Francesco Petrarca (1304-1374)

FRANCESCO PETRARCA (1304-1374)

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Quizás hayas leído algo sobre mí, aunque resulta dudoso que mi oscuro y pequeño nombre haya sido capaz de llegar hasta ti a través del tiempo y del espacio. Y quizás quieras saber qué hombre fui, y qué ha sido de mis obras.

Francesco Petrarca: Carta a la posteridad

Fue uno de los poetas italianos más importantes del siglo XIV. Su obra constituye el inicio de la corriente literaria que lleva su nombre, el petrarquismo, y que se convierte en la tendencia poética fundamental del Renacimiento .

Al contrario de lo que sucede con Dante, las noticias sobre la vida de Petrarca son muy numerosas, en buena parte por la obsesión autobiográfica que presenta en muchos de sus escritos y cartas, si bien no siempre los datos que sobre sí mismo nos proporciona el poeta sean totalmente fiables. Al autor le gustaba contar los ciclos de su vida por cuatrienios, y encontrar correspondencias entre las fechas más importantes de su biografía.

Nació en Arezzo, donde su padre, florentino perteneciente al partido de los güelfos blancos, como Alighieri, había huido antes de ser desterrado. Pasó sus primeros años en Provenza, cerca de la nueva corte papal de Aviñón, a la que estaría ligado durante muchos y de la que dejaría un retrato muy poco favorable:

La avara Babilonia colmó el vaso de la ira de Dios, y todo vicio hasta estallar, tomando como dioses más que a Palas y Jove, a Baco y Venus.

Estudió en Montpellier y en Bolonia, donde debió de ponerse al corriente de las modas poéticas de su tiempo, en la órbita del dolce stil nuovo, con el poeta Cino de Pistoya, amigo de Dante, y donde compondría sus primeros versos en lengua vulgar, de los que más tarde renegaría. Allí también se familiarizó con los autores latinos que serían su obsesión, fundamentalmente Cicerón, ejemplo de sabiduría pagana, y San Agustín, con los cuales mantendría toda su vida un constante diálogo imaginario. El 6 de abril de 1327 tiene lugar su encuentro con Laura –tal vez Laura de Noves, casada con Hugo de Sade, y por tanto antepasada del famoso marqués del siglo XVII– de la que hará el centro de su religión, plasmada, como veremos, en su Cancionero. Laura murió en 1384, víctima de la peste:

Sabe que en mil trescientos cuarenta y ocho el día seis de abril, y la hora prima, dejó su cuerpo aquella alma bendita.

Tras algunos viajes por Europa, se vinculó a la Iglesia como forma de ganarse la vida, bajo la protección de la familia Colonna, con quien realizó su primer viaje a su amadísima ciudad de Roma, a la que, por lo demás, no dejaba de incitar a regresar al Papa desde Aviñón. Esta visita supuso para Petrarca un auténtico revulsivo creativo y comenzó su poema épico África, que nunca llegaría a terminar.

De esta época 1336, data su retiro a Vauclause, localidad provenzal en medio de la naturaleza, de la que Petrarca hará su más querido lugar de residencia, soledad , trabajo y acaso huida de su loco amor por Laura. El año 1341, en una curiosa ceremonia que intentaba recrear viejas tradiciones romanas, Petrarca fue coronado como poeta con una corona de laurel en el Capitolio de Roma, por el rey de Nápoles.

Hasta el año 1351 su vida se resume en viajes constantes por Italia, en diversas misiones o en busca de manuscritos de autores latinos, y en su residencia de Vauclause; en esta época nuestro autor tuvo un hijo y una hija de una mujer desconocida; el hijo murió joven, la hija dio nietos al poeta.

También de esta época data su apoyo a la causa del curioso personaje Cola di Rienzo, que en Roma intentó la creación de un gobierno republicano, inspirado en las viejas leyes romanas, y que terminaría por fracasar poco después; sin olvidar el comienzo de su fiel amistad con Boccaccio.

 

Finalmente, abandonó la Provenza en 1535 y se trasladó a Milán, donde, protegido por la familia gobernante de los Visconti, viviría ocho años hasta que la peste le obligó a buscar refugio en Padua en 1361. Sus últimos años, interrumpidos por continuos viajes por Italia y Europa, transcurrieron entre Venecia, Padua y su nueva casita campestre en Arqua. Murió en 1374, según una difundida versión, con la cabeza reclinada sobre un libro, como si se hubiera quedado dormido mientras leía. Una de sus últimas tareas literarias fue, curiosamente, la traducción al latín de un cuentecillo del Decamerón de su buen amigo Boccaccio.

