El estilo del Lazarillo

EL ESTILO DE LA OBRA

Conviene advertir la diferencia notable del lenguaje de esta obra con respecto a las narraciones habituales de la época. Si en los relatos sentimentales, pastoriles o caballerescos la norma es el estilo elevado con el uso de un lenguaje refinado alejado de la norma habitual, la lengua del Lazarillo es llana, espontánea y carente de artificiosidad, lo que es coherente con la traza realista de la novela.

La verosimilitud y el decoro poético obligan a emplear un estilo humilde, en concordancia con la clase social del protagonista. Son habituales los giros del habla popular y los refranes. Además, el humor  y la ironía están presentes en numerosos pasajes de la novela.

No obstante, el prólogo está construido de acuerdo con las normas de la retórica clásica y en él el lenguaje es elevado, aunque no exento de ironía.

La lengua del Lazarillo también refleja la duplicidad de su protagonista. Lázaro exhibe un gran dominio del lenguaje, cuyo constante uso del doble sentido, coincide con su comportamiento en “el caso”.  La ambigüedad del lenguaje de Lázaro coincide con su ambigüedad moral. Esto se percibe especialmente en los solecismos del texto [3], las expresiones admirativas y de afecto y las expresiones proverbiales que no solo contribuyen a realzar el realismo del personaje (es normal que un personaje sin cultura como Lázaro cometa errores al expresarse) sino que además juegan el papel de la ambigüedad.

El Lazarillo, según hemos visto, tiende a repetir situaciones y escenas, desde el primer al último capítulo, procurando una dispositio basada en la simetría. El procedimiento afecta también a la elocutio y se traduce en el empleo de variados recursos de repetición, que dotan al discurso de gran ingenio e ironía. Nuestro autor pone en práctica a menudo los siguientes recursos:

  • La figura etimológica: “la endiablada falta que el mal ciego me faltaba”.
  • La paronomasia: “al tercer día me vino la terciana derecha”; “¿Qué es eso, Lazarillo? Lacerado de mí, dije yo.”
  • La bimembración: “al uno la de mano besada y al otro de lengua suelta”, que a veces desemboca en antítesis: “allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera”.

Lázaro no acaba por contarlo todo y obliga al lector a reconstruir situaciones que tan solo esboza o insinúa. Este manejo de la elipsis se reproduce a menor escala en su prosa a través del zeugma, en que el narrador hace intervenir en dos o más enunciados un término solo expresado en uno de ellos: “ciñósela, y un sartal de cuentas del talabarte”.

Como hemos visto antes, la búsqueda de la verosimilitud y el respeto del decoro poético hace que el protagonista utilice una lengua coloquial y familiar. La de Lázaro adopta el uso de Toledo, considerado desde los tiempos de Alfonso X como el mejor modelo lingüístico para el castellano. El autor anónimo emplea palabras bajas como “jarro”, “cogote”, “narices”, “parir”…, pero eleva su lengua a categoría estética, de acuerdo con las pautas marcadas por los humanistas: “escribir como se habla y hablar como se escribe”

La frase presenta una sucesión propia de la lengua coloquial, lejos de la sujeción al modelo latino, que había marcado tan profundamente la prosa castellana del siglo XV.  El autor procura evitar el uso del hipérbaton, en el que solo cae cuando emplea el homeoptoton [4]: “que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide acogiese”) o cuando parece caracteriza los hábitos lingüísticos de un personaje como el escudero (“sabrosísimo pan está”).

La prosa del Lazarillo, en fin, también resulta precursora de un nuevo estilo para la literatura española.

[3] Falta de sintaxis; error cometido contra las normas del algún idioma.
[4] Figura retórica que consiste en emplear al final de dos o más enunciados  u oraciones  palabras de terminación fonética o gramatical semejante.
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