Gigante y extraño… Gustavo Adolfo Bécquer

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Se considera a Bécquer un poeta posromántico, pues su obra se enmarca en la segunda mitad del siglo XIX y encierra una concepción de la creación literaria que podría ser el umbral de la lírica moderna: la poesía no refleja la realidad, sino que es un realidad en sí misma, “el arte por el arte”. Seguramente por eso Bécquer llegó a ser un poeta de referencia en muchos creadores posteriores, como los simbolistas o los modernistas.

Como dice la excelente profesora Soraya Sádaba en la biografía de Bécquer que aparece en la página que la Biblioteca Virtual Cervantes le dedica “Adentrarse en la vida y obra de Gustavo Adolfo Bécquer supone iniciar un viaje por un mundo de luces y sombras, donde al final lo que queda es la sensación de haber presenciado la historia de un hombre, que como tal, está sujeto a múltiples contradicciones.

Iniciaremos, pues, ese interesante viaje para conocer un poco más de la vida y la obra de nuestro poeta.

Una infancia sevillana llena de libros, música y pintura

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Gustavo Adolfo Bécquer nació el 17 de febrero de 1836 en Sevilla, fruto del matrimonio de su padre, el pintor José Domínguez Bécquer y su madre Joaquina Bastida. Pronto murió su padre, en 1841.

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Palacio de San Telmo en Sevilla (Antiguo Colegio de Náutrica)

En 1846 Bécquer entró en el Colegio de Náutica de San Telmo, donde recibe clases de Francisco Rodríguez Zapata, discípulo de Alberto Lista. Al año siguiente, fallece también su madre y son adoptados por sus tíos, que se hicieron cargo de los siete sobrinos.

Ese mismo año, la reina Isabel II suprime el colegio de San Telmo y Gustavo Adolfo se fue a vivir con su madrina Manuela Monnehay Moreno, una joven de origen francés y acomodada comerciante, cuyos medios y sensibilidad literaria le permitían disponer de una mediana pero selecta biblioteca poética. En esta biblioteca empezó Gustavo Adolfo a aficionarse a la lectura.

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Alberto Lista

Bécquer tuvo acceso, gracias a su madrina, a la obra de los autores más relevantes del siglo anterior y del Romanticismo europeo.  Por otro lado, una de las figuras clave en el proceso de aprendizaje literario del joven poeta será, como hemos señalado antes, Alberto Lista,  prestigioso representante de las bellas letras sevillanas. Bécquer entrará en contacto con el maestro a través de su obra Ensayos literarios y críticos y de su discípulo, Francisco Rodríguez Zapata. Con tan sólo doce años de edad, Bécquer compone la Oda a la muerte de don Alberto Lista, en la cual sigue los preceptos clasicistas que éste le enseñó.

Desde muy joven Bécquer eligió su camino literario: quería insertarse en la línea de los poetas del sentimiento como Garcilaso, Herrera y Rioja, a quienes leyó junto a otros modelos como Lamartine, Musset, Byron… con estas guías comenzó a escribir. Todos los temas (el amor, la muerte, la inspiración…) que aparecen más tarde en su obra ya se intuía en unas reflexiones que el poeta hace en el libro de cuentas de su padre. Del mismo modo, especifica cómo para el artista todas las bellas artes son simples manifestaciones de un único sentimiento:

«El ángel de las ilusiones nos conduce sobre sus doradas alas a un mundo desconocido, a esa región que tanto halaga nuestros sueños de juventud (…) Entre la niñez y los primeros sentimientos del amor hay una edad incomprensible para nosotros (…) Qué edad más hermosa que la juventud, que esa edad en que el hombre en el estado casi de una inocencia envidiable (…) La poesía, la música, la pintura, las bellas artes, todo lo más hermoso y más perfecto es hijo de este entusiasmo.»

(«Meditación», Libro de cuentas).

Inició también entonces sus en los talleres de Antonio Cabral Bejarano, y más tarde en el de su tío paterno Joaquín Domínguez Bécquer, quien le pronosticó: «Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato», aunque le estimuló a los estudios y le pagó los de latín.  Pese a la opinión de su tío, nuestro poeta también hubiera destacado enla pintura: baste ver los dibujos que Bécquer hizo en su Libro de cuentas.

Otra de las destrezas becquerianas fue la música. Bécquer conocía muy bien la ópera y la zarzuela. Menciona con frecuencia a compositores italianos (Donizetti, Bellini, Rossini, Verdi) en sus artículos; en el álbum de Julia Espín realizó varios dibujos inspirados en la ópera Lucia de Lammemoor y escribió una zarzuela junto con su amigo Luis García Luna. Su amigo Julio Nombela comentó que Bécquer sabía de memoria y tarareaba constantemente numerosas óperas.

«Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas.»

(«El Miserere», El Contemporáneo, 17-abril-1862).

Pese a estas palabras, sabemos, gracias a los recuerdos de familiares y amigos del poeta, que Bécquer tocaba un poco el piano y la guitarra. Estos dos instrumentos simbolizan las dos corrientes musicales que más inspiraron al poeta: la música clásica y la música popular andaluza.

Desde la juventud del sevillano, los cantares y las coplas del pueblo estarán presentes en su obra, si bien, será gracias a su contacto en Madrid con Augusto Ferrán cuando su preocupación por lo popular tomará tintes más ideológicos, de preocupación social por el pueblo y sus manifestaciones.

La música estará presente continuamente en su obra, íntimamente ligada con la naturaleza y con las teorías neoplatónicas de la armonía del cosmos heredadas de la escuela poética sevillana. De este modo, su pasión por la melodía forma parte de su proceso de composición literaria. Esta conjunción de música, naturaleza y poesía se encuentra muy bien reflejada en la leyenda  El miserere, donde el protagonista, que es un músico, y por extensión, la representación del artista en general, trata de encontrar la obra máxima ayudándose de la inspiración que le ofrece la naturaleza:

«mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta (…) La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte (…) Todo esto era la música y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse (…) el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.»

(«El Miserere», El Contemporáneo, 17-abril-1862).

Si tras leer este fragmento acudimos a la Introducción sinfónica o a las rimas iniciales según la edición de los amigos de Bécquer, notaremos cierta continuidad en las ideas expuestas, así como en el vocabulario utilizado.

Viaje a Madrid en busca de fortuna literaria

Bécquer hubiera podido seguir una carrera literaria en Sevilla, pero el joven poeta consideraba que la ciudad le condenaba a ser un poeta menor, y por ello, con diecisiete años, sin el permiso de su madrina y con la compañía de dos amigos (Narciso Campillo y Julio Nombela) marcha a Madrid en octubre de 1854. Allí se instala en una modesta pensión y ofrece sus poemas a distintos editores que los rechazan.

la-vida-de-gustavo-adolfo-becquer.jpgAgotados todos los ahorros, Bécquer, junto a sus amigos se dedican a escribir biografías de diputados para Gabriel Hugelman, intentan crear un periódico, pero durante el siglo XIX las publicaciones periódicas son abundantes y muchas nacen para fallecer en su primer número. Así pues, el nombre de Bécquer aparecerá vinculado a revistas como La España Musical y LiterariaEl MundoEl Porvenir o el Álbum de Señoritas y Correo de la Moda. De esta manera, el poeta se va haciendo un hueco en el panorama artístico madrileño.

Es un periodo de escasas publicaciones literarias y estrecheces económicas, que se verán parcialmente superadas con la llegada de su hermano Valeriano a Madrid. Valeriano volverá a Sevilla al cabo de un año y Bécquer vivirá cierto alivio cuando escribe, bajo seudónimo, una serie de obras teatrales; realiza una adaptación de Nuestra Señora de París que titula Esmeralda y estrena la zarzuela La novia y el pantalón en colaboración con su amigo Luis García Luna.

Su círculo de amistades aumenta cuando conoce al que será uno de sus mejores amigos y uno de los que mejor entendió la relevancia de la poesía becqueriana en el conjunto de las letras hispánicas: el cubano Ramón Rodríguez Correa. Bécquer entró junto a él como escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, trabajo que le permitió respirar económicamente. Pero poco le dura la dicha a Gustavo Adolfo, pues es despedido por desperdiciar el tiempo de sus compañeros con dibujos de los personajes de Hamlet.

Historia de los templos de España: su gran proyecto fallido

En junio de 1857 Bécquer emprende su gran proyecto: la Historia de los templos de España. El empeño requiere de la colaboración de historiadores, expertos en arte y en literatura. Bécquer se basaba en su conocida afición a la arquitectura, en la corriente de evocación y recuperación románticas de las ruinas del pasado, muy en la línea de Chateaubriand, así  como en la importancia de la religión en su concepción vital y poética.

A principios de 1857 sale a la luz la primera entrega de la Historia de los templos, con la protección de la reina Isabel II. Las sucesivas entregas van apareciendo con cierto retraso hasta que en noviembre de 1858 quiebra la empresa editorial. No solo quiebra la empresa, Bécquer también cae enfermo, presa del agotamiento.

