Comentario de texto de Benito Pérez Galdós: La desheredada

Galdós lee su obra en el salón del doctor Tolosa Latour

Rufete huía maquinalmente de los loqueros, como si los odiara. Los funcionarios eran para él la oposición, la minoría, la Prensa; eran también el país que le vigilaba, le pedía cuentas, le preguntaba por el comercio abatido, por la industria en mantillas, por la agricultura rutinaria y pobre, por el crédito muerto. Pero ya le pondría él las peras a cuarto al señor país, representado en aquellos dos señores tiesos, que en todo querían meterse, que todo lo querían saber, como si él, el eminentísimo Rufete, estuviera en tal alta posición para dar gusto a tales espantajos. Le miraban atentos, y con sus ojos investigadores le decían: “Somos la envidia que te mancha para bruñirte y te arrastra para encumbrarte”.
Todos los habitantes del corral tienen su sitio de preferencia. Esta atracción de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra, es un resto de la simpatía local que aquellos infelices llevan a la región de tinieblas en que vive su espíritu. Constantemente se agitaba Rufete en un ángulo del patio, tribuna de sus discursos, trono de su poder. La pared remedaba las murallas egipcias, porque el yeso cayéndose, y la lluvia, manchando, habían bosquejado allí mil figuras faraónicas.
Cuando Rufete se cansaba de andar, sentábase. Tenía mucho que hacer, despachar mil asuntos, oír a una turba de secretarios, generales, arzobispos, archipámpanos, y después… ¡ah!, después tenía que echar miles de firmas, millones, billones, cuatrillones de firmas. Se sentaba en el suelo, cruzaba los brazos sobre las rodillas, hundía la cara entre las manos, y así pasaba algunas horas, oyendo el sordo incesante resbalar del mercurio dentro de su cabeza. En aquella situación, el infeliz contaba los ciento sesenta y siete millones de pesetas. Esto era fácil, sí, muy fácil; lo terrible era el pico de aquella suma. ¿Por qué se escapaban las cifras huyendo y desapareciendo en menudas partículas del metal líquido por los intersticios de tul del pensamiento? Era preciso pensar fuerte y espesar la tela, para coger aquellas 233.412 pesetas, con sus graciosas crías, los 75 céntimos.
INTRODUCCIÓN
El fragmento que vamos a comentar pertenece a La desheredada, una novela de Benito Pérez Galdós perteneciente al grupo de novelas que él mismo denominó “Novelas españolas contemporáneas”. Estas obras reflejan fielmente la sociedad del momento, y son continuas las referencias a los hechos políticos contemporáneos a la vez que va creando un universo novelesco que reaparecerá en casi todos los títulos.
ANÁLISIS
El tema que subyace en el fragmento es la crítica a la clase política y a la burocracia, por medio de un loco al que observamos en el manicomio. Tras recibir, imaginariamente, a varias personalidades, se dispone a contar una importante suma de dinero; pero al llegar a millares de pesetas, cree que éstas se han convertido en partículas que se filtran por su cerebro.
Este texto se puede dividir en tres partes, que coinciden con cada párrafo: la primera parte introduce al personaje y tenemos así conocimiento de su locura. La segunda es un inciso del narrador para reflexionar sobre las actitudes de los locos, al tiempo que conocemos el espacio vital de Rufete. La tercera parte narra la febril actividad del loco.
En la primera parte la  introducción de Rufete en el discurso es brusca. De inmediato sabemos que está loco y que vive en el manicomio; también suponemos que cree pertenecer al gobierno. El narrador introduce en tercera persona al personaje en el inicio del discurso, pero poco a po va a cambiar esa forma narrativa por el estilo indirecto libre. Para ello se sirve de la sinonimia parcial: los loqueros son funcionarios, y éstos son odiados por el protagonista, quien acto seguido los identifica con otros elementos políticos (oposición, minoría, prensa) por medio del narrador. Esto permite al narrador —tras una enumeración