El cuento del cuento por Gabriel García Márquez

Este texto pertenece a un artículo que Gabriel García Márquez publicó en El País el 26 de agosto de 1981. Si te has quedado con la duda de quién deshonró finalmente a Ángela Vicario, el propio autor lo explica en este artículo:

Poco antes de morir, Álvaro Cepeda Samudio me dio la solución final de la crónica de una muerte anunciada. Yo había vuelto de Europa después de un viaje muy largo, y estábamos en su casa de domingos, frente al mar miserable de Sabanilla, cocinando su legendario sancocho de mojarras de a 2.000 pesos.”Tengo una vaina que le interesa”, me dijo de pronto: “Bayardo San Román volvió a buscar a Ángela Vicario”.

Tal como él lo esperaba, me quedé petrificado. “Están viviendo juntos en Manaure”, prosiguió, “viejos y jodidos, pero felices”. No tuvo que decirme más para que yo comprendiera que había llegado al final de una larga búsqueda.

Lo que esas dos frases querían decir era que un hombre que había repudiado a su esposa la noche misma de la boda había vuelto a vivir con ella al cabo de veintitrés años. Como consecuencia del repudio, Un grande y muy querido amigo de mi juventud, señalado como autor de un agravio que nunca se probó, había sido muerto a cuchilladas en presencia de todo el pueblo por los hermanos de la joven repudiada. Se llamaba Santiago Nasar y era alegre y gallardo, y un miembro prominente de la comunidad árabe del lugar. Esto ocurrió poco antes de que supiera qué iba a ser en la vida y sentí tanta urgencia de contarlo, que tal vez fue el acontecimiento que definió para siempre mi vocación de escritor.

A quienes primero se lo conté fue a Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, unos cinco años después, en el burdel de Alcaravanes de la negra Euferma. Para entonces ya había resuelto ser escritor, y mi padre me había dicho:”Comerás papel”. Durante años soñé que rompía resmas enteras y me las comía en pelotitas, y nunca era el papel sobrante de los periódicos donde trabajaba entonces, sino un muy buen papel de 36 gramos, áspero y con marcas de agua, tamaño carta, del que seguí usando siempre desde que tuve dinero para comprarlo. Sin embargo, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas coincidieron en que la historia del crimen era digna de ser escrita, aunque fuera comiendo papel. “No importa que sea inventada”, me dijo Alfonso Fuenmayor; “así las inventaba Sófocles, y fíjese lo bien que le quedaban”. Más tarde, cuando regresó graduado de Columbia University, Álvaro Cepeda Samudio estuvo de acuerdo, pero me previno sin reticencias: “Lo único peligroso”, me dijo, “es que a esa historia le falta una pata”.

En efecto, le faltaba el final imprevisible que él mismo me contó veintitrés años después del crimen, pero entonces era imposible imaginarlo. Germán Vargas, con su prudencia congénita, me aconsejó que esperara uno o dos años hasta que tuviera la historia mejor pensada. Yo no esperé ni uno ni dos, sino treinta años más.

No fue una demora excepcional, pues nunca he escrito una historia antes de que pasaran, por lo menos, veinte años desde su origen. Pero en esto caso la razón era más consciente: seguía buscando, en la imaginación, la pata indispensable que le faltaba al trípode, tratando de inventarla a la fuerza, sin pensar siquiera que también la vida lo estaba haciendo por su cuenta, con mejor ingenio. Fue don Ramón Vigilves quien me dio la fórmula de oro: “Cuéntala mucho”, me dijo.”Es la única manera de descubrir lo que una historia tiene por dentro”.

