Lanzarote o el caballero de la carreta (c.1175-1181) de Chrétien de Troyes

La tradición de la poesía épica, que tienen sus raíces en Homero y Virgilio, sobrevivió  a lo largo de la Edad Media bajo la forma de cantares de gesta escritos e interpretados por trovadores del sur de Francia y de oros países mediterráneos. Según el patrón del género, estas epopeyas medievales cantaban historias de valerosas hazañas, de batallas de la antigüedad clásica o de las guerras contra los sarracenos. Pero, en el siglo XII, estos relatos de aventuras caballerescas adoptaron un tono diferente, a medida que la idea del amor cortés empezó a sustituir a las gestas militares como tema predominante, y el énfasis se desplazó del heroísmo a las nobles acciones.

Las leyendas artúricas

El punto de partida del ciclo artúrico, aparte de la posible existencia anterior de tradiciones y leyendas célticas, lo constituye una obra en latín de Godofredo de Monmouth, la Historia Regum Britanniae (Historia de los reyes de Bretaña), escrita en 1136 en la que ya aparece Arturo o Artús, rey victorioso, mezcla de héroe de cantar de gesta de Alejandro Magno medieval.

En 1555 el poeta Robert Wace tradujo la obra de Godofredo de Monmouth al francés en pareados octosílabos, traducción conocida con el nombre de Roman de Brut (Novela de Bruto), en la que, como elemento añadido, se hace referencia a la table ronde o “mesa redonda” en que  se sentaban los caballeros de la corte del rey Artús. Aunque disfrazada de historia (el público toma como históricos y no como criaturas de ficción a personajes como Lancelot o Perceval), la traducción de Wace puede ser considerada la más antigua novela artúrica o de la materia de Bretaña.

El rey Arturo (o Artús) aparece en la literatura como el monarca ideal. Sin embargo, se desconoce si el personaje literario corresponde a un personaje histórico real. Si se sabe con certeza que no hubo en Inglaterra ningún rey con ese nombre, por lo que todo parece indicar que la historia procede de la mitología celta o que se ha construido a partir de la vida de algún caudillo guerrero bretón.

El tema central de las obras del ciclo artúrico es la búsqueda del Saint Graal (o Santo Grial), el cáliz en el que se suponía que había bebido Cristo en la última cena y al que se atribuían poderes mágicos y curativos. Este cáliz había sido llevado, según la leyenda, a Inglaterra, y el rey Arturo, a instancias del sabio Merlín, habría mandado a sus caballeros a buscarlo.

La leyenda del rey Arturo tiene su punto culminante en el episodio de Excalibur, la milagrosa espada clavada en un yunque. Caballeros de toda Inglaterra intentan infructuosamente arrancar esa espada del yunque, incrustado a su vez en un trozo de mármol. El que lo consiguiese, según la leyenda, unificaría los diferentes reinos de la isla y se convertiría en rey de Inglaterra. El joven Arturo, que aún no es ni siquiera caballero, logra extraerla y es inmediatamente proclamado rey.

En su castillo de Camelot se rodea de los caballeros más valerosos y honrados, entre los que destacan Lanzarote (o Lancelot) y Perceval (o Parsifal). Estos caballeros forman la Orden de la Tabla (o Mesa) Redonda, llamada así por la forma de la mesa en la que se reunían.

Arturo se casa con una hermosa doncella, Ginebra, de la que también se enamora Lanzarote. Enterado  Arturo de sus amores ilegítimos, condena a la hoguera a su esposa. Lanzarote, sin embargo, la salva y huye con ella a Francia. Arturo persigue a los amante y, en su ausencia, su hijo Mordred se apodera del trono. Al regresar padre e hijo se enfrentan; Arturo le atraviesa con su lanza, pero Mordred, antes de morir, hiere a su padre, que muere también.

Como personaje mítico, el rey Arturo ha pasado a la iconografía popular como símbolo de inteligencia, honor y lealtad, y su castillo de Camelot, como un lugar idílico en el que reinan la justicia y la paz.