paralelística de los problemas del país: “eran también el país que le vigilaba, le preguntaba por el comercio… por el crédito muerto…”— dar la palabra al personaje, pero no de forma directa, sino a través del ya aludido estilo indirecto libre (“Pero ya le pondría él… ). El cambio de un agente a otro no es brusco sino paulatino. En cierta medida también ha cambiado el léxico: Rufete, en su locura, utiliza formas coloquiales para referirse a los graves problemas que le afectan como jefe de gobierno; al cambiar de hablante —aunque sea siempre por medio del narrador— varía la expresión (formas coloquiales: “las peras a cuarto…”; personificaciones “señor país” o expresiones familiares: “señores tiesos”) para que sea evidente que el autor ya no narra lo que ve el personaje sino que recoge sus pensamientos. La siguiente enumeración, también paralelística (“que en todo querían meterse, que todo lo querían saber”) muestra la indignación del loco, el pensamiento fluido de Rufete ante la actitud de los loqueros, lo que culmina con la expresión “eminentísimo”, resumen de la fiebre por los tratamientos que sufren los poderosos. Galdós sigue reflejando el pensamiento de Rufete, pero a la vez imprime en las palabras de Galdós un sello de ironía: “espantajos” denomina el loco a sus cuidadores, a sus funcionarios; “espantajos” son, por aquella igualdad que antes se comentaba, los poderes públicos.
El narrador ha asumido plenamente al personaje, conoce perfectamente lo que piensa y lo que le ocurre: es un autor omnisciente que presenta como objetivo el pensamiento subjetivo de Rufete, y por medio de la paradoja “te mancha para bruñirte y te arrastra para encumbrarte”  eleva la condición individual de Rufete a idea general: el poder, por medio de las más sucias artimañas, encumbra a sus criaturas.
En la segunda parte, el narrador omnisciente interviene expresando sus opiniones, para lo que utiliza las formas verbales de presente. A modo de inciso, y por medio de una metáfora (“los habitantes del corral”), expresa la manía de los locos por poseer un lugar. Enumera, mediante el asíndeton y el paralelismo sintáctico (“de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra”), los sitios preferidos, todos ellos humildes y poco atractivos. La estructura nominal, identificativa, da pie  a la introducción de un juicio de valor del novelista: el vocablo “simpatía”, con el sentido de ‘acto agradable’, expresa el reflejo de la realidad desvirtuada a la que el loco intenta asirse en su desorden mental, en la “región de tinieblas en que vive su espíritu”. Con estas palabras Galdós inunda de ternura hacia estos seres desvalidos la caricatura despiadada de la sociedad que era hasta entonces el fragmento.
Después de la idea general sobre los locos, el narrador vuelve a repetir los conceptos “pared, ángulo, mancha de sombra” para comentar cuáles corresponden a Rufete. Mediante la dispersión de los términos, Galdós ejemplifica en su protagonista la aseveración antes realizada.
El “ángulo del patio” se transforma gracias a una simbolización: la metáfora aposicional evita el verbo copulativo y se añaden las imágenes paralelísticas: “tribuna de sus discursos, trono de su poder…” al término real “ángulo del patio”. Mediante este procedimiento, la identificacion entre realidad e imagen se produce gradual pero inequívocamente. En cierta medida la elección del lugar tendría su lógica, pues la pared imitaba una muralla egipcia, majestuosa, poderosa. El uso de los gerundios (“cayéndose, manchando”) da a la acción un tono de continuidad que aclara la idea de cotidianeidad del proceso de degradación de la pared y, con ella, de Rufete.
La tercera parte, la más extensa, hace hincapié en el estado mental del enfermo. La acción externa da paso a la acción interna. Para la acción externa el novelista se sirve de la descripción, para la interna recobra el estilo indirecto libre. Rufete comienza con sus audiencias y desfilan elevados personajes (“secretarios, generales…”) que representan los principales estamentos de la sociedad decimonónica. La enumeración finaliza con los “archipámpanos”, los personajes de más alta dignidad para Rufete porque son los únicos imaginarios, con lo cual Galdós recalca nuevamente su locura.
