Cervantes, dramaturgo: los entremeses

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Los Ocho entremeses nuevos nunca representados, que se editan junto a las comedias en 1615, son sin duda lo más interesante del Cervantes dramaturgo. En este sentido, nuestro escritor mostró un gran valor al publicarlos, porque desde el primer cuarto del siglo XVI ningún autor firmó como suyos entremeses hasta que lo hizo Cervantes. Resulta paradójico, por otra parte, que aunque hoy nadie discute la superior calidad de los entremeses cervantinos sobre otros de su época, su autor nunca pudo verlos en escena. Cervantes lo dice bien claro en el título de la edición: Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados, y en la dedicatoria al conde de Lemos puntualiza que “no van manoseados ni han salido al teatro”.

Los entremeses de Cervantes son pequeñas obras de arte que están a la altura de lo mejor de sus comedias. Recordemos que los entremeses  son obras de un solo acto, con carácter humorístico y tema popular, que se representaban en los entreactos de obras más largas.  En sus entremeses, Cervantes continúa con la tradición literaria abierta por Lope de Rueda (a quien admiraba profundamente) en sus pasos.

Los personajes

Los personajes suelen responder al tipo del tramposo, el vividor, la casada infiel o los criados maliciosos, y pueden provenir tanto del ámbito urbano como del rural; sin embargo, los personajes de los entremeses cervantinos tienen un punto de complejidad psicológica que contrasta fuertemente con los tipos planos, definidos por un solo y exagerado rasgo, que encontramos en otros autores de la época. Son seres de carne y hueso, trazados con economía, pero sin acartonamiento.

El estilo

El estilo se basa en un realismo costumbrista que recrea el lenguaje popular, agudizándolo mediante la ironía. Además, los diálogos de los personajes están llenos de viveza, con un marcado uso de las funciones expresiva y apelativa del lenguaje. Es significativa también la introducción de música y baile. Por otra parte, de los ocho entremeses, dos están escritos en verso: La elección de los alcaldes de Daganzo y El rufián viudo. Al utilizarse en ellos el endecasílabo, se produce un contraste cómico entre la sonoridad de este tipo de verso y la vivacidad popular del habla de los personajes.

Los temas

Los temas, enfocados desde una perspectiva caricaturesca, son muy variados. Atendiendo a ellos, la crítica ha clasificado los entremeses en tres grupos:

  • Tema amoroso y matrimonial (El juez de los divorcios, El rufián viudo, El viejo celoso y La cueva de Salamanca). Se plantean diversas vertientes relacionadas con el matrimonio: su naturaleza jurídica y sacramental, el adulterio y la infidelidad…
  • Tema social urbano (El vizcaíno fingido y La guarda cuidadosa). Hay una intención de criticar el deterioro social de la vida urbana, más preocupada por el dinero que por los valores éticos y morales.
  • Tema rural (El retablo de las maravillas y La elección de los alcaldes de Daganzo). Se critican de forma burlesca ciertos ambientes rurales, obsesionados por la condición de cristiano viejo y desdeñosos de toda actividad intelectual

El juez de los divorcios

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Constituido por una sucesión de episodios en los que no hay acción ni desenlace. Lo esencial es la caracterización de los personajes, muy individualizada, que se nos da a través del diálogo. Encontramos tres parejas de malcasados que quieren divorciarse: el Vejete y Mariana, el Soldado pobre y Guiomar y el Cirujano y Aldonza. A ellos se une el Ganapán que no va acompañado de su mujer. Se quejan de la incompatibilidad de sus caracteres, de problemas económicos o de diferencias de edad.

Cervantes aprovecha la presencia de estas figuras más o menos ridículas para hacer una sátira de los personajes populares de Madrid de principios del siglo XVII y de la administración de la justicia; el procurador desea mantener el fuego de la disputa conyugal para asegurarse su porvenir.

El rufián viudo

170975422.jpgEs uno de los entremeses que Cervantes escribió en verso. Al comienzo de la obra vemos a Trampagos llorando la muerte de su amante, la Pericona; le dedica un burlesco panegírico. Es una escena grotesca en la que se muestra la aflicción tan poco sincera del personaje, sazonada por las burlas de su criado Vademecum que intenta consolarle.

En el cuadro siguiente aparecen tres busconas: Repulida, Pizpita y Mostrenca, que aspiran a cubrir la vacante dejada por la difunta, para lo cual exponen sus respectivas habilidades. La pelea entre las tres, con el lenguaje arrabalero que le corresponde, termina con la llegada de Escarramán, personaje quevedesco que se ha convertido ya en mito. Acaba de salir de las galeras y pone fin a la obra bailando su propia jácara, de forma que el mundo del hampa, con sus jaques y sus daifas, pasa a convertirse en materia poética.