Las obras latinas de Petrarca

Además de un gran poeta, Petrarca fue un filólogo y un moralista –un humanista en el sentido más amplio de la palabra–, un intelectual pleno, consciente de la trascendencia de su misión de los estudios y las letras de la antigüedad, en una cultura dominada por la, a su juicio, barbarie gótica, plasmada en la filosofía escolástica.

Nuestro autor se mueve con toda soltura entre los grandes de la Tierra, sabios, políticos, papas y reyes, pero huye de ellos para refugiarse en la soledad de sus diversos retiros en medio de la naturaleza; bien conocida es la anécdota, más o menos real, de su ascensión al monte Ventoux, en compañía de su hermano, con un ejemplar de las Confesiones de San Agustín o su gusto por la jardinería y la arboricultura.

La excursión de Petrarca al Mont Ventoux, en la Provenza francesa, ha sido considerada por los historiadores del montañismo como la primera ascensión a una montaña acometida de modo altruista. Puedes oír aquí la adaptación radiofónica del relato de la ascensión acompañada con poemas del gran escritor italiano puestos en música por compositores como Monteverdi, Orlando di Lasso, Sigismondo D’India o Luca Marenzio en el programa de RNE Libro de notas.

Como filólogo, Petrarca dedicó buena parte de su actividad intelectual al descubrimiento de manuscritos de autores latinos –entre ellos unos discursos y cartas perdidas de Cicerón, y parte de las Décadas del historiador Tito Livio–, además de la preparación de ediciones fiables de sus amadísimos textos antiguos.

Petrarca no se contenta con la imagen de la antigüedad transmitida y falseada a través de los siglos medievales, y que aún llevan a Dante a imaginar al poeta Virgilio en términos casi cristianos, interpretando como una profecía del nacimiento de Cristo las palabras de la Égloga IV del latino, acerca de un nuevo siglo de oro. Petrarca (y su labor es en esto realmente precursora de toda una tendencia de dos siglos) quiere recuperar la autenticidad del legado romano, comenzando por la pureza del latín clásico y el rigor de los textos. Su gran frustración fue el desconocimiento del griego, que tardaría algún tiempo en estudiarse seriamente en Italia.

No es de extrañar, por esto, que la mayor parte de la obra de Petrarca se halla escrita en un latín directamente inspirado en el de Cicerón, y que relegara el uso del vulgar para su poesía lírica, de la que no hacía ostentación ninguna; o que el grueso de sus escritos sean tratados en prosa de carácter moral o doctrinal. Hay que añadir que Petrarca siempre imaginó la civilización y la lengua romana como esencialmente italianas y que debía de considerar el latín y el vulgar no como lenguas diversas, sino como diferentes niveles de un idioma básicamente idéntico, aunque el vulgar únicamente apto para secretas expresiones sentimentales y bagatelas —nugae— sin importancia, frente a la grandiosidad de sus aportaciones a la tradición clásica.

Petrarca fue un infatigable redactor de cartas, algunas de ellas en verso –no olvidemos el modelo ciceroniano y senequista de correspondencia, junto con el de las epístolas métricas de Horacio–, que escribió a todo tipo de corresponsales, incluso a personajes de la antigüedad; y que editó en diversas series, las familiares y las seniles, entre las que destaca la famosa Carta a la posteridad de la que hemos incluido un párrafo al comienzo de esta entrada.

Entre sus obras latinas destaca el inacabado poema épico África, que pretendía ser una exaltación de Escipión, el vencedor de Aníbal, presentado como un héroe estoico; también en verso latino compuso Petrarca diversas epístolas y églogas a la manera de Virgilio — Bucolicum Carmen–. Son interesantes también su colección de semblanzas biográficas De viris illustribus (Sobre los hombres ilustres) o la compilación Rerum memorandum libri (Los libros de las cosas que se han de recordar)

Entre sus tratados de filosofía moral en prosa destaca su autobiográfico Secretum (Secreto mío) que se nos presenta como un diálogo entre el propio poeta y su imagen sublimada: san Agustín; son también notables De otio religioso y De vita solitaria; del final de su vida data De remediiis utriusque fortuna  (Remedios para cualquier fortuna), que ejercería una gran influencia entre los medios intelectuales del siglo siguiente y que encuentra un amplio eco en La Celestina.