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Entretanto, el interés de Bécquer por la temática y la cultura hindú se plasmará en la publicación en La Crónica (29-30 de mayo) a modo de folletín de  El caudillo de las manos rojas. Los temas orientales ofrecían a los escritores románticos la representación de lo exótico y lo sensual. En El caudillo de las manos rojas, la India se presenta como un lugar rebosante de color, donde el contacto entre el mundo real y el mundo de las visiones es más cercano, y donde las pasiones que dirigen el destino de los hombres son torbellinos que rompen los remansos de paz.

A partir de entonces la presencia de Bécquer en el horizonte literario se acentúa con la aparición de dos artículos en La época; la escritura en colaboración con su amigo Luis García de una zarzuela y un sainete y la publicación de la “Imitación de Byron” en El nene: “Tu pupila es azul” que refleja la progresiva evolución de Bécquer de la poesía de corte neoclásico a una vena intimista:

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A este respecto, ha de tenerse en cuenta que el ambiente poético madrileño estaba sometido a un proceso de cambio de sensibilidad, sobre todo en los últimos años de la década de los cincuenta. Poco a poco se va abandonando la poesía más épica y retórica, las palabras grandilocuentes y los versos ornamentales, para dar paso a una poesía sencilla, que traslada al papel las inquietudes más personales del poeta a través del uso de metros popular.

Música, mujer, poesía, amor… 

Estos años reflejan un Bécquer joven e ilusionado que está en un punto álgido de creación tanto en prosa como en verso. Siente que por fin ha encontrado el camino poético y que no está solo en dicha empresa. Frecuenta los salones del músico Joaquín Espín y Guillén, donde conoce a las dos hermanas que tanta influencia tuvieron en él: Josefina y Julia Espín. Practica el galanteo propio de estos lugares, y en los álbumes de las Espín dejará una serie de estupendos dibujos y rimas autógrafas:

Rima XVI

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Rima XX

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Y la que sería la Rima XXVII:

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ferran_augusto.jpgUn alma gemela: Augusto Ferrán

Otro de los acontecimientos relevantes en la vida de Gustavo Adolfo es su encuentro con Augusto Ferrán Forniés, que tras pasar una temporada en Alemania realizando traducciones, regresa a Madrid. Prácticamente almas gemelas, comparten similar forma de ver la vida y un gran amor por los cantares andaluces y en general por cualquier manifestación de lo popular (cuentos, leyendas, romances…). La reseña que hace Bécquer al libro de cantares de Ferrán titulado La Soledad, será junto a la Introducción Sinfónica, las Cartas literarias a una mujerDesde mi celda y algunas de sus rimas, la teorización más concreta y evidente de su manera de entender la poesía.

Bécquer en plena forma: la época de El Contemporáneo

La productividad becqueriana alcanza en estos años cotas muy altas: compone piezas teatrales, colabora en varias revistas, unas veces con leyendas (La cruz del diablo), y otras con poesías, pero, sin embargo, casi ninguna de estas actividades le reportan ningún beneficio económico por lo cual esta sigue siendo una época de penuria.

Parte de sus problemas económicos se resuelven cuando entra a formar parte de la plantilla de El Contemporáneo (1860), diario de carácter conservador dirigido por José Luis Albareda y puesto en marcha por el político Luis González Bravo. El periódico le permite, además, encontrar el vehículo perfecto para la difusión de sus escritos. De este modo, ya en el primer número aparece incluida la primera de las Cartas literarias a una mujer, y continuará la serie con tres cartas más hasta 1861. Estos son los años clave en la obra del poeta, pues publica textos (Cartas literarias a una mujer, reseña de La Soledad de Augusto Ferrán) en los que expone cuáles son sus ideas acerca de la poesía y la excepcional labor del poeta:

«Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.
Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.
La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.
La segunda carece de medida absoluta, adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamare la poesía de los poetas.»

(«Introducción sinfónica», Manuscrito del Libro de los gorriones).

También publica en El Contemporáneo algunas de sus mejores leyendas y relatos: La ajorca de oroLa creaciónEl monte de las ánimas¡Es raro!Los ojos verdes y Maese Pérez, el organista, así como su poema A ella («Por una mirada, un mundo»).

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En otro periódico, El Correo de la Moda, aparece su rima Al amanecer :

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El matrimonio con Casta Esteban

En este período de tanta fecundidad literaria, Bécquer también encontró de alguna manera el amor, o por lo menos cierta estabilidad familiar a través de su matrimonio con Casta Esteban Navarro, una sencilla y bella muchacha de la burguesía rural soriana, e hija de Francisco Esteban, médico de Bécquer especializado en enfermedades venéreas.