El viejo celoso

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Es una dramatización de la novela El celoso extremeño. El viejo Cañizares — en la novela se llamaba Carrizales– está enamorado de su joven esposa Lorenza hasta extremos grotescos. Ha preparado una vida para su esposa en la que no tenga nunca contacto de ningún tipo con otro hombre que no sea él, incluyo llega a suprimir las figuras masculinas de los tapices de su casa. Una vecina entrometida, Hortigosa, hace valer los favores de un protegido suyo y logra una entrevista entre él y Lorenza. El adulterio parece cometerse en las mismas barbas del marido.

En el entremés el dolor del viejo celoso está visto de forma grotesca y burlona, al estilo de Boccaccio; hay aquí una crítica contra los matrimonios desiguales y contra la hipocresía de la sociedad.

La cueva de Salamanca

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La cueva de Salamanca cuenta la historia de un conato de adulterio, frustrado por el regreso imprevisto de la víctima. Leonarda y Cristina, señora y criada, acogen al sacristán y al barbero en ausencia del marido de la primera; antes de que Pancracio se fuera, Leonarda ha sabido fingir taimadamente el dolor por su marcha. Un estudiante, Carraolano, que ha llegado pidiendo alojamiento, sacará a todos del apuro al llegar el dueño de la casa, conjurando a los dos amantes como si fueran diablos con forma humana.

Cervantes nos presenta a un marido burlado y contento, a cuyo engaño asiste regocijado el espectador, liberado momentáneamente del código moral. Es una “farsa en prosa, solo comparable a determinadas obras de Molière”, dirá el crítico Valbuena.

El diálogo es muy animado y los tipos están muy bien tratados. Destaca el estudiante, hábil en astucias, que es un personaje sumamente teatral. El barbero y el sacristán también interpretan a las mil maravillas el improvisado papel de diablos. Termina regocijadamente la pieza con el baile que es de rigor.

El vizcaíno fingido

Es un entremés de acción que ha sido muy elogiado por la crítica; no hay que negar que la pieza resulta divertida. Gira en torno a un tema picaresco: un vividor, Solorzano, con la colaboración de su amigo Quiñones y de dos collares falsos, urde una burla a una dama que pasa por ser de alta calidad, pero que encubre una dudosa reputación. Para llevar a cabo su plan, Quiñones se hace pasar por vizcaíno, lo que da lugar a divertidos juegos con la extraña jerga que la literatura de la época emplea para caracterizar a estos personajes y sus dificultades con la gramática castellana. En la época este personaje debía de resultar muy divertido ya que el público solía aceptar con gran diversión la parodia burlesca de los defectos lingüísticos de vizcaínos, negros y portugueses.

Aunque el entremés es puramente festivo, se desliza una crítica contra la justicia en la persona de un alguacil que admite sobornos.

En este vídeo  la compañía Corrales de Comedias Teatro pone en escena tres entremeses: La cueva de Salamanca, El vizcaíno fingido y El rufián viudo llamado Trampagos; recuperando algunos de los textos menos conocidos de Cervantes:

La guarda cuidadosa

Enfrenta las figuras de un soldado y un sacristán por el amor de la fregona Cristina. Toda la pieza gira en torno a la contraposición de estos dos tipos: el miles gloriosus, pagado de sí mismo, pero andrajoso y fuera de lugar en la nueva sociedad y el hombre de iglesia, “cauteloso y almibarado, concebido con evidente ironía”. Ambos están espléndidamente trazados.

El soldado, apostado a la puerta de su amada, impide el paso a todos los que, por una razón u otra, han de ir a la casa, incluso al propio dueño. Pero al final la fregona elige al sacristán que, sin duda, le ofrece mayor seguridad económica.

El retablo de las maravillas

Es, muy posiblemente, el mejor de los entremeses cervantinos. El tema coincide con el enxiemplo XXXII de don Juan Manuel: “De lo que contesció a un rey con los burladores que fizieron el paño”; también coincide con la historia XXVII del Till Eulenspiegel y con el cuento El buen aviso de Timoneda.

