Roman de la Rose (c. 1220 – 1278)

La primera parte del Roman de la Rose fue escrita entre los años 1220 y 1223 por un joven de veinte años llamado Guillaume de Lorris, de quien nada más sabemos, y que dejó inconclusa la obra en el verso 4028. Unos cuarenta años después un erudito tratadista, llamado Jean de Meung,  la continuó y dio fin al libro en el verso 21750.

En este sentido, el Roman de la Rose es producto de una colaboración desequilibrada entre dos personas de carácter muy diferente, de preparación diversa y de intenciones discrepantes. El segundo autor acometió la continuación del texto conservando muy levente la trama iniciada anteriormente, pero con un espíritu muy distinto.

Guillaume de Lorris

Guillaume de Lorris presenta la obra como un sueño, ficción que mantiene su continuador, hasta el punto de dar a entender que todo lo ocurrido y debatido en más de veintiún mil versos transcurre en una sola noche. El primer autor comienza con unas reflexiones sobre este encuadramiento: “Muchos dicen que en los sueños solo hay fábulas y mentiras, pero es posible tener sueños que no sean mentirosos y luego se hagan verdaderos”. Se trata, pues, de un largo sueño premonitorio, pues cuando en él experimentará el protagonista sucederá luego; y así Guillaume de Lorris entra en materia en estos versos:

El vintieme an de mon aage,
el point qu’Amors prent le paage
des jones genz couchier m’aloie
une nuit si con je souloie
et me dormoie mout forment,
et vi un songe en mon dormant
qui mout fu biaus et mout me plot;
mes en ce songe onques riens n’ot
que tretot avenu ne soit
si con li songes recensoit.
En el vigésimo año de mi edad
en el punto en que Amor cobra tributo
de los jóvenes, me fui a acostar
una noche, como solía,
y me dormí profundamente,
y durmiendo tuve un sueño
muy bello y que me gustó mucho;
pero en este sueño no hubo nada
que después no ocurriera
tal como el sueño expuso.

 

 

 

 

 

La gran alegoría sobre el amor se inicia y se desarrolla en unos versos limpios y transparentes. A sus veinte años Guillaume de Lorris estaba en posesión de una sólida y extensa cultura, que la vinculaba a una larga y sabia tradición. El sueño como visión, sobre lo que había teorizado Macrobio en sus Saturnales, informaba todo un género literario, pródigo en visiones apocalípticas y en viajes al trasmundo.  Guillaume de Lorris, como más tarde hará Dante, junta la visión en sueño y la alegoría con una finalidad trascendente, en nuestro caso la intención de desarrollar un arte de amar, fruto de sus lecturas y de su experiencia sentimental, bien evidente a pesar de su juventud.

 

Los elementos alegóricos, abstracciones y personificaciones se ponen en juego en la primera parte del Roman de  la Rose en una simbología diáfana, exenta de elementos accesorios que podían dañar su validez como símbolo.

El Jardín del Amor

En su sueño, el joven poeta llega a un recinto rodeado de altas murallas que encierran un deleitoso jardín. En la parte exterior de los muros, para indicar que están excluidas de su interior, se hallan pintadas las figuras de Odio, Codicia, Avaricia, Envidia, Tristeza, Vejez, Hipocresía y Pobreza. El poeta entra en este jardín, cuyas flores describe, así como el canto de los pájaros, y es recibido por una doncella que le informa de que aquel recinto pertenece a Deleite, cuya enamorada es Alegría. En un lado estaba el Dios de Amor, y en el centro bailaban Hermosura, Liberalidad, Franqueza, Cortesía y Juventud.

La versión alegórica del amor a primera vista

El Dios de Amor llama a Dulce Mirada y le ordena que tense su arco mientras va siguiendo al joven poeta, que va admirando la belleza del jardín. Llega a una fuente, que mana bajo un pino, y halla una inscripción en mármol que dice que allí murió el hermoso Narciso. El personaje mitológico, tan popular gracias a Ovidio, es presentado como un doncel, del que estaba enamorada “una alta dama” llamada Eco.

El poeta se inclina a mirar la fuente, y en el fondo del agua ve reflejada una parte del jardín, en  singular belleza de cristales, piedras y vegetación; pero sabido es que a quien contempla este peligroso espejo se enamorará al punto de aquello que mire, pues se trata de la Fuente de los Amores, una trampa del Dios de Amor.

