa de la casualidad, tan frecuente en el Amadís. Solo hay dos episodios que aparentemente rompen la normalidad. Uno de ellos es la visita del rey Arturo y el hada Morgana y el otro es el episodio del caballero Espercius y el dragón, en que se ha transformado una hermosa doncella, que está tomado literalmente de los Viajes de sir John Mandeville, y que seguramente es debido a la pluma del continuador Martí Joan de Galba. Sin duda también se deben a este los lamentos de Carmesina ante el cadáver de Tirante y la escena, patética y truculenta, en que esta se arroja con tal fuerza sobre el cadáver de su esposo que le rompe la nariz y se llena la cara de lágrimas y de sangre.

ALGUNOS FRAGMENTOS DE TIRANTE EL BLANCO

Como hemos visto antes,  las aventuras del caballero Tirante  en el terreno del amor son tan importantes como las de la guerra. En los siguientes fragmentos veremos cómo las dos acciones principales (la guerra y el amor) comienzan a andar paralelamente, guardando ambas líneas las distancias. Aparece con desenfado Placerdemivida, la doncella de la princesa Carmesina, la amada de Tirante, que desempeñará para ellos el papel de tercera. Los turcos mientras tanto deliberan y concluyen que si se da muerte a Tirante la conquista será más fácil para ellos, por eso el rey de Egipto pide combatir contra Tirante en duelo singular a ultranza (es decir, hasta la muerte de uno de ellos). Tirante acepta la batalla, pero no en forma singular sino en medio de la guerra colectiva. En esta lucha muere el malvado duque de Macedonia. Tirante mata al rey de Capadocia y atrapa al rey de Egipto.

Cuando el Soldán vio que los cristianos eran puestos en son de batalla, ordenó prestamente sus innumerable hueste, e hizo poner toda su gente de armas en orden en la manera siguiente: todos los que traían lanzas y paveses pusieron primeros, y con grandes paveses de barreras y bancos pinjados y semejantes cosas de lo cual traían gran provisión, y déstos hicieron delantera. Tras éstos venían los ballesteros y arqueros, tras los cuales venían muchos cristianos que tomaban sueldo del Gran Turco, los cuales traían los caballos encubertados y grandes penachos; y éstos estaban algo apartados de los ballesteros. Los turcos venían en la rezaga de todos, y traían más de cuatrocientas lombardas paradas con intención que con ellas matarían más de setecientos hombres.

Como todas las batallas fueron en orden, el rey de Egipto envió a decir a Tirante con un trompeta que le agradecía mucho la promesa que le había hecho y mantenido; y que le mataría o le aprisionaría en aquel día y haría hacer una imagen toda de oro, y como hubiesen tomado la ciudad de Constantinopla, la haría poner sobre la puerta de la dicha ciudad, y que prestamente le haría gustar la amargor que su lanza trae. Y Tirante le respondió que él era contento que se la hiciese gustar pero que él traía tanto azúcar que no sentiría ningún amargor, mas que él esperaba en Dios que en aquel día sería su sangre derramada con mucho dolor suyo.

Y Tirante tornó a amonestar su gente, y a confortarla que tuviesen los corazones fuertes. y todos perdieron el temor y convirtieron sus ánimos en gran esperanza de alcanzar victoria. Los turcos dispararon una lombarda, y pasó por alto, que no tocó a ninguno. Tirante traía atada en el brazo una hacha pequeña con un cordón de seda, y en la mano traía una pequeña bandereta, e hizo señal con aquélla. Y el duque de Pera, que tenía el cabo del ala, volvió toda la gente hasta el medio, donde estaban las banderas, rodeando a manera de cerco redondo y las espaldas hacia los enemigos, siempre con mucho orden y a paso reposado. El otro cabo de la ala, donde estaba el duque de Sinópoli, estuvo siempre queda. Como el duque de Pera hubo hecho la vuelta, púsose en orden, y Tirante hizo señal con la bandereta; y entonces el duque de Sinópoli volvió por aquel mismo orden. y entonces tuvieron todos las caras vueltas hacia la montaña donde estaba Diafebus, y las espaldas hacia los enemigos. Comenzaron de huir al galope, y en tan gran orden que no salía la cabeza de un caballo más adelante que otra.

