La prosa narrativa renacentista: los libros de pastores

Thomas Cole - Dream of ArcadiaEste tipo de novelas alcanzó su momento de esplendor en la segunda mitad del siglo XVI, aunque no llegaron a ser tan populares como las de caballerías.

Aunque la fuente más importante de la novela pastoril renacentista fue la Arcadia, del escritor italiano Iacopo Sannazzaro (1456-1530), sus orígenes se encuentran en los narradores griegos Teócrito y Longo, y en el poeta latino Virgilio.

Virgilio había imaginado un espacio ideal llamado Arcadia. En este espacio sin tiempo ni lugar, en el que el ocio se oponía al negocio ciudadano, el ser humano aspira a ser pastor para lograr la meditación interior. El río, el árbol, el valle son naturaleza a la que el pastor puede dirigirse mediante el diálogo.

El hombre renacentista sabe que esa Arcadia no existe, pero es un ideal que implica un movimiento interior que le lleva al diálogo consigo mismo y con los demás.

Pueden también rastrearse ciertos elementos pastoriles en algunas novelas de caballerías, al final de Los amores de Clareo y Florisea, así como en las églogas dramáticas de Juan del Encina y en las églogas líricas de Garcilaso de la Vega.

La novela pastoril renacentista relaciona el ambiente bucólico con el cortesano; esa mezcla permitió, en su época, una lectura en clave en la que se transmitían alusiones a personas y sucesos reales, que actualmente se nos escapan.

guercinoEl hilo conductor de la novela pastoril se construye también mediante el viaje: los personajes caminan buscando su felicidad. En la historia se distinguen dos tipos de acciones: una presente, lenta, y otras en pasado, que son las constituidas por los relatos de los pastores. Durante el viaje se suman historias de problemas amorosos de otros personajes, que se comunican y comparten.

Los protagonistas de la novela pastoril son pastores idealizados que se comportan y hablan como cortesanos y se caracterizan por su castidad. En este tipo de novelas, los personajes femeninos adquieren protagonismo.

El espacio donde habitan y dialogan los pastores representa el mundo ideal al que se aspira como evasión de la realidad. Constituye un espacio bucólico: arcádico, compuesto por los elementos naturales propios de locus amoenus: árboles, fuentes, valles umbrosos, verdes prados, arroyuelos, ovejas…

La novela pastoril coincide con la novela de aventuras en el comienzo in medias res y en la interpolación de historias intercaladas.

El Juicio de ParisEn estas novelas, el diálogo adquiere gran importancia y el papel del narrador queda restringido: se limita a ceder la palabra a los personajes, a iniciar y concluir escenas o a realizar breves descripciones, y no intercala digresiones. De este modo, casi toda la historia es transmitida por las intervenciones de los personajes, por lo que el discurso es básicamente dramático.

Este diálogo se interrumpe por medio de dos procedimientos:

  • Cartas. El intercambio de cartas figura en todas las historias, pero, a diferencia de la novela sentimental, no son el elemento constructivo básico.
  • Poemas. A veces funcionan como nudos del relato: cuentan sucesos necesarios para entender la historia; otras son solo descansos en la narración.

En España, este tipo de novelas se inaugura en 1559 con Los siete libros de Diana, obra de Jorge de Montemayor, que se convirtió en un modelo. La obra combina elementos de la narrativa, la lírica y el drama en una estructura en prosa con intercalación de verso. La obra resalta el papel que desempeña el amor en el destino de la persona y la dignidad del enamorado que lo sufre.  La Diana de Montemayor sigue la antigua tradición de presentar su novela como una historia verdadera. Así lo afirma en el “Argumento de este libro”, que incluye al principio de la obra:

Y de aquí comienza el primero libro, y en los demás hallarán muy diversas historias, de casos que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazados debajo de nombres y estilo pastoril

Esta novela tuvo veinte ediciones en treinta años y pronto se tradujo al francés y al inglés.

Aquí tienes un fragmento del libro I de Los siete libros de Diana de Jorge de Montemayor:

No mucho después de que los pastores dieron fin al triste canto, vieron salir dentre el arboleda, que junto al río estaba, una pastora tañendo con una zampoña, y cantando con tanta gracia y suavidad como tristeza; la cual encubría gran parte de su hermosura, que no era poca. Y preguntando Sireno, como quien había mucho que no repastaba en aquel valle, quién fuese, Sylvano le respondió:
— Esta es una hermosa pastora que de pocos días acá apacienta por estos prados, muy quejosa de amor, y según dicen con mucha razón, aunque otros quieren decir que ha mucho tiempo que se burla con el desengaño
—¿Por ventura—dijo Sireno—, está en su mano el desengañarse?
—Sí—respondió Sylvano—, porque no puedo yo creer que haya mujer en la vida que tanto quiera, que la fuerza del amor le estorbe entender si es querida o no.
—De contraria opinión soy yo.
—¿De contraria? —dijo Sylvano—. Pues no te irás alabando, que bien caro te cuesta haberte fiado en las palabras de Diana, pero no te doy culpa, que así como no hay quien venza su hermosura, así no habrá a quien sus palabras no engañen.
—¿Cómo puedes tú saber eso, pues ella jamás te engañó con palabras ni con obras?
—Verdad es— dijo Sylvano— que siempre fui de ella desengañado, mas yo osaría jurar, por lo que después ha sucedido, jamás me desengañó a mí sino por engañarte a ti. Pero dejemos esto, y oigamos a esta pastora que es gran amiga de Diana, y según lo que de su gracia y discreción me dicen, bien merece ser oída.
A este tiempo llegaba la hermosa pastora junto a la fuente cantando este soneto:
Ya he visto yo a mis ojos más contento,
ya he visto más alegre el alma mía,
triste de la que enfada, do algún día
con su vista causó contentamiento.
Mas como esta fortuna en un momento
os corta la raíz del alegría:
lo mismo que hay de un es a un ser solía
hay de un gran placer a un gran tormento.
Tomaos allá con tiempos, con mudanzas,
tomaos con movimientos desvariados,
veréis el corazón cuán libre os queda.
Entonces me fiaré yo en esperanzas,
cuando los casos sean sojuzgados,
y echado un clavo al eje de la rueda.