Leonor López de Córdoba (c.1362-1430)

Leonor López de Córdoba nació a fines de 1362 o principios de 1363 en Calatayud en una familia de la más alta alcurnia nobiliaria tanto por la vía paterna como la materna. Su madre, quien falleció poco después del nacimiento de Leonor, era sobrina de Alfonso XI de Castilla y su padre, Martín López de Córdoba fue un hombre importante en la corte del rey Pedro I.

Las Memorias de Leonor López de Córdoba

Leonor López de Córdoba es conocida en la literatura por haber escrito un relato en el que se recogen sus memorias, consideradas una de las primeras autobiografías en lengua castellana. Estas Memorias suponen un destacado ejemplo del género autobiográfico y aportan una novedosa mirada centrada en lo más inmediato y próximo de su contexto, elementos que no aparecen en las crónicas oficiales. Leonor presenta una obra muy bien organizada, aunque con espontáneas interrupciones y saltos atrás en el pasado. El hilo unificador de las Memorias es la justificación de una serie de decisiones vitales y la explicación de una situación que a la voz narrativa le parece injusta.

Por otro lado, también se ha querido ver en estas Memorias un intento de superar la perplejidad causada por una existencia plagada de tribulaciones en una época en la que el inmovilismo estamental, el origen nobiliario y el designio divino parecían garantizar el disfrute de una posición privilegiada. Otros críticos han entendido el texto como un intento de tranquilizar la atormentada conciencia de la autora, demostrándose a sí misma que ha obrado en todo con corrección, o de apoyar el proceso de beatificación del hermano mayor —a quien llama al comienzo de su obra “San Álvaro”, presentando su vida como una suerte de hagiografía.

Formalmente, se cumple la convención autobiográfica de exigencia explícita de correspondencia entre lo relatado y la realidad, pacto que Leonor estableció jurando por la cruz “en que Yo adoro, como todo esto que aqui es escrito, es verdad que lo vi, y pasó por mi”. Hay, en efecto, una preocupación constante por los hechos relatados que deja en un segundo plano la forma en que estos se presentan: en este sentido, la crítica ha señalado la falta de pulimiento retórico de esta escritura (en la que abundan las repeticiones), debido quizás a su origen como dictado oral. En este sentido, contrasta la forma notarial de la parte introductoria (seguramente debida al escribano a quien dictaba Leonor) con el torrente de palabras y de sentimientos que seguidamente desarrolla el cuerpo del texto. Por otra parte, ni el léxico ni los elementos retóricos presentan una variedad significativa en las memorias, que, no obstante, muestran una gran solidez estructural.

Un manuscrito original perdido

El documento que contiene estas Memorias estaba destinado a ser depositado en el momento de la muerte de Leonor en el monasterio de San Pedro de Córdoba, donde ella misma habría de ser sepultada.

Tumba de Leonor Fernández de Córdoba

Pero el original está perdido y hoy en día se conserva sólo la copia manuscrita existente en la Biblioteca Colombina, de comienzos del siglo XVIII, integrada en un volumen facticio con otros documentos; se sabe, no obstante, de la existencia de otra copia de 1733, hoy perdida, que fue editada por el marqués de Fuensanta del Valle en 1883. Las Memorias, que hasta 1971, fecha en que se reivindicó su importancia, habían quedado, tal vez por su carácter supuestamente inconcluso, en un segundo plano para la historiografía literaria (interesaban sobre todo sus datos históricos), son ahora consideradas como el primer discurso narrativo surgido de una conciencia femenina, y la primera muestra de autobiografía castellana, con lo que se adelanta el nacimiento de este género, comúnmente atribuido al Renacimiento, al siglo XV.

Una vida intensa 

La guerra civil entre Pedro I y Enrique de Trastámara en la Castilla bajomedieval y sus consecuencias políticas y sociales determinaron la vida y la obra de Leonor López de Córdoba.

En 1630, Martín López de Córdoba es nombrado maestre de Alcántara y es enviado por el rey Pedro I a Inglaterra con la misión de impedir el apoyo del monarca Eduardo III a Enrique de Trastámara. El padre de Leonor jugó un importante papel en la guerra entre Pedro I y Enrique de Trastámara. En 1639 cuando murió Pedro I, Carmona, en poder de Martín desde 1637, fue el último baluarte de la resistencia petrista. En Carmona se encontraba Leonor, en compañía de sus cuñados, uno de sus hermanos y dos hijas del monarca. Martín López, tras resistir un largo asedio, rindió finalmente la ciudad en 1370. Tras la rendición Martín López fue ejecutado y toda su familia encarcelada en las Atarazanas de Sevilla.

