La prosa didáctica renacentista: los diálogos

El diálogo es un género típicamente renacentista, vinculado a la difusión de la ideología erasmista, que abogaba por una literatura verosímil cuya finalidad era educar.

Es el modelo formal más empleado en la prosa didáctica de este periodo. Los autores más relevantes fueron los hermanos Valdés.

Alfonso de Valdés

Alfonso_de_valdes.jpgAgudo y mordaz, tuvo una gran influencia en la corte como erasmista y como jefe de un grupo intelectual y religioso. Gran admirador del emperador Carlos V, de quien fue secretario, y de Erasmo, con quien mantuvo una estrecha amistad epistolar.

Toda la obra de Valdés está íntimamente vinculada con los dos ejes fundamentales de su vida: la reforma erasmista y su actuación personal al servicio del Emperador, cuya política trata siempre de justificar y defender.

La forma elegida para la expresión de sus ideas es el diálogo, que el Renacimiento toma de la tradición clásica. Esta técnica, además de hacer más amenas las cuestiones excesivamente áridas, le permite contrastar pareceres para resaltar así el criterio que él cree más acertado. Alfonso de Valdés logra aprovechar todas las posibilidades del recurso y nos deja dos obras de extraordinario interés: Diálogo de las cosas ocurridas en Roma y Diálogo de Mercurio y Carón.

Diálogo de las cosas ocurridas en Roma

854_dialogo_de_las_cosas_acaecidas_en_roma_-_alfonso_de_valdes_thb.jpgEsta obra se llama también Diálogo de Lactancio y un Arcediano en atención a lo interlocutores que intervienen en él. Lactancio, personaje en quien Valdés vierte sus ideas personales, es un joven cortesano que encuentra en la plaza de Valladolid a un individuo extrañamente disfrazado. Resulta ser el Arcediano del Viso, su mejor amigo en Roma. El disfraz se debe a que ha estado presente en el saco de la ciudad y se ha visto obligado a huir, ocultando su condición de eclesiástico.

El saco (o saqueo) de Roma tuvo lugar el 6 de mayo de 1527 por tropas alemanas y españolas de Carlos I y señaló una victoria imperial crucial en el conflicto entre el Sacro Imperio Romano Germánico, encarnado en el Emperador Carlos, y la Liga de Cognac (la alianza del Papado, Francia, Milán, Venecia y Florencia).
El Papa Clemente VII había dado su apoyo a Francia en un intento por alterar la “dominación imperial” del Sacro Imperio Germánico. El ejército del emperador derrotó al ejército francés en Italia, pero no hubo fondos disponibles para pagar a los soldados, quienes se amotinaron y forzaron a su comandante, Carlos III, duque de Borbón y condestable de Francia, a dirigirlos hacia Roma. Durante el asalto el duque de Borbón fue mortalmente herido y esto provocó que las tropas imperiales perdieran el control: se tomó la ciudad ese mismo día, se masacró a los defensores y se comenzó el pillaje. El saqueo concluyó cuando el Papa Clemente se rindió y acordó pagar 400.000 ducados a cambio de su vida. Carlos I estuvo muy disgustado por el hecho y llegó a pedir disculpas formales al derrotado Papa; de hecho se vistió de luto durante un buen tiempo en recuerdo de las víctimas.

 

Naturalmente, la situación da pie a que se establezca una lucha dialéctica entre dos puntos de vista muy distintos: el del Arcediano, que ha sido víctima y testigo del atropello llevado a cabo por las tropas del Emperador; y el del cortesano, adicto a su monarca.

El Arcediano se explaya a sus anchas en contra del Emperador y de los recientes sucesos. Después toma la palabra Lactancio para rebatir todos sus argumentos, basándose en dos premisas fundamentales: que el Emperador no tiene ninguna culpa del saco y que lo ocurrido ha sido expresión directa de la voluntad de Dios que ha querido castigar a su Iglesia porque se ha apartado en exceso del camino señalado por Jesucristo. Se trata de un castigo ejemplar que llama a la reforma.

A tenor de la discusión van saliendo a la luz todas las ideas erasmistas del autor. El verdadero culpable es el Papa que, siendo cabeza visible de la Iglesia, se enzarza en terribles  guerras destinadas a aumentar los bienes temporales. Valdés toma del Querela pacis erasmista la implacable condena de un Papa guerrero.

Lactancio profundiza en la política de Europa con el fin de defender la persona del Emperador de los ataques de que ha sido objeto por parte de toda la cristiandad al recibir la noticia del saco. Demuestra a su interlocutor que ha sido el Papa el que ha dado pie a la desgracia violando una tregua que había firmado. Por otra parte, las topas imperiales han actuado a impulsos de sentimientos personales de odio al Papa y no obedeciendo órdenes de Carlos V. La muerte del duque de Borbón, el único capaz de contenerlos, parece obra de designio divino.

El Arcediano no tiene más remedio que dar su brazo a torcer y reconocer que el Emperador no es culpable y que Roma merece el castigo que ha sufrido. Esta parte del diálogo es la más específicamente erasmista. Se critican todos los vicios de la Iglesia, especialmente el afán lucrativo.

