Ibn Zaydum (1003-1070)

 

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Fue ministro de varios príncipes, entre ellos Al Mutamid. Estuvo aposentado en Sevilla y cantó a su Córdoba natal; su poesía es humana, pero sobre todo fue el poeta del amor: célebres fueron sus relaciones con la princesa Wallada,  rivalizando con Ibn Abdus, ministro en Córdoba. Ibn Zaydun compuso contra este poemas amenazantes y lo ridiculizó, valiéndole ello la prisión y el exilio. Durante su cautividad y su alejamiento envió a su bien amada y a sus amigos excelentes poemas.

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Apenas se conocen datos sobre su vida hasta que conoció a la atractiva princesa y poetisa Wallada, encuentro trascendental, pues de él arranca la revitalización de la poesía amorosa árabe, que adquiere un tono un tono personal inusitado hasta su obra. Hasta entonces el tratamiento del amor en la poesía árabe estaba determinado por la reelaboración de tópicos basados en una reflexión sobre el aspecto espiritual de la relación amorosa que evitaba tratar el amor carnal, y que es conocido como “amor udrí” (amor cortés). Tras su obra, se reúnen los conceptos del amor platónico con la descripción de experiencias físicas de un modo natural.

Recorrió distintas cortes (Sevilla, Badajoz, Valencia), para instalarse por último en 1049 en la corte de  Al Mutanid como secretario, cargo que desempeñará hasta su muerte ya con Al Mutamid como rey. En este periodo escribirá poesía áulica (cortesana) al servicio de sus nuevos protectores, los abbadíes sevillanos, renovando el panegírico, sobre todo en los destinados al joven príncipe y poeta, Al Mutamid, por quien sentía un cariñoso afecto y respeto a su calidad como lírico.

Ibn Zaydum representa en el Al-Andalus al poeta del amor entendido como servicio incondicional a una mujer, sin esperar recompensa alguna de su amada.

¡Ay de aquella gacela joven!
A quien pedí el licor
y me dio generosa
el licor y la rosa.

Así pasé la noche,
bebiendo el licor de su saliva,
y tomando las rosas de sus mejillas.

En sus poemas habla de la esclavitud amorosa y de la religión del amor, conceptos que más tarde se reflejarán en la poesía provenzal y en el amor cortés.

Te bastará saber que si cargaste mi corazón
con lo que ningún otro puede soportar,
yo puedo.
Sé altanera, yo aguanto
remisa, soy paciente,
orgullosa, soy humilde.

Retírate, que yo te sigo
habla, que yo te escucho,
manda, que te obedezco.

Su amor por una poetisa, la princesa Walada, una mujer muy moderna para su época (se negó a llevar velo desde la muerte de su padre, y en su casa recibía a poetas, músicos y amantes) llenó los versos de Ibn Zaydum, primero con su pasión, y luego con su desdén.

Desde tu marcha mi sola creencia es serte fiel
y nunca he profesado más religión que tú.

Cuando mis pensamientos te susurran,
casi me muero de dolor, pero lo acepto.

¡Qué importa si no soy su igual en la nobleza
cuando en el amor no hay más que iguales!

Aunque por amor se inclinara hacia mí
desde su trono excelso
la luna de la noche oscura, nadie, excepto tú,
podría seducirme.

¡La paz sea contigo! mientras dure este amor
que nosotros ocultamos y que él nos revela.

Esta forma de cantar al amor como un todo unitario que fusiona espiritualidad y sensualidad era tradicional en la poesía árabe; sin embargo, la lírica cristiana separaba ambos conceptos, de modo que habrá que esperar varios siglos para ver reflejado este tipo de amor en la lírica occidental.

Esto nos explica la frescura que percibimos en los versos de los poetas andalusíes del siglo XI, cuyas voces nos recuerdan a poetas como Federico García Lorca o Pablo Neruda:

Si fueras por tu edad
compañera de la luna nueva,
aún serías más bella que la luna llena.

¡La que hace tan penoso mi destino!
Tan próxima en el espacio
y tan distante en la posesión.

Los clamores de mi amor me hacen llegar
a extremos nunca sospechados.

Di al amor que galope a rienda suelta,
pues el campo de mi corazón es amplio y basto.