Leonor  López de Córdoba elaboró ante un notario público un documento que contiene el relato de los primeros años de su vida y que se detiene de forma abrupta en torno a los años 1396 o 1400-1401. Se desconoce si esta interrupción fue intencionada o fortuita, pero nos dejó sin referencias sobre la etapa más notoria de la vida de Leonor López de Córdoba: el momento en que se convirtió en “privada” de la reina Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I e hija de Constanza de Castilla, con quien Leonor había compartido los días difíciles de Carmona.  Catalina había asumido la regencia, durante la minoría de edad de Juan II de Castilla, y durante esta época se dijo que la reina había entregado su voluntad a Leonor. Por lo demás, resulta obvio que la autora, como don Juan Manuel, buscaba establecer una versión de su yo a través de la literatura, explicar mediante lo ya sucedido las circunstancias de su presente, y tal vez apoyar sus aspiraciones personales futuras. Durante su relato, hizo especial hincapié en el linaje noble de su familia, se presentó como víctima de traiciones y envidias, y hizo gala de una constante y supersticiosa religiosidad (Leonor repite continuamente el número de veces que entonaba sus rezos).

En el comienzo de su “escriptura” (Ayerbe-Chaux, 1977: 16), también llamada “relación” o “memorias”, Leonor López de Córdoba reivindicaba la figura de su padre, Martín López (a través de quien se hallaba emparentada con don Juan Manuel). Refirió, asimismo, la historia de su matrimonio con Ruy Gutiérrez de Hinestrosa y su estancia en Carmona junto a su marido, heredero de numerosas riquezas y posesiones. Sería esta una época feliz en la existencia de Leonor, finalizada de forma dramática con la victoria de Enrique de Trastámara en la guerra civil y con la ejecución de su padre y su propio confinamiento. La narración incluye escenas cuya existencia se pueden poner en entredicho, como el supuesto diálogo sostenido por Martín López de Córdoba con Bertrand du Guesclin (jefe de las tropas mercenarias francesas que tan decisivamente apoyaron a Enrique II), a quien reprochaba su traición, que contraponía a su propio sentido de la lealtad.

Leonor describe las calamidades que padeció durante los casi diez años que permaneció en prisión:  el hambre, los hierros que les encadenaban y la peste. En el tiempo que estuvo en prisión murió su hermano Lope, quien no recibió siquiera la gracia de un entierro honroso, y sus cuñados, a quienes arrebataron sus últimas propiedades (los collares de oro). Leonor se encontró entonces en una situación de absoluto desamparo. De los que fueron hechos prisioneros en Carmona, solo ella y su marido sobrevivieron a esta década de penurias.

El testamento de Enrique II incluía una disposición que ponía en libertad a los cautivos. A partir de entonces Leonor y su esposo intentaron recuperar lo perdido.  Mientras su esposo intentaba inútilmente recobrar sus bienes, Leonor fue a vivir con su tía María García Carrillo, partidaria de los Trastámara durante la guerra civil. La autora cuenta cómo la excelente relación entre tía y sobrina provocó los recelos de sus primas y cómo se vio arrinconada con el único consuelo de la religión. A partir de ahí, el relato de Leonor adquiere un tono hagiográfico y cuenta cómo consiguió tener su propia casa gracias a las indicaciones que la Virgen le dio en un sueño.

Leonor creía que existía una relación directa entre una buena acción y la recompensa divina: así relaciona su adopción de un niño judío para educarlo en la fe cristiana con una etapa de relativa bonanza económica. Sin embargo, un nuevo repunte de la temida peste (en 1396 o 1400-1401) llevó de nuevo a Leonor a pedir refugio a su tía en sus posesiones de Santaella, donde se inició el enfrentamiento con sus primas. La peste terminó por afectar al niño judío, y como consecuencia de sus atenciones al enfermo fallecieron varios criados y el hijo mayor de Leonor, Juan Fernández de Hinestrosa. Tras las defunciones de su padre y de su hermano, fue esta la tercera muerte trágica que afectó vivamente a Leonor López de Córdoba. Además, la muerte de su hermano y de su hijo compartieron circunstancias semejantes: ambos tenían la misma edad y agonizando suplicaron inútilmente que se les dejara morir en paz. Tras el fallecimiento de su hijo, no cesó el odio de sus primas, y Leonor refiere cómo se vio finalmente obligada a abandonar la casa de Santaella y se retiró a sus posesiones de Córdoba. Aquí da fin a su escritura, que acaba repentinamente con un lacónico “y asi Vineme á mis casas á Córdoba.”

SABER MÁS…

La Junta de Andalucía preparó este vídeo sobre Leonor López de Córdoba:

El programa de RTVE Mujeres en la historia preparó un reportaje sobre la escritora:

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