Valdés no trata en ningún momento de desmentir los hechos. En el Diálogo se da cuenta pormenorizada de todos los atropellos y profanaciones. Todo conduce a la misma conclusión: un castigo divino.

Diálogo de Mercurio y Carón

mercurio y caron.jpgLa obra consta de dos partes que presentan ciertas diferencias entre sí. Todo parece indicar que la primera de ellas fue concebida como obra completa en sí misma, ya que el prólogo, que anuncia el deseo de manifestar la justicia de Carlos V frente a los reyes de Francia e Inglaterra, solo puede aplicarse a la primera parte.

Utilizando la técnica del diálogo lucianesco, Valdés hace desfilar por la barca de Carón a los más diversos estamentos sociales, de forma que la sátira se amplia notablemente con respecto al Diálogo de Lactancio y un Arcediano.

Mezcla de nuevo el autor los mismos temas de su obra anterior: la defensa del Emperador y la doctrina erasmista. Mercurio, que está enterado de los últimos acontecimientos, informa detalladamente a Carón, que es el encargado de transportar las almas a su último destino. Su diálogo se ve interrumpido por las almas que tienen que ir al infierno; de esta forma engarza muchos núcleos temáticos.

Se nos da cumplida cuenta de la polémica entre Carlos V y los reyes de Francia e Inglaterra, cuya culpa demuestra con vivos argumentos. Una vez más el Emperador resulta absuelto de toda responsabilidad en las luchas que ensangrientan Europa. Para explicar los hechos Valdés se sirve de documentos oficiales que él mismo había redactado en su calidad de secretario de cartas latinas del Emperador.

La presencia de las almas condenadas da una nueva dimensión moral al diálogo, al tiempo que lo libera de la monotonía. A través de ellas se demuestra la opinión que Mercurio sostiene al principio de que los cristianos viven de espaldas a Cristo, dedicados a prácticas hipócritas y superficiales y olvidando la verdadera esencia del cristianismo.

La segunda parte presenta un cambio radical del panorama. Carón ya no transporta almas al infierno sino que se dedica a asaltar a los que van al cielo. Se trasluce un auténtico optimismo religioso a través de personajes como el buen rey, el buen obispo, el buen predicador, el buen cardenal, el buen fraile y la buena casada.

Igual que en la primera parte, las reflexiones morales se mezclan con el relato de la controversia entre Carlos V y Francisco I de Francia.

Juan de Valdés

Hermano de Alfonso, su formación se desarrolla bajo la dirección del iluminado Pedro Ruiz de Alcaraz en el castillo de Escalona  (Toledo), donde sirve al marqués de Villena. Parece ser que es allí donde surgen sus inclinaciones mística. En torno a los veinticinco años va a la universidad de Alcalá donde aprende griego y se interesa por la lectura del Nuevo Testamento.

A partir de la publicación del Diálogo de la doctrina cristiana, en 1529, tiene problemas con la Inquisición y se marcha a Italia, de donde nunca regresará. En su estancia en Nápoles se rodea de la alta nobleza en el círculo aristócrata de Julia Gonzaga, de quien era consejero y amigo, y se aproxima a una religiosidad de índole iluminista. Para esta selecta minoría, a la que sirve de guía espiritual, escribe algunas obras y traduce textos bíblicos. Circulan en copias manuscritas por su carácter privado y ese es el motivo por el que se han perdido en su mayor parte.

Diálogo de la lengua

6113.jpgEn el Diálogo de la Lengua expone la preocupación lingüística que ya había aparecido desde Antonio de Nebrija. En esta obra aparece la peculiaridad del Renacimiento español, que acoge junto a la herencia hispana la admiración por Erasmo.

La obra, que se publicó por primera vez en el siglo XVIII, consta de ocho partes en las que trata, de manera sucesiva, el origen de la lengua, la gramática, la ortografía, las sílabas, el léxico, el estilo, los libros y la conformidad de las lenguas.

Su ideología erasmista queda reflejada en la afirmación de que ninguna lengua es bárbara si es cultivada con elocuencia y valor particular. Además de la vinculación con Erasmo queda clara su adhesión al mundo italiano renacentista, pues la idea de escribir como se habla había sido defendida por Baltasar de Castiglione en El cortesano.

El estilo de Valdés huye de lo rebuscado y lo ambicioso. Su máxima es “escribo como hablo”. Lo importante para él es el uso de las palabras y la suprema máxima lingüística es la selección, la naturalidad y la llaneza.

“Todo el bien hablar castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudierais, de tal manera que, explicando bien el concepto de vuestro ánimo, y dando a entender lo que queréis decir, de las palabras que pusiérais en una cláusula o razón, no se pueda quitar ninguna sin ofender la la sentencia de ella, al encarecimiento, o a la elegancia.”

 

VALDÉS. ¿Qué es lo que queréis?
MARCIO. Que nos digáis lo que observáis y guardáis acerca del escribir y hablar en vuestro romance castellano en cuanto al estilo.
VALDÉS. Para deciros la verdad, muy pocas cosas observo, porque el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo, solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y lo digo cuanto más llanamente me es posible, porque a mi parecer en ninguna lengua está bien la afectación. En cuanto a hacer diferencia en el alzar o abajar el estilo, según lo que escribo, o a quien escribo, guardo lo mismo que guardáis vosotros en el latín.

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