Como los turcos vieron así ir a los cristianos, comenzaron a dar grandes gritos, diciendo:

—¡Ya huyen, ya huyen!

Los peones echaron de sí los paveses, los otros las lanzas, otros las ballestas, por mejor correr tras los enemigos cristianos. Los de caballo, el que más podía correr, aquél pensaba haber mayor parte de la ganancia; y los que traían los caballos encubertados, por ir más ligeros lanzaban las cubiertas en tierra. Y Tirante a menudo volvía la cabeza, y veía venir toda la gente a la hila y desbaratados; y ni por esto no se curaba sino de ir a su galope y en orden. Y aquellos que tenían buenos caballos llegaban hasta darles con las lanzas en las espaldas.

Como el emperador, que estaba en las torres, vio venir la gente huyendo, bien pensó que la batalla era perdida. Y toda aquella noche las doncellas no se desnudaron, haciendo grandes rogaciones y oraciones con mucha devoción, suplicando al Vencedor de Batallas y a su Sacratísima Madre que diese victoria a los cristianos. Como Tirante vio toda la gente de pie que quedaba muy atrás y habían pasado el lugar donde Diafebus estaba, alzó la bandera que llevaba en la mano, y todos se detuvieron; y cada escuadra se apartó por sí, alejándose la una de la otra hasta un tiro de piedra. Como los turcos vieron que los cristianos se habían detenido, tuviéronse por engañados. y Tirante ordenó que el duque de Pera hiriese primero; y con gran esfuerzo se metieron en medio de los enemigos, combatiendo muy virtuosamente. Como el capitán vio que los enemigos iban allegando y reforzaban de gente, hizo herir la batalla de su hermano el marqués de San Jorge; después hirió el duque de Sinópoli, y así una escuadra después de otra. E hicieron tan gran mortandad de gente que era cosa de gran admiración…

El capitán mandó que todas las escuadras hiriesen unas de una parte y otras de otra, de modo que todos vinieron a herir al través. Allí viérades infinitos caballeros muertos por tierra y muchos caballos sin señores y otros muchos mal heridos. Esto era cosa de gran admiración de lo ver. Tirante tornó a herir como de primero: unas veces en una parte y otras veces en otra, que no combatía en sólo un lugar. mas en muchos, y andaba socorriendo donde veía que era menester. El rey de Egipto, por su buenaventura, vio a Tirante que combatía muy bravamente. Salióse un poco de la batalla, y el rey de Capadocia y el rey de África salieron con él; y rogóles el rey de Egipto que dejasen a todos  los y no curasen sino de matar a Tirante. Y con este concierto tornaron a la batalla. Estando Tirante peleando, vino el duque de Macedonia por detrás y dio a Tirante una estocada por debajo del ala del capacete, y metióle la punta por el cuello. Y esto vieron Hipólito y Píramus, que le estaban cerca; y a grandes voces dijeron:

-¡Oh, traidor de duque! ¿Por qué quieres matar a traición a uno de los mejores caballeros del mundo?

Y tal testigo hicieron desto. Los tres reyes, cada uno había tomado su lanza en la mano, y tanto trabajaron hasta que vieron a Tirante, y todos tres juntos se fueron hacia él; pero no le pudieron encontrar sino el rey de Egipto y el rey de Capadocia, los cuales le encontraron tan reciamente que él y el caballo cayeron en tierra; y el caballo tenía siete heridas.

Y el rey de África encontró al duque de Macedonia que andaba cerca de Tirante, y tan grande encuentro le dio por medio de los pechos que le pasó de la otra parte; y fue golpe mortal, que le pagó de todas sus maldades…

Y Tirante peleaba cerca del cabo del ala, que poco a poco se iba apartando de la prisa de la gente. Y él cabalgó y dijo a Hipólito

— ¿Y tú qué harás?

Respondió Hipólito:

—Salvad, señor, vuestra persona, que aunque a mí me maten por amor a vuestra señoría, yo tendré mi muerte por bien empleada.