La mayor parte de los estudiosos del poeta consideran que Casta no supo comprender un espíritu tan delicado como el de Bécquer. Sea cual fuera su relación real, el caso es que la pareja tuvo su primer hijo en 1862. Bécquer continúa trabajando en El Contemporáneo donde publica numerosos relatos como El muerto al hoyoEl rayo de luna, El aderezo de esmeraldas, El miserereEl Cristo de la CalaveraTres fechas o La venta de los gatos y artículos donde da muestra de su excelente prosa.

Pero ahora nuestro autor tiene una familia que mantener y el trabajo en El Contemporáneo no es suficiente, de manera que tiene que recurrir a otras fuentes de ingreso, como la zarzuela.

El año 1863 es especialmente prolífico para Bécquer, ya que el número de artículos y relatos publicados en El Contemporáneo se incrementa (Historia de una mariposa y de una arañaUn lance pesadoUn boceto del naturalLa perezaLa mujer a la modaLos bailes de trajesLa leyenda del judío erranteEntre sueños…). Además, continúa con la publicación de sus leyendas en La América (El gnomoLa cueva de la moraLa promesaLa corza blancaEl beso) y de otros textos en diversos periódicos de la época como La Gaceta Literaria (¡Duerme!ApólogoLa ridiculez), La España Literaria (en la que su nombre figura como colaborador) o incluso en un proyecto de novelas para la «Biblioteca hispano-americana» de La Época.

Los Bécquer en Veruela

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El hermano de Bécquer, Valeriano, separado de su mujer, viajó a Madrid y encontró a Gustavo Adolfo muy debilitado, por lo cual deciden viajar a Veruela para pasar el invierno en total reposo. Durante este período, los hermanos Bécquer recorrieron la zona del Moncayo, fijándose con atención en los paisajes, los pueblos y las costumbres de sus gentes para plasmarlo en sus cuadros Valeriano y en sus textos Gustavo Adolfo. Este último seguía participando como redactor para El Contemporáneo con el envío de las Cartas desde mi celda en las que se combina realidad y fantasía, recuerdos, pensamientos y ensoñaciones del paisaje. No obstante, Bécquer no se queda en la simple escritura impresionista, sino que constata con sus palabras el contraste entre la vida moderna y agitada de la capital, y la España más profunda y primitiva de los pueblos por los que no pasa el tiempo:

«al contemplar los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo o la envidia durante nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimación, en costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta años a esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de ser social trastorna y desencaja; lo que las necesidades y las aspiraciones crecientes desechan u olvidan, un sentimiento de profundo dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido o el desdén de os que a fines de siglo pasado pudieron aún recoger para transmitírnoslas íntegras las últimas palabras de la tradición nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja España (…)»

(«Cuarta Carta. Cartas desde mi celda», El Contemporáneo, 23-abril-1861).

Bécquer y los vaivenes de la política

Ese verano, Bécquer ocupa el cargo de jefe de redactor de El Contemporáneo y, más adelante, en septiembre, se convierte en director del periódico. Gracias a su amistad con González Bravo, recién nombrado ministro de Gobernación,  Gustavo Adolfo consigue un puesto como fiscal de novelas en Madrid con un buen sueldo, aunque no le durará mucho, pues tras la caída del gabinete, Bécquer decide presentar su dimisión.

La situación económica de Bécquer es complicada a partir de este momento, ya que ya no tiene el sueldo de censor de novela y su participación en la prensa es más difusa (en este período participa en Los TiemposEl Museo Universal del que se convertirá en director y la revista satírica Gil Blas). Es lógico que la situación en el hogar no fuera la mejor, teniendo en cuenta que en septiembre nace el segundo hijo del matrimonio.

La fama de Bécquer se va acrecentando poco a poco a través de sus publicaciones en los periódicos. Así, a su labor más conocida como periodista, se le une su faceta de narrador de leyendas, que vuelven a publicarse de forma anónima en El Español entre el 29 de marzo y el 10 de mayo de 1866, y también en el Diario de Alcoy, periódico dirigido por su gran amigo Augusto Ferrán (Los ojos verdesLa ajorca de oroEl monte de las ánimas). Es muy posible que en estas fechas Gustavo Adolfo estuviera reuniendo sus rimas para editarlas en forma de libro. Según los testimonios de Narciso Campillo y Francisco de Laiglesia, González Bravo tenía en su poder el manuscrito de las Rimas, pero debido al tumulto originado por el movimiento revolucionario que destronó a Isabel II (18 septiembre 1868), el volumen se extravió.