La exclamación (“¡ah!”) indica que Rufete se siente satisfecho porque, tras las obligaciones menores, se dispone a firmar los documentos. Para incidir en lo pesado del esfuerzo se utiliza la fórmula gradual de elevar la cantidad del numeral (“miles… millones, billones, cuatrillones…”) repitiendo el complemento partitivo “de firmas” en el primero y el último de lo miembros.
El narrador se sitúa de nuevo en la posición de espectador y describe los movimientos de Rufete (“se sentaba, cruzaba, hundía, pasaba”. La última frase añade la referencia a una de las locuras de Rufete: cree que tiene una gota de mercurio en la cabeza. De contar firmas, el loco pasa a contar dinero y de nuevo el narrador comenta los sentimientos que Rufete le produce al referirse a él como “el infeliz”. Siente piedad hacia su personaje porque es un marginado, y porque la locura ha surgido en él a causa de su celo en el trabajo. Ésta es la razón por la que cuenta incansablemente la cantidad exacta.
Galdós recurre otra vez al estilo indirecto libre porque vuelve a entrar en los pensamientos del protagonista, ahora de manera más firme que en los casos anteriores, pues esta última utilización se acerca considerablemente a la técnica del monólogo interior tan utilizada en la novela del siglo XX. Ahora el discurrir es más lógico porque nos hallamos inmersos en la cabeza de Rufete; de ahí la identificación de las pesetas con las partículas de mercurio (“metal líquido”), a través del cerebro (“intersticios del tul del pensamiento”). El proceso lingüístico de identificación es complejo, pues el autor se basa en el uso de metáforas encadenadas: las cifras se convierten en partículas gracias a los gerundios que hacen subordinar esta segunda afirmación a la primera, más lógica. El contenido semántico de estas formas verbales (“huyendo, desapareciendo”) indica la transformación de algo abstracto (“cifras”) en algo concreto y físico (“partículas”). Para la identificación entre “el pensamiento =cerebro” y “una tela por donde se filtra un líquido= mercurio”, se sirve de otro tipo de metáforas: “tul del pensamiento”. El último paso del proceso de Rufete es sencillo: si el pensamiento es el tul, con “pensar fuerte” se conseguirá “espesar la tela” y por tanto, no se filtrarán las pesetas, que además se desarrollan y multiplican teniendo descendencia. Rufete identifica los céntimos con las “graciosas crías” de las pesetas.
CONCLUSIÓN
Procediendo de lo general a lo particular, Galdós inicia su parlamento con una crítica a los poderes de su tiempo encarnados en los habitantes de un manicomio para, finalmente, fijar su atención sobre el personaje de Rufete. Este encarna la figura del jefe de gobierno, por una parte, dentro de esa sociedad alegórica que el novelista nos pretende mostrar; y, por otra, el producto real de la misma: un loco que sueña con la contabilidad. Además de presentarnos como espectador al protagonista, el escritor se sirve del estilo indirecto libre para dar paso a los pensamientos de aquel, pero —como suele ocurrir con el narrador omnisciente— no resiste la tentación de opinar él mismo sobre el asunto. El fragmento es, por tanto, un excelente ejemplo de las técnicas narrativas más modernas, utilizadas por un cuidadoso escritor realista.
[Fuente: Gala Blasco Aparicio, Comentario de texto 18: Benito Pérez Galdós, La desheredada, Estella, Cénlit, 1992]
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3 respuestas a Comentario de texto de Benito Pérez Galdós: La desheredada

  1. Alberto Gascón dijo:

    Hola Carmen te quería preguntar si en el examen de mañana pondrás autores de los cortos como Fernán Caballero o Pereda. Gracias.

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