Tirante tornó a la batalla, buscando al rey de Egipto, el cual por el gran dolor de la pierna era salido de la batalla. Como Tirante vio que no le podía hallar, continuamente peleaba con los otros. Y después de buen espacio fue suerte que andando peleando por la batalla se encontró con el rey de Capadocia; y como el rey le vio, se fue para él, y con la espada le tiró un golpe encima de la cabeza que le hundió el capacete en los cascos y, aturdido, cayó en tierra. Tirante, prestamente descabalgó y cortóle las correas del capacete para cortarle la cabeza. Y prestamente allegó un caballero, que con alta voz y piadosa dijo:

— Señor, por merced no queráis matar al rey, pues él está mortalmente herido; y pues es mortal y vencido por vuestra benignidad, dadle un poco de espacio de vida que bien os basta que seáis vencedor.

Dijo Tirante:

— ¿Qué es la causa que te mueve que tú quieras demandar grande piedad para este nuestro público enemigo que, con tanta crueldad, en sola confianza de su virtud y de sus armas ha hecho todo lo que ha podido por darme la muerte? Por lo cual, es justa cosa que él sea punido según él quería hacer de nosotros y no en los méritos de la virtud de mi potencia.

Y así él le desató el capacete y cortóle la cabeza. El hacha de Tirante era bien conocida entre las otras, que estaba toda teñida de sangre de los hombres que había muerto. La tierra estaba toda cubierta de los cuerpos muertos , y bien teñida de la sangre que de ellos se había derramado. Tirante tornó al caballo, y como los turcos vieron muerto al valentísimo rey, vinieron gran multitud de ellos sobre Tirante y se esforzaron mucho por matarle. Y fue muy malherido y derribado del caballo; y él prestamente se levantó no nada desmayado por la caída ni temeroso de las heridas, antes a pie se metió en la prisa de la gente, que no parecía sino un león y con la ayuda de los suyos tornó a subir a caballo.

Esta  fue muy fuerte y áspera batalla, y tanto como ella fue más fuerte, fue mayor la gloria suya…

[Por fin], como Tirante vio al Soldán ya su gente con las banderas que huían, fue con mucha prisa hacia aquella parte y quitóles las banderas, e iban al alcance matando e hiriendo mucha gente. Duró aquesta batalla desde la mañana, como el sol salía, hasta las tres horas después de mediodía. Tanta era la multitud de la morisma muertos, que los cristianos iban cansados de matar en ellos. Y fue tan señalado aqueste singular día, y de tanta gracia, que duró el alcance con el escalentamiento de la victoria tres leguas, siguiendo y matando siempre turcos; que en aquel tiempo Tirante pudiera ser dicho rey de batallas y caballero invencible. Que así como la prospera fortuna había acostumbrado de favorecer a los turcos contra los cristianos, entonces la Divina Providencia le había hecho volver para aumentar la gloria de Tirante. Y cansados de matar era ya tarde. (Cap. LIV, III.)

Las guerras de Tirante continúan por mar. Haciendo creer al enemigo que su flota está formada por gran número de naves, cuando sólo tiene doce, Tirante hace huir los infieles alcanza sus barcos y toma prisioneros al Gran Caramaní y al rey de India. El Soldán con el fin de negociar la paz con el emperador, pide por esposa a Carmesina, a cambio de devolver las ciudades tomadas; el emperador rechaza la proposición. Diafebus se casa con Estefanía y es elevado por el emperador a duque de Macedonia. Los atrevidos fuegos de Placerdemivida llevan a Tirante a la cámara misma de la princesa. Mientras Hipólito, joven mensajero de Tirante, corteja a la emperatriz, obteniendo joyas, dinero y beneficios de la “gentil vieja”. Las entrevistas amorosas entre Tirante y la princesa Carmesina son pronto obstaculizadas por la Viuda Reposada, pues Reposada se ha enamorado de Tirante a tal grado que llega a ofrecérsele. Al no ser correspondida urde una estratagema que pone en peligro las relaciones de los jóvenes amantes. Así, entre Placer de mi Vida que concierta a los amantes y trata de llevarlos a realizar el ayuntamiento carnal, y Reposada que trata de separarlos, se desarrollan los amores de Carmesina y Tirante. En una de las mejores páginas de Martorell, Tirante, huyendo de la cámara de Carmesina, se rompe una pierna y pone en movimiento a todo el palacio.