En los cuatro casos se trata de un objeto –traje, pintura o retablo– que solo puede ser percibido, al decir del pícaro de turno, por los hijos legítimos. En el entremés de Cervantes se requiere además otro requisito para poder verlo: la limpieza de sangre. La burla no puede ser más divertida porque cada espectador, aunque naturalmente no ve nada –porque nada hay–,  finge asistir a la más maravillosa de las visiones, con tal de que los demás lo tomen por cristiano viejo y bien nacido.

Las repercusiones sociales que la pieza de Cervantes añade a la graciosísima anécdota tradicional son bien conocidas. De nuevo, asistimos a la burla –hecha quizá por un converso– de los villanos y su prurito de limpieza de sangre.

Los dueños del retablo maravilloso fabricado por el sabio Tontonelo, que tan bien saben aprovecharse de las taras sociales, que son Chanfalla y la Chirinos. Han descubierto lo fácil que es embaucar al prójimo y de eso viven. Chanfalla, que tiene una tablas y un desparpajo increíbles, van sugiriendo al público lo que “debe” ser. Hasta tal punto llega la obsesión de todos que hay un momento en que parece que han llegado a creer que realmente ven el espectáculo.

La llegada del furrier, que no sabe de qué va la cosa y, por tanto, es el único que confiesa no ver nada, provocará la burla de los “espectadores” que compadecen su mísera condición. Termina la pieza con una reyerta colosal entre el furrier y los aldeanos. Chanfalla y Chirinos los abandonan a su suerte y se van a otro pueblo, seguros de que se repetirá la misma experiencia.

Cervantes no ha querido estropear el efecto sarcástico de la obra con el habitual canto y baile final que diluye todos los conflictos. Aquí se termina a palos.

La comicidad de la historia se refuerza con la caracterización grotesca y ridícula de los personajes.  Los nombres que les da Cervantes son ya elocuentes de por sí: Juan Castrado y Juana Castrada –el regidor y la regidora–, Benito Repollo y Teresa Repolla –alcalde y alcaldesa–… La jerga con que los adorna, al estilo palurdo, es otro de los alicientes. No falta el listo de turno, el escribano Pedro Capacho, que siempre pretende enmendar los yerros  del lenguaje de los demás. La obra en su conjunto es una pequeña pieza maestra.

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Hace 50 años, RTVE en el espacio Teatro de Siempre recreó cuatro entremeses de Cervantes, dirigidos por Marcos Reyes y protagonizados por Arturo López, Fernando Martín, Pascual Martín, María Luisa Ponte, Valeriano Andrés, Sancho Gracia, Carmen Bernardos, José María Escuer y Alicia Hermida. Los entremeses que podéis ver son La guarda cuidadosa, El retablo de las maravillas, El juez de los divorcios y La cueva de Salamanca:

La elección de los alcaldes de Daganzo

descarga.jpgSe trata de uno de los entremeses escritos en verso blanco. En él se traza un cuadro aldeano, sin apenas acción, basado en los diálogos caricaturescos de los personajes.

Vemos a tres aspirantes a la alcaldía, cuyas presuntas cualidades nada tienen que ver con el puesto que pretenden.  Humillos alardea de no saber leer ni escribir que son cosas “que llevan a los hombres al brasero / y a las mujeres a la casa llana”; es decir, a la hoguera y al prostíbulo, respectivamente; eso sí, se ha aprendido de memoria “todas cuatro oraciones”. Jarrete es cristiano viejo; sabe arar, tirar con arco y herrar novillos. Berrocal tiene como única cualidad ser un magnífico catador de vinos. Todos ellos esgrimen como argumento esencial su limpieza de sangre; no es difícil advertir aquí la burla del autor.

En contraposición, Pedro Rana propone un programa basado en la justicia y en la comprensión; es rechazado por utópico e irrealizable. Mientras habla este personaje cambia por completo el tono de la pieza.

Como es habitual en los entremeses, irrumpen los músicos y se olvidan los conflictos. Los cantos y bailes de los gitanos parecen poner fin a la elección; pero no es así. Llega el sacristán a proponer su candidatura y es manteado por meterse en asuntos que no le competen. Asistimos a una evidente sátira contra la intromisión del clero en las cuestiones civiles: “¿Has tú de gobernar a la república / Métete en tus campanas y en tu oficio…”

Como apunta Valbuena Prat, “en lo exterior apenas hay avance sobre la técnica del paso de Lope de Rueda; pero Cervantes asoma su intención, su ironía, su crítica y su noble alma a cualquiera de los detalles de este sencillo entremés”.

Este es el vídeo de presentación de una versión actualizada de La elección de los alcaldes de Daganzo realizada por Teatro Kumato:

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