Las obras de Petrarca en lengua vulgar: Los Triunfos y el Cancionero

En lengua vulgar (toscano), Petrarca solo nos ha dejado dos obras: I trionfi (Los triunfos) y el Canzoniere (Cancionero).

Los Triunfos

Se trata de una vasta  narración alegórica, en tercetos encadenados según el modelo dantesco, donde nos muestra el triunfo del amor, y posteriormente, los sucesivos triunfos del pudor, de la muerte, de la fama, del tiempo y de la eternidad, a través de un amplísimo catálogo de personajes de la antigüedad. Petrarca trabajó en ella, como por lo demás en casi todas sus obras, durante muchos años.

En este programa de RTVE nos cuentan algunas cosas interesantes sobre la vida y la obra de Petrarca, centrándose especialmente en los Triunfos de Petrarca:

El Cancionero 

La obra que coloca a Petrarca en el origen de toda una tradición poética de siglos, y que hará de él el poeta más importante, imitado e influyente de la cultura europea casi hasta el Romanticismo, es su monumental Cancionero, o como él mismo lo tituló: Rerum vulgarium fragmenta, obra vastísima en la que el poeta trabajó casi secretamente durante cuarenta años. escribiendo, puliendo, reordenando sus textos en nueve distintas versiones hasta casi el momento de su muerte, de cuando data la última revisión de la que se conserva un original en parte manuscrito por el mismo poeta.

El Cancionero de Petrarca está compuesto por una colección de trescientos sesenta y seis poemas, entre los que destacan sus trescientos diecisiete sonetos; forman parte también del poemario treinta canciones, nueve sextinas y diversas baladas y madrigales.

Su principal novedad reside en la organización, coherente y cohesionada del material lírico, que presenta los poemas como un conjunto organizado, ordenado cronológica y temáticamente. En este sentido, Petrarca es el primer poeta que compuso un libro con un sentido unitario: el amor no correspondido.

Así pues, el Cancionero se presenta como un autobiográfica ficticia y poética en la que su autor expresa los diversos estados de su pasión amorosa. Dedicado a su amada Laura, la obra se abre con un soneto-prólogo, en el que Petrarca se dirige a los lectores y reflexiona sobre sus experiencias amorosas pretéritas, a partir de ahí se desarrollan dos ciclos: “in vita” –hasta el poema CCLXIII– e “in morte”, a partir de la canción”I´vo pensando , et nel penser m´asalta” (Yo voy pensando, y al pensar me asalta), finalizando con una canción a la Virgen María.s

El tema del Cancionero es el amor –tal y como afirma Petrarca– “e non solo”. En este sentido, podemos observar tres directrices temáticas fundamentales: el amor por Laura, el amor por la fama y el amor hacia Dios. El primero y último son dos motivos –amor humano y amor divino– ya existentes y presentes en la literatura medieval; en cuanto al amor por la fama, se trata de un rasgo propio del pensamiento humanista.

Aparte de la división general de la obra, se pueden señalar diversos ciclos internos:

  • La primera sección –hasta la rima LX– contiene la obra más juvenil del autor, aún dominado por la influencia stilnuovista y donde ya comienza a desarrollar el tema de las quejas amorosas.
  • La segunda sección desarrolla lo que algún estudioso llama “el mito de Laura”. En efecto, se llamase así realmente o no, Petrarca hizo del nombre que da a su amada un verdadero emblema de largo alcance en el Cancionero. Laura es asociada al laurel, árbol siempre verde, emblema a su vez de la gloria, y planta en la que se había convertido la esquiva Dafne, amada por Apolo, lo que proporciona al poeta numerosas asociaciones simbólicas. Laura es también “L’ aura”, el aura, la brisa, que representa el espíritu vivificador, y a veces, se asocia igualmente con adjetivo “áurea”, es decir, dorada.

