Modelo de comentario de texto narrativo

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Hemos estado trabajando en clase diversos textos narrativos y, como os he dicho, el examen de este viernes incluirá un texto para comentar. Me habéis pedido que os prepare un comentario de un texto que os pueda servir de orientación. He elegido un cuento de Jorge Luis Borges, titulado Emma Zunz.

Antes de ver el comentario, recordaremos qué aspectos debemos tratar en el comentario de un texto narrativo. Básicamente, son los mismos que vimos al analizar las propiedades de los textos, pero ahora nos centraremos en las características específicas de la narración.

  1. Situación del texto: centramos el texto que vamos a comentar, indicamos el autor, la obra de la que procede y si es un texto íntegro o un fragmento.
  2. Tema
  3. Argumento
  4. Elementos de la comunicación presentes en el texto.
  5. Intención y función del lenguaje predominante.
  6. Tipología textual a la que pertenece el texto.
  7. Estructura de la historia y estructura de la narración.
  8. Tiempo del relato
  9. Espacio del relato
  10. Personajes
  11. Narrador.

EMMA ZUNZ

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer – ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar…»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: “Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…”

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

Jorge Luis Borges, El Aleph

 

COMENTARIO

Se trata de un cuento, titulado Emma Zunz, escrito por el escritor argentino Jorge Luis Borges y recogido en su colección de relatos El Aleph.

El tema del cuento es la venganza que trama Emma Zunz contra Loewenthal, a causa del perjuicio que este causó a su familia.

El argumento del relato sería el siguiente: Emma Zunz recibió la notificación del suicidio de su padre, quien debido a una acusación de robo injusta, tuvo que huir del país. Emma sabía que su actual jefe, Loewenthal, fue el verdadero ladrón y tramó una venganza. Tras tener un encuentro sexual con un desconocido en el puerto, se citó con Loewenthal y le disparó. Justificó su crimen diciendo que había sido en defensa propia, ya que el señor Loewenthal la había violado.

Elementos de la comunicación

El emisor del texto se proyecta en el texto en la forma del narrador, un narrador externo, omnisciente, que se expresa habitualmente en 3ª persona, pero que en una ocasión utiliza la primera persona “Yo tengo para mí…”; este narrador incluye en su relato preguntas retóricas , así como aclaraciones entre paréntesis dirigidas al lector.

Por lo que respecta a la situación, los elementos de la realidad constituyen el referente de la narración. El relato reproduce de manera verosímil la venganza de Emma Zunz contra Aaron Loewenthal (acción y personajes), realizada un día de enero de 1922 en Buenos Aires (espacio y tiempo). El canal es escrito y el código el castellano, en la variedad del español de América que se habla en Argentina.

Intención y función del lenguaje predominante

En cuanto a la intención, se trata de una narración literaria, por tanto la función predominante será la referencial (lo que interesa son los referentes del discurso: los hechos que se narran) y junto a ella, la función poética, ya que, al ser una narración literaria, interesa la propia forma del mensaje y el goce estético que produce el relato.

Tipología textual

La tipología textual dominante es la narración, pues se relatan una serie de acontecimientos que suceden en un tiempo y espacio determinados. Aparece alguna descripción espacial y un par de ejemplo de discurso citado en estilo directo: “He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”; “Ha ocurrido una cosa que es increíble…”

Estructura de la historia y de la narración

La estructura de la historia es la siguiente: en 1916 Emanuel Zunz es acusado de robo, va a la cárcel y debe salir del país. Antes de irse le confiesa a su hija Emma que el ladrón fue Aaron Loewenthal. Emma entra a trabajar en la fábrica propiedad de Loewenthal. El 14 de enero de 1922 Emma recibe la noticia del suicidio de su padre. El día 15 prepara su venganza y el 16 se cita con Loewenthal. Antes de visitarlo, va al puerto y se acuesta con un marinero. Acude a la cita con su jefe y lo asesina. Justifica su crimen diciendo que se había defendido porque él la había violado.

La trama de la acción sigue un esquema “in medias res”, el narrador nos introduce de lleno en el desarrollo de la historia, aunque se producen dentro del relato prolepsis que nos permiten conocer los datos anteriores necesarios para comprender la historia. Esta sería la estructura de la acción

[El 14 de enero de 1922, Emma recibe la noticia de que su padre se ha suicidado en Brasil.] + [Emma recuerda el pasado: los días felices con su familia, la acusación injusta contra su padre en 1916 y la confesión del verdadero autor del robo que le hizo su padre antes de marcharse.] + [Emma pasa el viernes 15 de enero con normalidad.] + [El 16 de enero, sábado, concierta una cita con Loewenthal.] + [Por la tarde va al puerto y se acuesta con un marinero de un barco que iba a partir esa noche.] + [Al atardecer acude a una cita con Loewenthal y lo asesina.] + [Justifica su crimen diciendo que se había defendido porque la había violado.]

El texto contiene varias digresiones en las que el narrador introduce reflexiones sobre lo narrado.

Tiempo del relato

El tiempo externo del relato está marcado mediante una referencia explícita que indica el comienzo de la acción “14 de enero de 1922”; en cuanto al tiempo interno, el tiempo de la historia abarca exactamente tres días desde el jueves, 14 de enero de 1922 en que recibió la carta hasta el sábado 16 de enero, en que consumó su venganza. Este tiempo aparece minuciosamente indicado en el texto:

Día 14 de enero, jueves: “El catorce de enero de 1922”, “Emma lloró hasta el fin de aquel día”, “No durmió aquella noche…”

Día 15 de enero, viernes: “Cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana…”, “A las seis, concluido el trabajo…”, “De vuelta, preparó una sopa… comió temprano, se acostó y se obligó a dormir”, “Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera”.

Día 16 de enero, sábado: “El sábado, la impaciencia la despertó”, “Emma trabajó hasta las doce…”, “Se acostó después de almorzar…”, “Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde…”, “En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba”.

El tiempo de la historia está alterado por una evocación retrospectivas “Recordó veraneos en una chacra…” que explica los acontecimientos que han provocado el suicidio de Emanuel Zunz y la venganza de su hija.

El ritmo de la narración es lento, ya que el narrador se detiene en narrar pormenorizadamente todas las acciones de la protagonista desde que descubre la carta hasta que asesina a Loewenthal. Incluye además digresiones del narrador acerca de la verosimilitud de los hechos y descripciones del espacio donde se desarrollan los acontecimientos.

Espacio del relato

La narración se desarrolla en varios espacios que son descritos con detalle, desde un punto de vista subjetivo. El espacio adquiere un valor simbólico; la descripción que de él se hace está determinada por la subjetividad y el estado de ánimo de la protagonista. Esto se aprecia especialmente en el recorrido que Emma realiza desde su casa hasta el puerto: la imagen de Emma se ve “multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos”; el pasado (la casita de Lanús con sus cristales amarillos) y el presente se relacionan a través de la repetición de los mismos cristales en la habitación donde va a acostarse con el marinero.

Personajes

En el relato hay un personaje principal protagonista, Emma Zunz, en la que está focalizada toda la atención del narrador; junto a ella aparecen un antagonista, Aaron Loewenthal. El padre de Emma tiene una papel secundario, aunque clave, ya que la falsa acusación es el inicio de la acción del relato; el marinero realiza también un papel secundario, pero significativo, ya que colabora, aunque involuntariamente, en la realización de la venganza de Emma. Las amigas de Emma (Elsa Urstein y su amiga) desempeñan un papel fugaz.

El personaje principal se presenta a través de una caracterización indirecta. El narrador no hace una descripción física, sino que la presenta a través de sus actos y sus pensamientos; aunque reconoce que la dificultad de narrar verosímilmente los hechos: “¿En aquel tiempo fuera del tiempo […] pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito.” Emma Zunz es, pues, un personaje individualizado presentado como un ser complejo y contradictorio; aunque el texto nos lo presenta como un ser para un fin: la venganza que es la que rige todos sus actos.

Narrador

Por último, el narrador del relato es externo, cuenta los hechos desde una tercera persona, aunque en ocasiones utiliza la primera persona (“Yo tengo para mí…”) cuando deja de narrar y comenta o enjuicia la acción o a los personajes. Se trata además de una narración retrospectiva, el narrador se sitúa en un presente desde el que recuerda el pasado. Alternan el uso de formas verbales del pasado “halló, dejó, lloró… “ que se alternan con un presente intemporal desde el que habla el narrador (“Los hechos graves están fuera del tiempo…”).

Conclusión 

Emma Zunz es un relato retrospectivo. Un narrador omnisciente en 3º persona cuenta desde el presente la historia de la venganza de Emma. El narrador hace una minuciosa reconstrucción de lo ocurrido durante los tres días desde que Emma se enteró del suicidio de su padre y ejecutó su venganza, pero, pese a la exactitud de los datos concretos, el narrador  duda de la verosimilitud de su historia ya que los detalles de este se sustentan en la memoria de la protagonista que rechaza y confunde los datos.

Podéis descargar una copia del cuento de Borges y del comentario aquí:

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