Por supuesto, seguí el consejo. Durante muchos años conté la historia al derecho y al revés, por todas partes, con la esperanza de que alguien le encontrara la falla. Mercedes, que la recordaba a pedazos desde muy niña, la volvió a armar por completo de tanto oírla, y terminó por contarla mejor. Luis Alcoriza se la hizo grabar en su casa de México en una época en que todo el mundo era joven. A Ruy Guerra se la conté durante seis horas en un pueblo remoto de Mozambique, una noche en que los amigos cubanos nos dieron de comer un perro de la calle haciéndonos creer que era carne de gacela y ni aún así pudimos descubrir el elemento que le faltaba. A Carmen Balcells, mi agente literario, se la conté muchas veces durante muchos años, en trenes y aviones, en Barcelona y en el mundo entero, y siempre lloró como la primera vez, pero nunca pude saber si lloraba porque la emocionaba o porque yo no la escribía. Al único amigo cercano a quien no se la conté nunca fue a Álvaro Mutis, por una razón práctica: él ha sido siempre el primer lector de mis originales, y me cuido mucho de que los lea sin ninguna idea preconcebida.

La revelación de Álvaro Cepeda Samudio en aquel domingo de Sabanilla me puso el mundo en orden. La vuelta de Bayardo San Román con Ángela Vicario era, sin duda, el final que faltaba. Todo estaba entonces muy claro:  por mi afecto hacia la víctima, yo había pensado siempre que esta era la historia de un crimen atroz, cuando en realidad debía ser la historia secreta de un amor terrible. Sólo que estuve a punto de no conocer nunca sus pormenores ocultos, porque Álvaro y yo nos desbarrancamos dos horas después en el camión del Catatumbo de Alejandro Obregón, y no nos matamos de milagro. “¡Puta vida”, pensaba, mientras caíamos hacia el fondo de aquel mar perdulario; “tanto buscar este final, para morirme sin contarlo!” Tan pronto como me restablecí, sobre todo del susto, me fui a buscar a Bayardo San Román y Ángela Vicario en su casa feliz de Manaure, para que me contaran los secretos de su reconciliación increíble. Fue un viaje más revelador de lo que yo pensaba, y por mejores motivos, porque a medida que trataba de escudriñar la memoria de los otros, me iba encontrando con los misterios de mi propia vida.

Hay dos pueblos cercanos, pero muy distintos, que se llaman Manaure. El uno es una sola calle muy ancha, con casas iguales, en una meseta verde de un silencio sobrenatural. Allí llevaban a mi madre a temperar cuando era niña. Tanto me habían hablado de ese pueblo medicinal en casa de mis abuelos, que cuando lo vi por primera vez me di cuenta de que lo recordaba como si lo hubiera conocido en una vida anterior. No era allí donde vivía el matrimonio feliz, pero Rafael Escalona, el sobrino del obispo, se equivocó de camino cuando íbamos para el otro Manaure. Estábamos tomando una cerveza helada en la única cantina del pueblo cuando se acercó a nuestra mesa un hombre que parecía un árbol, con polainas de montar y un revólver de guerra en el cinto. Rafael Escalona nos presentó, y él se quedó con mi mano en la suya, mirándome a los ojos.

– ¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez? -me preguntó.

– Soy su nieto.

– Entonces -dijo él-, su abuelo mató a mi abuelo.

No me dio tiempo de asustarme, porque lo dijo de un modo muy cálido, como si también esa fuera una forma de ser parientes. Era un contrabandista de la estirpe legendaria de los Amadises y, lo mismo que ellos, era un hombre derecho y de buen corazón. Estuvimos de parranda tres días y tres noches en sus camiones de doble fondo, bebiendo brandi, caliente y comiendo sancocho de chivo en memoria de los abuelos muertos. Me llevó a distintos pueblos, hasta el interior de la península Guajira, para que conociera a diecinueve de los hijos incontables que el coronel Nicolás Márquez había dejado dispersos durante la última guerra civil. Al cabo de una semana me dejó en el otro Manaure: un pueblo de salitre frente a un mar en llamas. Se detuvo ante una casa que yo hubiera reconocido de todos modos por lo mucho que había oído hablar de ella. “Ahí es”, me dijo.

En la ventana de la sala, bordando a máquina en la hora de más calor, había una mujer de medio luto con antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza estaba colgada una jaula con un canario que no paraba de cantar. Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise pensar que fuera ella, porque me resistía a creer que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura. Pero era ella: Ángela Vicario, veintitrés años después del drama.

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