L’aura ch’el verde laura e l’aureo crine

Laura es también comparada con el Fénix pero en los momentos de mayor desesperación, también con figuras destructivas como las sirenas, Medusa o la propia Eva. El concepto del amor que desarrolla Petrarca en el Cancionero y que va a seguirse posteriormente en toda la lírica amorosa europea surge del conflicto entre lo sensual y lo espiritual. Petrarca lo somete a un complejo proceso de sublimación o enmascaramiento, la mujer deseada termina convirtiéndose en un objeto de culto y veneración.

  • Una tercera sección puede llamarse de la alabanza y la maravilla. Laura es cantada tanto por su belleza como por su virtud, pero preferentemente por la primera. El poeta destaca fundamentalmente la blancura de la piel y el dorado del cabello, la presencia obsesiva de los ojos y la mirada, la alabanza de su voz, de su risa, y de sus ademanes y movimientos, sin olvidar la presencia de sus vestidos; la amada es presentada moviéndose por un ámbito de naturaleza abierta, donde se combinan convencionalismos y observaciones directas del paisaje; suavidad, dulzura, gentileza, recato, honestidad, son las virtudes alabadas una y otra vez, pero junto a ellas la altivez y el desprecio, que la convierten en enemiga.

El poeta sabe, además, que su amor, aun espiritual e inocente, es todavía demasiado humano, y le aparta del verdadero y único amor divino; Laura, viva de cuerpo, es aún demasiado tentadora. Esta doble tensión hace debatirse al amante entre una perpetua contradicción entre la razón y el deseo, el tormento y la dicha, la pasión y la castidad, la alabanza y el llanto, la desesperación y la esperanza, el miedo y el atrevimiento, expresadas en continuas metáforas: el freno y la espuela, el hielo y el fuego, a veces entremezcladas en el hielo que quema o el fuego que hiela, y, en  resumen, en un característico sentimiento “dolce amaro” (dulce y amargo).

Bien se puede hablar de una aegritudo amoris, de la enfermedad del amor. El amor, desde finales del siglo V a.C. se venía considerando una auténtica enfermedad mental con dos graves efectos: la melancolía y la locura. La teoría del aegritudo amoris se enriqueció con las aportaciones de poetas y filósofos. La Iglesia llegó al extremo de considerar que el deseo provocaba desequilibrios mentales, ceguera y alejamiento de Dios. Petrarca temía que esta enfermedad provocara no tanto su muerte física como su muerte espiritual. El médico árabe Ibn Muhamad al-Dailami describía los efectos de la enfermedad del amor: dolor inquieto, insomnio, pasión sin esperanza, tristeza y agotamiento mental. Otros síntomas son la pérdida del apetito, la tendencia a la soledad, los suspiros y el llanto. Todos estos males los encontramos en el Cancionero. Por otra parte, también se perciben referencias a la teoría magnética de Basilio d’ Ancira, según la cual los cuerpos de los amantes se atraen como el hierro y la calamita (imán), una imagen muy difundida en la época. Por lo tanto, el amor o el deseo sería una poderosa fuerza propia de la Naturaleza contra la que no se puede combatir. El Cancionero, al fusionar todos estos elementos, se articula por la tensión entre lo objetivo y lo subjetivo, el orden y el instinto, la razón y la pasión, lo apolíneo y lo dionisíaco.

En la segunda parte, “in morte”, alcanza Petrarca la más alta cima de su genio artístico. Muerta su amada, su cuerpo depositado en tierra se convierte en una imagen obsesiva para el autor. Pero llevada su alma al cielo, es este, paradójicamente, el momento en que Laura se convierte en la mujer comprensiva y cercana que no fue en vida. A través de diferentes visiones del poeta o apariciones de la amada, Laura lleva con sus palabras el consuelo, justificándose ante él de su comportamiento en vida, y ofreciéndose como camino hacia el arrepentimiento y la salvación.

De igual manera el poeta llama a la muerte para reunirse con su amada y confiesa su cansancio y  el error por haber amado demasiado, pidiendo a Dios una buena y pacífica muerte. Como hemos dicho, el Cancionero termina con una piadosa oración a la Virgen María, a quien ofrece en prenda su amor.

Es de destacar igualmente en los poemas la presencia del dios Amor, con quien el poeta dialoga constantemente, y la conciencia clara de estar creando su propia obra en honor de la mujer amada, a la que sus poemas darán fama e inmortalidad.