La culminación del ciclo artúrico es llevada a cabo por  Chrétien de Troyes, un trouvère (trovador) que se inspiró en las leyendas sobre el rey Arturo y los caballeros sobre el rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda. En la época  de Chrétien de Troyes había en Francia dos ámbitos culturales distintos, reconocibles por sus dialectos: la langue d’ oc, en el sur, y la langue d’0ïl, en el norte. Chrétien, como poeta del norte, desvió su atención de los clásicos mediterráneos y los héroes del sur de Francia hacia las leyendas británicas y bretonas de la llamada “materia de Bretaña”.

El caballero del león

Esta novela, que entra en materia sin prólogo ni dedicatoria, se centra en Ivain, un personaje  mencionado marginalmente en la historia de Godofredo de Mommouth (Iwenus) y en Brut de Wave. El elemento maravilloso, presente solo en un episodio del Erec, desempeña en El caballero del león una importante función: la tempestad provocada por el derramamiento de agua sobre una grada, el anillo que hace invisible, el anillo de la fidelidad, el león agradecido, la rara condición de los moradores del castillo de la Pésima aventura, etc. Otros prodigios se interfieren en la acción de la novela, como las raras puertas que dan acceso al castillo de Laudine, ingenio mecánico de los que con tanta frecuencia aparecen en los relatos situados en ambiente bizantino, y las heridas del cadáver que sangran cuando tienen delante el asesino, vieja creencia germánica que se repite en muchas obras literarias, entre ellas el Julio César de Shakespeare y La vida es sueño de Calderón. También es interesante el tema de la locura de Ivain, que se convertirá en tema casi obligado en novelas y poemas caballerescos, y que es en algunos puntos similar a la de Tristán y que es curada con un ungüento de aquellos en los que todos creían en la Edad Media.

El caballero de la carreta

Lancelot sur une charrette conduite par uson ecuyer, suivi de chevaliers entre dans une ville fortifiee. Miniature tiree du “Roman Lancelot du Lac ou le chevalier a la charette” de 1300 – 1325. ©MI/Leemage

Compuesta al mismo tiempo que El caballero del león, sitúa su acción, como la anterior, en la corte del rey Arturo, con varios de los mismos personajes. Además, en un alarde de novelista, las acciones de El caballero de la carreta transcurre en los mismos días y de forma imbricada con las acciones de El caballero del león. Así, cuando en El caballero del león una doncella llega a ala corte y pregunta por Gauain, le dicen que ha partido en persecución de un caballero que ha raptado a la reina, hecho que ocurre y persecución que se inicia al comienzo de El caballero de la carreta; lo mismo le pasa, días después, a un caballero que también va en busca de Gauvain; y finalmente se dice más adelante que Gauvain ya ha regresado con la reina libertada y que Lancelot está encerrado en una torre, episodio que se lee ya muy avanzado El caballero de la carreta. El dominio en el narrar y la perfecta estructura de los diferentes episodios de un relato se hacen bien patentes en estas auténticas filigranas de novelista que sabe, además, cuán atractivo resulta al lector encontrarse de nuevo con personajes y trances conocidos.

La fee Viviane (dame du Lac) et la reine Guenievre. Miniature tiree du manuscrit “Le Chevalier de la charrette” (Lancelot) de Chretien de Troyes (1170) Fol. 229v. ©Aisa/Leemage

Pero Chrétien de Troyes se puso a trabajar en El caballero de la carreta a desgana y obligado por un compromiso cortesano. Afirma al iniciarlo que su señora, la condesa de Champaña, le ha ordenado que escriba esta obra y le ha dado su san y su maitière, términos que se refieren a la tesis y al argumento respectivamente. Chrétien, ferviente defensor del vínculo matrimonial, de lo que son buen ejemplo las parejas Erec-Enide e Ivain-Laudine, que había luchado con todas sus fuerzas contra el Tristán, en el que se mancilla el sacramento, ahora se ve obligado por su señora nada menos que a escribir una novela cuyo asunto principal son los amores de un caballero con la esposa del rey Arturo, y, por tanto, su tesis es la defensa cortés del adulterio.