Los cambios políticos le devuelven a Bécquer su cargo de fiscal de novelas; Bécquer se encuentra cada vez más débil y viaja a Bilbao para reponerse. Durante esta época descuida su tarea literaria, con la excepción de la Rima IX:

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El Libro de los gorriones

Tras la muerte su amigo Luis García Luna (25 diciembre 1867), Bécquer parece entender la importancia de tener reunidos sus poemas en la «colección de proyectos» Libro de los gorriones, manuscrito que más tarde utilizarán los amigos del escritor para preparar la edición de sus Obras en 1871 y que según Narciso Campillo, trabajó especialmente durante su estancia en Toledo en 1869.

Visitará Soria en algunas ocasiones junto con su hermano Valeriano para restaurar su salud, y también para alejarse temporalmente de Casta, que le había sido infiel. Parece ser que Emilio Eusebio, el tercer hijo de Bécquer nacido en diciembre, no era del poeta. Como consecuencia de las revueltas en la capital, los hermanos Bécquer deciden exiliarse a Toledo, ciudad que encandila a Gustavo Adolfo  lo cual tendrá su reflejo en algunas leyendas y artículos del poeta.

Unos años de grandes problemas económicos

Por otro lado, los comienzos del año 1869 fueron muy duros para los Bécquer desde el punto de vista económico, pues Valeriano ya no gozaba de la pensión del Gobierno y Gustavo Adolfo había perdido su fuente de ingresos como fiscal de novelas y como director de periódico. Ahora simplemente colabora de forma ocasional comentando los dibujos de su hermano para El Museo Universal (Los dos compadresSemana Santa en Toledo).

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A pesar de ello, la participación de Bécquer en los primeros meses de 1870 en La Ilustración de Madrid, su vuelta a Madrid rodeado de su hermano, sus hijos y sus amigos (sobre todo Rodríguez Correa y Ferrán), hacen que este sea un período de felicidad. Una prueba del optimismo becqueriano del momento puede encontrarse en la publicación en La Ilustración de Madrid de la que será la Rima V, siendo probablemente el anticipo a la posible publicación al completo de sus Rimas

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La muerte de Gustavo Adolfo Bécquer

Pero este período de alegría alcanza hasta el 23 de septiembre de 1870, fecha en la que fallece su hermano Valeriano. Traza una semblanza de su hermano en La Ilustración de Madrid por Rodríguez Correa. El poeta, necesitado de apoyo, se traslada con sus hijos y sus sobrinos a otra vivienda al lado del cubano.

En los meses siguientes, Bécquer sigue padeciendo necesidades económicas, pero esto no le impedirá seguir escribiendo. Es posible que por entonces redactara el texto Las hojas secas, que aparecerá en 1871 en el Almanaque literario de la Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig, así como también se convierte en director de El Entreacto, periódico cómico teatral donde se publica el inicio del relato becqueriano Una tragedia y un ángelHistoria de una zarzuela y una mujer.

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Pero el 10 de diciembre Gustavo Adolfo cae enfermo para fallecer el 22 de diciembre de 1870 junto a sus amigos y su esposa Casta. Con premonitorias palabras sobre la fugacidad y fragilidad de la vida, Bécquer parece anunciar cuál será su final:

«Lloro por mí. Lloro la vida que me huye (…) ¿Y por qué no has de vivir? (…) Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también y el viento llevará algún día su polvo y el mío, ¿quién sabe adónde? (…) ¡Debíamos secarnos! ¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento!.»

(«Las hojas secas», Almanaque Literario de la Biblioteca de Gaspar Roig, 1871).

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Es enterrado al día siguiente y el pintor Casado del Alisal propone al resto de los compañeros de Bécquer la edición de sus obras y de los dibujos de su hermano Valeriano con el fin de ayudar a sus respectivas familias. A través de un comunicado en la prensa, tratan de difundir el proyecto para ganar así colaboradores, mientras que Ramón Rodríguez Correa, Augusto Ferrán y Narciso Campillo inician la tarea de selección de los textos becquerianos repartidos por periódicos y revistas, tomando como base los poemas del Libro de los gorriones y ordenándolos en forma de cancionero.

De este modo, a finales del mes de julio de 1871 y por el precio de 28 reales, ven la luz los dos tomos de las Obras de Gustavo Adolfo D. Bécquer, precedidas por un prólogo de su gran valedor y amigo, Ramón Rodríguez Correa, y un grabado del poeta confeccionado por Severino, sobre un dibujo de Palmaroli. Este será el comienzo de la leyenda del poeta romántico que ha llegado hasta nuestros días, pero también de su realidad como iniciador de nuestra mejor poesía contemporánea.

 

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