Frente a la desmesura y expresividad del mundo y el lenguaje dantesco, el de Petrarca se caracteriza por su armonía, equilibrio y claridad, por su tono noble y elevado, fruto de una recreación intelectual y a menudo un tanto artificiosa, mezcla de humanidad y distanciamiento, pero que sería consagrada como el lenguaje que mejor expresa los sentimientos de una clase refinada, sofisticada, alejada de la vulgaridad de la realidad, que se reconoce orgullosa de sí misma en esa misma elegancia, contención y sublimación de los sentimientos.

El Cancionero de Petrarca tuvo una enorme influencia en la poesía europea. Con su obra, Petrarca sentó las bases de los futuros poemarios amorosos y dio forma definitiva a una serie de tópicos que se convertirían en habituales en la poesía de los siglos XV, XVI y XVII. Entre algunas de sus influencias podemos destacar las siguientes:

  • Composición de un soneto-prólogo inicial.
  • Tratamiento del tema amoroso vinculado a tópicos de la literatura clásica, como el locus amoenus o el carpe díem.
  • Empleo de imágenes mitológicas y presencia de las fuentes literarias grecolatinas, como las Metamorfosis de Ovidio.
  • Simplificación estilística con respecto a la poesía provenzal y cancioneril.
  • Creación de un nuevo canon de belleza (la amada petrarquista es rubia, de ojos claros y tez muy pálida).
  • Empleo del soneto como forma máxima de expresión poética..

El Cancionero

I

Vosotros que escucháis en sueltas rimas el quejumbroso son que me nutría en aquel juvenil error primero cuando en parte era otro del que voy,

del vario estilo en que razono y lloro entre esperanzas vanas y dolores, en quien sepa de amor por excelencia, además de perdón, piedad espero.

Pero ahora bien sé que tiempo anduve en boca de la gente, y a menudo entre mí de mí mismo me avergüenzo,

de mi delirio la vergüenza es fruto, y el que yo me arrepienta y claro vea que cuanto agrada al mundo es breve sueño.

XIII

Cuando de tanto en tanto entre las otras se muestra Amor en el semblante de ella, cuanto menos le siguen en belleza crece más el afán que me enamora.

Y bendigo el lugar como el instante que nis ojos tan alto vislumbraron, y digo: “Da las gracias, alma mía, que llamada a tal honra fuiste entonces.

De ella te viene el dulce pensamiento, que al seguirlo te lleva al bien supremo, y en poco tienes lo que muchos quieren.

de ella te viene esa animosa gracia que al cielo te conduce rectamente, de modo que ya gozo en la esperanza”.

XVII

Lluévenme amargas lágrimas del rostro con un viento angustioso de suspiros, cuando vuelvo hacia vos los ojos míos, por quien solo del mundo yo me aparto.

Es cierto que la dulce mansa risa< aún apacigua mis deseos ardientes, y me sustrae del fuego de martirios, mientras atento y fijamente os miro.

Pero luego el aliento se me hiela cuando veo al partir que mis estrellas esos gestos suaves de mí apartan,

Librada al fin con amorosas llaves sale del pecho el alma por seguiros y tras mucho pensar de allí se arranca.

LXI

Bendito sea el día, el mes y el año y la estación, la hora y el instante y el país, y el lugar donde fui preso de los dos bellos ojos que me ataron,

y bendito el afán dulce primero que al ser unido con Amor obtuve, y el arco y las saetas que me hirieron, y las llagas que van hasta mi pecho.

Benditas cuantas voces esparciera al pronunciar el nombre de mi dueño, y el llanto, y los suspiros, y el deseo

y sean benditos los escritos todos, con que fama le doy, y el pensar mío, que pertenece a ella, y no a otra alguna.

