Anna Comnena (1083-1153)

Anna Comneno (o Comnena) fue una princesa bizantina de gran cultura, hija del emperador Alexis I Comneno y de la emperatriz Irene Ducas. La joven princesa recibió una esmerada educación que la convirtió en una erudita en literatura bizantina, historia, geografía, mitología e incluso filosofía.

Alexis I

Cuando contaba solo con 14 años se casó con Nicéforo Brienio, hijo de un antiguo pretendiente al trono imperial. Todo indicaba que a la muerte de su padre, el esposo de Anna se convertiría en el nuevo emperador, ya que Alexis I no tenía hijos varones, pero entonces nació Juan y este heredó la corona. Anna no dudó en conspirar junto a su esposo para conseguir que su hermano no accediese al trono, pero en el último momento Nicéforo se negó a seguir colaborando con ella. Anna se sintió muy enfadada y decepcionada y dijo: “La Naturaleza se ha equivocado en los sexos, ya que él debería haber sido una mujer“. El complot se descubrió y la princesa fue  condenada a renunciar a sus propiedades y retirarse al monasterio de Kecharitomenene (Lleno de Gracia), junto con su madre y su hermana Eudoxia. Curiosamente, su esposo permaneció en palacio y se convirtió en un fiel consejero de Juan II.

En su tiempo de exilio la princesa Anna continuó sus estudios de historia y filosofía. Al parecer, Nicéforo había iniciado un ensayo denominado Material para la historia. A la muerte de este, en 1137, y cuando la escritora contaba con 55 años, decidió acabar el trabajo de su marido, denominándolo La Alexiada, la historia de la vida y reinado de su padre, Alexis I. A lo largo de 15 tomos, Anna describió más de treinta años de la historia de Bizancio y de su relación con Occidente.

El periodo que abarca La Alexiada (1081-1118) engloba el paso de los primeros cruzados por Bizancio hacia Tierra Santa. La princesa Anna era una niña cuando empezaron a llegar los primeros caballeros y peregrinos con la intención de recuperar los Santos Lugares, por ello su versión de la historia es bastante sesgada ya que no podía recordar estos hechos como testigo. Comete, en este sentido incorrecciones, atribuyendo, por ejemplo, el origen de las Cruzadas a Pedro el Ermitaño y quitándole todo protagonismo al papa Urbano II. A pesar de todo esto, su descripción de la Primera Cruzada tiene gran valor para la historia porque es la única que recoge el punto de vista de figuras clave de la nobleza griega lo que nos permite observar este hecho histórico desde una perspectiva bizantina. Por otra parte, su neutralidad como historiadora queda comprometida porque su interés al relatar la historia de su padre es alabar su reinado y denigrar a su sucesor.

Su obra está influenciada por los historiadores griegos Jenofonte, Tucídides y Polibio y, siguiendo a estos autores, su estilo está influido por el aticismo (un modelo retórico basado en la corrección, la sencillez y la elegancia).

Parece ser que Anna murió cinco años después de terminar La Alexiada, dejándonos su visión personal de un momento fascinante de la historia: el comienzo de las Cruzadas.

UN FRAGMENTO DE LA ALEXIADA

En este fragmento Anna Comnena comenta la increíble paciencia de su padre y su resistencia física y anímica para soportar las exigencias de los cortesanos:

Cuando caía la tarde, después de haber permanecido sin comer durante todo el día, se levantaba del trono para dirigirse a la cámara imperial; pero tampoco en esta ocasión se libraba de la molestia que suponían los celtas. Uno tras otro iban llegando, no sólo aquellos que se habían visto privados de la diaria recepción, sino incluso los que retornaban de nuevo, y mientras exponían tales y cuales peticiones, él permanecía en pie, soportando tan gran charlatanería y rodeado por los celtas. Era digno de verse cómo una y la misma persona expertamente daba réplica a las objeciones de todos. Mas no tenía fin su palabrería impertinente. Cuando alguno de los funcionarios intentaba interrumpirlos, era detenido por el emperador. Pues conociendo el natural irascible de los francos, temía que con un pretexto nimio se encendiera la gran antorcha de una revuelta y se infligiera entonces un grave perjuicio al imperio de los romanos. Realmente, era fenómeno completamente insólito. Como una sólida estatua que estuviera trabajada en bronce o en hierro templado con agua fría, así se mantenía durante toda la noche desde la tarde, frecuentemente hasta la media noche y con frecuencia también hasta el tercer canto del gallo y alguna vez hasta casi el total resplandor de los rayos del sol. Todos, agotados, generalmente se retiraban, descansaban y volvían a presentarse enfadados.  Por ello ninguno de sus asistentes podía soportar tan prolongada situación sin reposo y todos cambiaban de postura alternativamente: el uno se sentaba, el otro doblaba la cabeza para reclinarla en algún lado, otro se apoyaba en la pared, solo el emperador se mantenía firme ante tan grandes fatigas. ¿Qué palabras podrían estar a la altura de aquella resistencia a la fatiga? Las entrevistas eran infinitas, cuando uno cambiaba de lugar era para cederle a otro la oportunidad de parlotear y este mandaba a buscar a otro y, a su vez, este a otro. Y mientras ellos solo debían permanecer en pie durante el momento de la entrevista, el emperador conservaba su postura inmutable hasta el primer o segundo canto del gallo. Y tras descansar un poco, salido de nuevo el sol, se sentaba en el trono y volvía a encajar nuevas fatigas y redobladas contiendas que prolongaban aquellas de la noche.