Chrétien, haciendo de tripas corazón, se puso a escribir la novela, pero cuando había alcanzado  los seis mil versos no pudo seguir adelante, y, como confiesa él mismo, traspasó la tarea a un amigo o discípulo suyo, un tal Godefroi de Lagny, quien dio término al libro sin duda siguiendo sus instrucciones, pero con franca inferioridad en cuanto a la redacción y la elegancia del estilo. Este hecho, revelador del sentido moral que Chrétien quería infundir a su obra, manifiesta también que era considerado un gran novelista y capaz de desenvolverse con una tesis y un tema impuestos.

El protagonista de El caballero de la carreta es Lancelot (Lanzarote), enamorado de la reina, esposa de Arturo, la cual lo desdeña y lo somete a las más crueles y degradantes pruebas  por haber vacilado breves instantes antes de correr en su auxilio al ser raptada por un caballero desconocido. Lancelot va en demanda de la prisionera en una humillante carreta de las que se empleaban para llevar a los reos al patíbulo, tema que todavía halla un lejano eco en el final de la primera parte del Quijote. Lancelot, que alcanzará el amor físico de la reina, realizar toda suerte de proezas en un reino misteriosos y poblado de maravillas, y se cubre de gloria, anónimamente, en un brillantísimo torneo.

Lancelot del Lac, a quien espera imperecedera gloria en la literatura, es un caballero comparsa tanto en el Erec; donde es mencionada por vez primera, como en el Cligés, y nada podía hacer prever que se convertiría en el amante de la reina Ginebra. Tanto es así que existe una novela de aventuras en medio alto alemán, escrita hacia el año 1200 el Lanzelet del suizo Ulrich von Zatzikhoven, que se supone que deriva de un original anglonormando perdido, que tiene por protagonista a nuestro personaje, y en él no se hace la menor alusión a sus amores con la reina ni al rapto de esta. La idea, pues, de hacer a Lancelot y a la reina amantes parece proceder de María de Champaña; y ello debería de ser tan sorprendente e inesperado para los conocedores de la materia de Bretaña, que Chrétien, con su gran experiencia de novelista y su dominio de la atención del lector, hace que su protagonista permanezca en el anónimo, designado únicamente “el caballero de la carreta”, para intrigar y mantener en suspenso su identidad, hasta que en la mitad de la novela, descubre que se trata de Lancelot. Si el público hubiese tenido idea de que Lancelot estaba enamorado de la reina esta precaución en busca de la sorpresa carecería de sentido.

Es posible que la idea del rapto de la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, constituya un episodio legendario antiguo, ya que en cierta Vita Gildae, atribuida a Caradoc de Llancarfan, ya conocida en 1164, se narra que el rey Melvas de Somerset raptó a Ginebra, esposa de Arturo, y este lo sitió con gran hueste, hasta que el raptor la devolvió a su marido. El nombre de este rey Melvas tiene cierto parecido con el de Meleagant, el raptor de la reina en El caballero de la carreta. Cabe la posibilidad de que María de Champaña conociera esta tradición y la quisiera adornar con los amores de la reina y Lancelot, y esta fuera la “materia” que ordenó a Chrétien de Troyes que desarrollara en su novela, cuyo san o tesis, consistiría en una justificación y defensa del amor cortés.

Chrétien de Troyes narra las fabulosas y sorprendentes aventuras de El caballero de la carreta, llena de misterio y de sobrenaturalidad, con una vaguedad consciente y ausencia de trazos firmes en las figuras y en los hechos, lo que da como resultado la eficaz creaci´n de un ambiente de lejanía y de ensueño, de fábula y trasmundo, que acrecientan la turbadora emotividad y hacen inaprehensible lo directo y concreto. El caballero de la carreta es una especie de ensueño sentimental y caballeresco que se desarrolla en un país mítico e irreal. Chrétien de Troyes intensifica esa sensación y aumenta en algunos  episodios la vaguedad del relato al no dar nombres a personajes secundarios, sobre todo a las numerosas doncellas que se interfieren en la acción, lo que desorienta a un lector poco atento.

 

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