CLXXXI Amor tejió en la hierba una red bella con perlas y con oro bao un ramo del árbol siempre verde, tan amado, aunque triste y no alegre sea su sombra. Cebo fue la semilla que él cultiva dulce y amarga, a la que ansío y temo; las notas nunca fueron tan suaves desde el día en que Adán abrió los ojos. La clara luz que al sol oscurecía fulguró y el cordel tuvo la mano que al marfil y a la nieve superaba. Así caí en la red, pues me acogieron sus palabras angélicas, sus modos y el placer y el deseo y la esperanza. CCXX ¿Dónde halló Amor el oro, y en qué vena para las rubias trenzas? ¿Y en qué espinas las rosas, y en qué prados las escarchas frescas que aliento y pulso de dio luego? ¿Dónde las perlas en que fragua y frena dulces palabras, castas y excelentes? ¿Dónde tantas bellezas tan divinas de esa frente serena más que el cielo? ¿De qué ángeles proviene, y de qué esfera, el celeste cantar que me deshace tanto que habrá de deshacerme en poco? ¿De qué sol esa luz excelsa y noble de los ojos que paz me dan y guerra, y en hielo y fuego el corazón consumen?

Los siguientes sonetos pertenecen a la sección “in morte”: observa la presencia de la naturaleza, la aparición de Laura y su divinización:

CCLCCIX Si el llanto de las aves, o el murmullo del aura entre las ramas en verano, o el ronco murmurar de claras aguas se escuchan por la verde y fresca orilla donde de amor yo escriba pensativo a quien guarda la tierra, y mostró el cielo, entiendo, y oigo, y veo que aún viva desde lejos responde a mis suspiros. “Ay, ¿por qué antes de tiempo te consumes? –me dice con piedad–¿por qué derramas un río doloroso por sus ojos? Por mí no llores más, porque la muerte en la luz interior me volvió eterna cuando al cerrar los ojos, los abría.” CCLXXXVIII Yo llené de suspiros este aire, mirando desde el monte la llanura donde naciera aquella que, en su mano mi corazón teniendo en flor y en fruto, subió al cielo, y de tal modo me ha dejado con su raudo partir, que, desde lejos vanamente buscándola mis ojos, no dejan ya cansados lugar seco. No existe zarza o piedra en estos montes, ni rama o fronda verde en estos llanos, ni flor en estos valles, hoja o hierba. ni brotan de estas fuentes agua alguna, ni hay fiera tan salvaje en estos bosques, que no sepan cuán áspera es mi pena. CCXCII Los ojos que cantara ardientemente, y los brazos, las manos, pies y rostro, que tanto me apartaron de mí mismo, volviéndome distinto de los otros; el rizado cabello de oro puro, y el fulgor de su angélica sonrisa, que volvían la tierra un paraíso, apenas polvo son que nada siente. Y vivo, sin embargo, aunque me indigno, y sin la luz amada permanezco en tormenta y en leño desarmado. Termine, pues, aquí de amor mi canto la vena del ingenio está ya seca, y mi cítara en llanto convertida. CCXCIX ¿Dónde la frente que con breve gesto mi corazón llevaba a todas partes? ¿Dónde las bellas cejas, las estrellas que el curso de mi vida iluminaron? ¿Dónde la discreción, virtud, ingenio la atenta, honesta, humilde y dulce habla? ¿Dónde están las bellezas que agrupaba rigiéndome a su arbitrio tanto tiempo? ¿Dónde la sombra de su rostro hermoso que sosiego ofreció al alma cansada y donde escrito estaba el pensamiento? ¿Dónde quien en su mano hubo mi vida? ¡Cuánto al mísero mundo, y cuánto falta a mis ojos que nunca han de secarse! CCXIX Más ligeros mis días que los ciervos huyeron como sombras, sin que vieran más que un cerrar de ojos y unas horas que en la mente conservo dulceamargas. Oh mundo miserable e inconstante ciego se vuelve aquel que en ti confía; mi corazón en ti me han arrancado, y lo tiene quien es ya solo tierra. Mas la forma mejor, que aún está viva, y siempre vivirá en el alto cielo, más me enamora y más de sus bellezas; y voy, solo al pensar, encaneciendo, cómo será y en dónde estará hoy, y qué aspecto tendrá su noble velo.  

¿Petrarca fue un gran poeta o solo un buen poeta?

En este vídeo podéis escuchar una conferencia que el académico Francisco Rico, uno de los mayores expertos en Petrarca, pronunción en la Fundación Juan March en abril del 2011:

[Referencias:VV.AA.: Lengua y literatura 1 Bachillerato (Libro de recursos), Madrid: Santillana (2008); Grupo Juan de Mairena, Literatura Universal, Madrid: Akal (1998); Calero Heras, José: Literatura española y universal, Barcelona: Octaedro (1999)].
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