La altanería del personaje como factor de apoyo de Luis Basarte Lorente

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Aunque el principal desencadenante de la tragedia que cuenta la novela es una peculiar concepción del honor, el carácter altivo y soberbio de sus dos protagonistas masculinos, Santiago Nasar y Bayardo San Román, contribuye de manera decisiva a la consumación de la tragedia y determina el destino de ambos.

El talante soberbio de Santiago Nasar es obvio en algunas de sus palabras: “Así será mi matrimonio (…) no les alcanzará la vida para contarlo”, comenta a propósito de los fastos de la boda. Pero donde más claramente se revela esa altanería es en su comportamiento amoroso y sexual, propio de quien se cree con derecho a disponer de las jovencitas como si fueran títeres. Así lo define el narrador: “Era un gavilán pollero” que “Andaba igual que su padre, cortándole el cogollo a cuanta doncella empezaba a despuntar por estos montes”. Su padre, Ibrahim Nasar, ya se había comportado así con Victoria Guzmán siendo ella una adolescente. Él, ahora, acosaba sexualmente sin disimulo a Divina Flor; así lo demuestran la escena del desayuno antes de salir de casa para recibir al obispo y las propias palabras de la niña recordando el momento de salir de casa: “Me agarró toda la panocha”. La gente del pueblo, o al menos una parte de ella, tiene esa imagen de él; Victoria Guzmán lo odia porque ve en él la viva imagen de su padre y teme por su hija. “Creía que su plata lo hacía intocable”, dice Polo Carrillo, el dueño de la planta eléctrica, al narrador, quien por su parte asegura que “No todos querían tanto a Santiago Nasar”. Y alguna conciencia de todo ello debía de tener el propio Santiago, pues dormía con la pistola debajo de la almohada.

¿Qué tiene que ver esta altanería con su muerte? Hay dos hechos que son consecuencia de ella y que están directamente relacionados con su muerte. El narrador propone como hipótesis más verosímil que Ángela Vicario quería proteger a alguien a quien de verdad quería y que “había escogido el nombre de Santiago Nasar porque nunca pensó que sus hermanos se atreverían con él”; Ángela no confirmó la hipótesis, pero tampoco la negó. De manera que, si su carácter hubiera sido otro, quizá Ángela no lo hubiese acusado. Victoria Guzmán y Divina Flor, por su parte, las dos personas que más directamente sufren altivez, tienen un comportamiento determinante en el momento decisivo. La madre, en vez de inhibirse, como casi todos los demás, miente deliberadamente a Plácida Linero cuando le dice no le ha avisado a Santiago porque a la hora del café no sabía que lo iban a matar. La niña, no se sabe si turbada por un miedo infantil, mintiendo o alucinada por una “visión nítida”, asegura que se encuentra dentro de la casa. Es entonces cuando Plácida baja a cerrar la puerta.

La lista de ejemplos de la conducta altiva de Bayardo San Román podría ser interminable. Nada se le pone por delante. Decide casarse con Ángela Vicario antes de conocerla, y le dice a su huéspeda que se lo recuerde, como si de tratase de una tarea cotidiana que tiene que atender. Seduce a la familia, y a todo el pueblo, nada más llegar. Compra todos los números de la rifa de la ortofónica. Dice ser ingeniero de trenes y sabe usar el telégrafo. Vence a los mejores nadadores locales. Le comprar la casa al viudo Xíus a base de ofrecer dinero sin límites y sin pudor, volviendo del revés su voluntad.

Llega dos horas tarde a la boda. No repara en gastos para la fiesta… Y, cuando descubre que su mujer no es virgen, la devuelve como un desecho, como quien devuelve una compra con tara, y se muestra comprensivo y compasivo con su familia, a la que hace partícipe de la ofensa.

La altanería de Bayardo San Román es mucho más evidente que la de Santiago Nasar, pero seguramente más superficial. Su comportamiento arrollador resulta sorprendente, incluso un tanto teatral y sospechosamente encubridor de una personalidad oculta, como demuestra el hecho de que luego se derrumbe entregándose al alcohol. Pero de lo que no cabe duda es de que cumple un papel como desencadenante argumental de la tragedia. Todo lo que ocurre desde que llega hasta que entrega a la novia, que es cuando empieza la tragedia, es resultado de esa soberbia. Llega, ve y vence; cuando se siente afrentado, su carácter le impide reaccionar de otra manera ante la humillación sufrida; devuelve a la novia; y es entonces cuando la tragedia está servida.

García Márquez recurre a ciertos procedimientos genuinamente literarios para subrayar la altanería de estos personajes. La altanería concebida como soberbia es un rasgo de la personalidad de Santiago Nasar, pero, entendida como “caza que se hace con halcones y otras aves de rapiña de alto vuelo”, es una de sus aficiones, de la que, además, hace “demostraciones”. De esta manera, el autor, apoyándose en una dilogía, construye un símbolo retórico de enorme fuerza expresiva, que va acompañado de metáforas semánticamente afines que aparecen de manera intermitente: “era un gavilán pollero”, “las garras del boyardo”. A esto habría que añadir la cita de ciertas palabras del poeta hispanoportugués Gil Vicente que aluden a la concepción del amor como victoria incontestable y absoluta que muestran ambos personajes: “La caza de amor / es de altanería”.

Para terminar, podría señalarse que el asunto de los personajes altaneros en cuestiones de amor y honor cuenta, como casi todo y salvando las distancias, con precedentes en la tradición literaria. Si la legitimación de la muerte como reparación del honor mancillado es toda una seña de identidad del teatro del Siglo de Oro español (recuérdese El alcalde de Zalamea, Fuente Ovejuna, Peribáñez, o cualquiera de las numerosísimas “comedias de honor”), es también en ese teatro donde pueden encontrarse al poderoso (el comendador) disponiendo a su antojo de las villanas.

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