En un rosal que se refleja en el agua el poeta ve una rosa de singular belleza, y alarga la mano para cogerla. Pero el Dios de Amor, que lo espía, al advertir que iba a coger la rosa “inmediatamente tomó una flecha, y cuando la cuerda estuvo bien tensa, acercó hasta la oreja el arco, que era maravillosamente fuerte, y disparó hacia mí, de tal suerte que la saeta, con gran ímpetu, se metió por mi ojo y se hundió en el corazón”. Los lectores del Roman de la Rose habían escuchado de los poetas líricos infinidad de veces que el amor entra por los ojos y así se aposenta en el corazón, y ahora veían esta pura especulación metafórica convertida en una acción en movimiento.

Nuevas flechas del amor: Belleza, Cortesía y Compañía

Al recibir esta primera flecha, que se llama Belleza, el poeta cae por el suelo, sin poder arrancarla del cuerpo. Luego intenta de nuevo acercarse a la fuente, pero el Dios de Amor le dispara una segunda flecha, que se llama Cortesía; y en una tercera tentativa es herido en el corazón por la flecha Compañía. “Inmediatamente se me renueva el gran dolor de las llagas, y tres veces seguidas caí desmayado. Al volver en mí me lamento y suspiro, pues mi dolor crece y se agrava, y ya no tengo esperanza alguna de curación o de alivio. Amor hará de mí un mártir…”

En efecto, el Dios de Amor lo hace su prisionero, lo convierte en su vasallo y le explica sus diez mandamientos, larga enseñanza que hace al poeta apto para emprender la difícil conquista de la rosa. El poeta se acerca a ella, y es bien recibido por Buen Acogimiento, que es hijo de Cortesía; pero tiene que contender en seres enemigos situados cerca de la rosa: Peligro, Mala Boca (la maledicencia), Miedo y Vergüenza, esta última es muy difícil de vencer, porque es hija de Razón, la sensata, la cual intenta desviar al poeta de sus intenciones.

Cuando parece que va a lograr su propósito, Celos previene a Mala Boca y envía a Vergüenza y a Miedo para que, con ayuda de Peligro (que se había dormido) expulsen al poeta de la proximidad de la rosa. Celos hace construir una torre para tener prisionero a Buen Acogimiento, y sus cuatro puertas son guardadas por Peligro, Vergüenza, Miedo y Mala Boca. Con el lamento del poeta, que ha perdido a su mejor valedor (Buen Acogimiento), se interrumpe el texto escrito por Guillaume de Lorris, en el que abundan los aciertos de expresión y que siempre mantiene un tono altamente poético.

Como puede deducirse fácilmente, esta primera parte describe un proceso amoroso desde sus primeros síntomas, que entran por los sentidos y se aposentan  en el corazón, hasta el conflicto pasional, fruto de estados de conciencia y de consideraciones sociales, y la lucha por la victoria final, o sea la posesión de la rosa, posesión amorosa que en ningún momento se relaciona con el matrimonio. El ardor juvenil del poeta queda temperado por esta sabia y cortés máquina simbólica, que declaradamente quiere ser la norma moral y vital del hombre culto y aristocrático.

Los diez mandamientos del amor

Especial interés tienen las enseñanzas que el Dios del Amor inculca al protagonista del Roman de la Rose, en las que Guillaume de Lorris cifra las doctrinas cortesanas y sentimentales a que debe someterse todo enamorado:

  1. Huir de la villanía.
  2. Evitar la maledicencia.
  3. Ser amable y cortés con todo el mundo, y evitar cuidadosamente toda palabra grosera en el lenguaje.
  4. Respetar a las damas y defenderlas contra quien las ataque.
  5. No ser orgulloso.
  6. Cuidar de la elegancia en el vestir, con trajes bien cortados, calzado estrecho y sombrero de rosas.
  7. Llevar limpios uñas y dientes.
  8. Estar siempre alegre y contento.
  9. Saber montar a caballo e intervenir en justas caballerescas. Cantar, tañer instrumentos y bailar con gracia.
  10. No ser avaro.

Jean de Meung

Jean de Meung trabajó en su larga continuación del Roman de la Rose entre los años 1269 y 1278.  Era un escritor profesional, del que se conservan tres traducciones francesas de obras latinas.

Su continuación del Roman de la Rose mantiene los personajes alegóricos y los acrecienta, pero  se desinteresa completamente de la trama trazada por su antecesor, que queda diluida en interminables reflexiones y episodios anodinos. Para Jean de Meung el amor es una fuerza natural, cuyo único objeto es la propagación de la especie, instinto que empuja a los seres a unirse; y así la larga continuación acaba con la escena de la definitiva conquista de la rosa por parte del enamorado, que no es más que una descripción sin paliativo alguno de la unión sexual.

El éxito del Roman de la Rose

Existen unos 300 manuscritos catalogados del Roman de la Rose, lo que demuestra su éxito. En este vídeo podéis ver el manuscrito conservado en la Universidad de Cambridge: