Constanza de Castilla y Eril (c. 1400 – 1478)

Sepulcro de doña Constanza de Castilla

Constanza de Castilla y Eril, hija del infante Juan de Castilla y de Elvira de Eril, nació en Soria alrededor de 1400. Desde su juventud Constanza fue dedicada al servicio de la Iglesia y llegó a ser priora del monasterio de Santo Domingo el Real en Madrid.

Su prima, la reina Catalina de Lancaster, la protegió y le concedió numerosos privilegios. Gracias a ellos, Constanza pudo vivir al margen de las estrictas normas de la clausura: podía viajar, tener criados, no estaba obligada a vestir con el hábito monjil y podía comer lo que quisiera. Durante el periodo en que fue priora gobernó el monasterio de Santo Domingo de una manera muy personal  y se encargó personalmente de gestionar el traslado de los restos de su abuelo, el rey Pedro I, a una capilla de su monasterio y reivindicar así su linaje.

El Devocionario de Constanza de Castilla

Constanza de Castilla es autora de un devocionario que se conserva actualmente en la Biblioteca  Nacional de España. El texto del devocionario es la manifestación de las prácticas piadosas de una religiosa culta, conocedora de la lengua latina y de la liturgia, que compuso un libro de devoción a la medida de sus necesidades espirituales y culturales, haciéndolo constar expresamente con las obligadas dosis de humildad, respeto y observancia que la naturaleza del texto, el sentimiento devoto y su religiosidad le imponían como se refleja en la siguiente oración:

Sennor, yo, Costanga, tu esclava, conosco que mi sinpleza es grande e la grosería mía es fuerte porque confiesso ser mucho inorante e sin virtud; creo mis obras ser defectuosas. Omildemente suplico a la Tu clemençia que si en lo que yo he conpuesto, escripto en este libro, así de la oraçión de tu vida e passión, commo en las oras de los clavos, commo en la ordenaçión de las oras de la tu Encarnaçión, commo en los quinze gozos e siete angustias e letanía de Nuestra Sennora, que
Tú, Sennor, non acates salvo mi deseo, que fue de te loar e servir. Yo confiesso que mi entendimiento non es elevado para lo especular, nin mi coraçón capaz para lo retener, nin mi lengua es digna para lo pronuçiar por el mi grand defecto. Por ende, Sennor, si alguna razón o palabra puse non bien dicha o en qualquiera manera yo erré, yo lo atribuyo a la ynorançia e ynadvertençia que en mi tiene grant logar. Pero si así es, lo qual al presente non viene a mi notiçia, que alguna cosa menos dixese, yo, asy commofiel e católica, de agora para sienpre lo revoco e lo anulo, e sométame a la corepgiónde la Santa Iglesia, e suplico a Ti, en cuya memoria de tu encarnagión epasión yo conpuselas cosas sobredichas, que me faga parçionera (sic) en los méritos de las personas que lo rezaren, porque en este mundo de todos seas alabado e en el otro seamos consolados con la gloriosa visión tuya, amén “.

Sin embargo, una cosa es la honda y sencilla espiritualidad que deja traslucir el texto de la religiosa, y otra la materialidad del códice. La modestia de la autora de la oración, consciente de su pequeñez e ignorancia frente a la grandeza y la omnisciencia del Altísimo, que tan bien refleja esta manifestación piadosa, se plasma materialmente en un testimonio librarlo “cortesano”, propio de una mujer de la nobleza y a la medida de su privilegiado estatus. Parece improbable que esta notable realización libraria pudiera pertenecer a una “duenna encerrada” de la orden de Santo Domingo que no fuera una dama de elevado rango u ostentara un alto cargo o dignidad en la comunidad. El perfil esbozado de la dominica, el de una mujer letrada, piadosa, inteligente, voluntariosa y decidida, encajaría con lo que de la personalidad de la priora Constanza es posible conocer a través de la documentación del convento de Santo Domingo.

El Devocionario se abre con una oración dedicada a la vida y pasión de Jesús. Constanza la divide en cuarenta y cuatro capítulos de idéntica estructura; encabezada por una frase latina “Ihesu miserere mei”. Los acontecimientos aparecen ordenados cronológicamente, desde la encarnación de Jesús, hasta su ascensión a los cielos y el envío del Espíritu Santo. Con frecuencia se insiste en los padecimientos injustos que sufrió Jesús para redimir a los hombres.  La autora insiste en la maldad y abundancia de sus pecados y para combatirlos solicita la gracia y la ayuda divinas.

Entre  los grandes grupos de oraciones que componen la obra, es este el de mayor valor personal y en el que con más fuerza se implica la dominica, siendo destacables algunos pasajes por su emotividad y su fuerza expresiva. Acompañan a estos episodios narrativos basados en el Evangelio, otra serie de oraciones: invocaciones a la cruz, antífonas, himnos, etc.

A continuación, Constanza incluye los rezos para dos oficios en latín. El primero comienza con la oración: “O sapiencia que ex ore altissimi…” y el segundo está dedicado a la encarnación de Jesucristo.

De las “oras de los clavos” ofrece dos versiones: la castellana y la latina, y ambas responden a la misma estructura y contenido. Destaca la humildad de Jesús al aceptar el injusto castigo y soportar voluntariamente todos los tormentos. Alaba los clavos que atravesaron la carne de Cristo porque gracias al dolor que le causaron los hombres lograron la redención. Por último, suplica que el reverenciarlos sea  motivo del perdón de sus pecados.

Se sabe que se celebraba una fiesta famosa en Madrid en honor de los “Santos Clavos”, que se celebraba en el convento de Santo Domingo por concesión de los Pontífices a Constanza. Evidentemente, esta sería la oración con la que se conmemoraba dicha fiesta. Dentro de las oraciones a la Virgen María reunidas en el Devocionario se encuentran los Quince Gozos de la Virgen, las Siete Angustias de Nuestra Señora y la Letanía. Seguidamente, la religiosa se retracta de las posibles equivocaciones involuntarias que pudieran aparecer en su obra, y recopila un grupo de oraciones en latín y castellano, en las que se destaca el poder redentor de la carne y sangre de Jesús.

En un nuevo apartado, la dominica recoge una serie de textos de forma  epistolar, de los que da primero la versión latina y después la traducción al castellano. Por último, incluye el “Capitulo delas preguntas que deuen / fazer al omme desque esta en punto / de muerte” proporciona una serie de instrucciones que deben seguirse para ayudar a morir bien a un cristiano. También la “Suplicatio in die mortis”, con la que se cierra el devocionario, insiste en la preparación ante la muerte.