 

Entonces Tirante, [ayudado por Placer de un Vida], entro en la. cámara y halló a la princesa con los dorados cabellos envueltos en las manos. Y como ella le vio, le dijo:

—¿Cuál derecho te consiente que entres aquí? Y este cargo no es conveniente, ni es dado a ti de entrar en mi cámara sin mi licencia, que si el emperador lo sabe, de deslealtad te podrá culpar. Ruégote que luego te vayas, que mis carnes continuamente están temblando de temeroso recelo.

Y  Tirante no curó de las palabras de la princesa, sino que se allegó a ella y tomóla en los brazos y besóla muchas veces en los pechos, y en los ojos y en la boca. Y como las doncellas vieron que Tirante así jugaba con su señora, todas estuvieron quedas; y como él le ponía las manos debajo de las haldas, eran todas en su ayuda.  Y estando en estos juegos y burlas sintieron que la emperatriz venía a ver qué hacía su hija, y con los juegos no la sintieron hasta que llegó a la puerta de la cámara. Y luego Tirante se echó en tierra, y echáronle encima mucha ropa. y la princesa se asentó sobre él a se peinar; y la emperatriz se asentó junto con ella, y aína se asentara sobre la cabeza de Tirante. ¡Dios sabe con qué temor de vergüenza él estaba! Y con tal congoja estuvo buen rato, que estuvieron hablando de las fiestas que se debían hacer, hasta que vino una doncella con las horas; y entonces la emperatriz se levantó y apartóse al un cabo de la cámara, y comenzó a decir sus horas. Y la princesa no se movió de allí, dudando que la emperatriz no le viese. Como la princesa fue peinada, puso la mano bajo de la ropa y peinaba a Tirante, y él muchas veces le besaba la mano y le tomaba el peine. Y estando en esta congoja, todas las damas se pusieron delante de la emperatriz, y sin hacer ningún ruido, Tirante se levantó y se fue con el peine que la princesa le había dado.

Y como fue fuera de la cámara, pensando que fuese en lugar seguro que de ninguno sería visto, vio venir al emperador con un camarero que se venía derecho a la cámara de la princesa. Como Tirante los vio venir, fue muy turbado, y no teniendo otro remedio tornóse prestamente en la cámara de la princesa y díjole:

—Señora, ¿qué remedio pondréis a mi persona, que el emperador viene?

— ¡Ay, triste! —dijo la princesa—. Salimos de un mal y damos en otro peor. Bien os lo decía yo que vos venís siempre a horas indispuestas.

Prestamente hizo poner a las doncellas delante de la emperatriz, y él mansamente se entró en otra cámara, y pusiéronle encima muchos colchones, porque si el emperador allí entrase, como otras veces lo solía hacer, que no le viese.

Como el emperador fue a la cámara, halló a su hija que se quería tocar; y estuvo allí hasta que fue acabada de tocar y la emperatriz hubo acabado de decir sus horas y todas las damas fueron ataviadas. Y entonces la emperatriz salió primera, y todas las otras la siguieron. Y como salían de la cámara, la princesa demandó sus guantes, y ella misma dijo:

—Yo los tengo guardados en lugar que ninguna de vosotras no los hallará.

Y tornó a entrar en la cámara donde estaba Tirante, e hízole quitar la ropa que tenía encima; y él dio un gran salto y tomó a la princesa en los brazos y llevóla bailando por la cámara, y besándola muchas veces le dijo:

—Tanta beldad y discreción jamás vi en doncella del mundo. Vuestra majestad sobrepuja a todas las otras en saber y gran discreción, y ahora no me maravillo si el moro Soldán os desea tener en sus brazos.

—A ti te engaña el parecer —dijo la princesa— que yo no soy tan alta en perfección como dices, sino que mucho amor te lo hace decir, que con [la] sola vista con tu mucha virtud te contentas. Por lo cual yo te haré dar gloria, y honor y fama. y si esto no te satisface, para que seas contento, tú serás hecho hombre sin memoria y más cruel que el emperador Nerón. Bésame y déjame ir, que el emperador me está esperando.

(Cap. LXXXIV. 1I1.)

 

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