Comentario de un texto de Leopoldo Alas, Clarín: La Regenta

Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y garrulo de las despedidas y los preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno, la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para aquella mujer que sentía las emociones de los quince al frisar con los treinta.

No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que se reportase, que mirase quién era ella. “Bastante lo miraba, bastante se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo”.

“No, que no calle, que hable toda la vida”, decía el alma entera. Y Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que había sido mística, ni siquiera en que había maridos y magistrales en el mundo. Se sentía caer en un abismo de flotres. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo.

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor, algo enfermizo, una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin trascender a nada más que la esperanza de que durase eternamente. “No, por allí no se iba a la locura”.

Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta; es más, lloraba, sin llorar, por supuesto, “de pura gratitud, sólo porque le oían”. “¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones, millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él; pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar, de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino vulgar,  necio, que era lo que el vulgo estúpido había querido hacer de él.”

INTRODUCCIÓN
El fragmento pertenece al capítulo 28 de La Regenta de Clarín. Mientras que en los primeros se nos describe la situación y los personajes, a partir del capítulo 15 se desarrollan los acontecimientos en un periodo de tres años. Esta escena se produce en “El Vivero”, la casa de campo de los marqueses de Vegallana, adonde había ido a pasar el día lo más granado de la aristocracia de Vetusta y en donde les había sorprendido una tormenta. Entre los invitados están Ana Ozores (la Regenta) y don Álvaro Mesía. Éste último aprovecha la ocasión para declararle su amor decididamente.
ANÁLISIS
El tema del fragmento es la declaración de amor de don Álvaro a la Regenta, la emoción contenida de ésta y el miedo a los propios sentimientos.
En cuanto a la estructura podemos señalar tres partes:
a) En el primer párrafo, el narrador describe una escena, el ruido, los preparativos de un viaje y una secreta conversación entre dos personas, que no es otra cosa que una declaración de amor de don Álvaro a la Regenta.
b) Los tres párrafos siguientes describen los sentimientos que esa declaración despiertan en la Regenta.
c) El último párrafo refleja las palabras y la actitud de don Álvaro al declararse.
Se trata de un fragmento escrito en una prosa llena de matices y estilos narrativos. No falta la ternura, la emoción ni la ironía. El fragmento es una reproducción de un monólogo interior de Ana Ozores, la Regenta, ella no le contesta con palabras a don Álvaro, todo lo que sabemos nos lo cuenta el narrador. El autor describe una escena emotiva desde el punto de vista de un narrador omnisciente que lo sabe todo acerca de los personajes; realiza una introspección en el alma de la protagonista, reproduciendo sus pensamientos en estilo directo: “No, que no calle, que hable toda la vida”, decía el alma entera. En estilo indirecto: “…Ana no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que había sido mística…”. Y en estilo indirecto libre: “No, por allí no se iba a la locura”.
Reproduce asimismo las palabras de don Álvaro en distintos estilos narrativos y con un matiz irónico que hacen dudar al lector de su sinceridad.
Dentro del realismo, la escena aporta todos los ingredientes de observación y verosimilitud de una narración: descripción de una situación (preparativos de una marcha, confusión, ruido, rapidez..), una tormenta de verano (gotas de lluvia, truenos…) y la conversación íntima al margen de la realidad de dos personajes (la Regenta y Álvaro Mesía).
Esta separación entre lo que sucede fuera y dentro de los personajes está resaltada con maestría por el autor: frente al ruido exterior, el murmullo del amor, frente a la confusión externa, la emoción interna y contenida de la Regenta que le hace sentir por primera vez algo que se parece al placer, a la felicidad.
Lo que sucede en este fragmento es de importancia capital para el desarrollo de la obra; hasta el momento, don Álvaro había extendido las redes para la conquista de la Regenta, pero ella, por miedo, refugiándose en un misticismo agobiante y no del todo sincero, había podido resistirse a unos sentimientos que cada vez se parecían más al amor. En esta escena reconoce internamente el placer que le produce la proximidad de don Álvaro. A partir de este momento, todo va a cambiar. El adulterio se va a consumar y con él el desenlace trágico de la obra.
La maestría de Clarín se demuestra en la introspección que hace del alma de los personajes, sobre todo de la Regenta. Aparece como una mujer cercana a los treinta que nunca había sido amada con pasión, que quería olvidarse de todo lo que la había tenido atada: un matrimonio sin amor, unas relaciones místicas con su confesor que ejercía una clara influencia sobre su alma, que reconoce por primera vez la dicha y el placer de ese momento. Don Álvaro se nos muestra respetuoso y apasionado, y ante todo humilde, sereno, pero hay algo en sus palabras que nos hacen dudar de su sinceridad, de la verdad de su amor hacia la Regenta. Clarín jugará con esa ambigüedad a lo largo de toda la obra. No se parece en nada al conquistador audaz que se nos ha presentado en los primeros capítulos.
En cuanto a la forma lingüística sobresalen las frases cortas y la enumeración de elementos en aquellos momentos en los que el narrador quiere transmitir emoción: “En lo que estaba pasando ahora ella pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer…”
Al mismo tiempo resalta la repetición de formas verbales u otros elementos en forma de anáfora: “bastante lo miraba, bastante se contenía…” Aparecen también oraciones yuxtapuestas con la misma estructura para transmitir esa sensación de emoción, de desasosiego interno.
El léxico es culto y elaborado; cada adjetivo y sustantivo tiene un sentido preciso: “esfuerzo doloroso, frialdad abstracta, exaltación malsana, rigor enfermizo…” referido a la meditación religiosa, frente al amor que es “salud, placer, fuerza, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva”. Aparecen cultismos como “eufemismos, mística, tangible, trascender, elocuente, libertino, vulgo…”, junto con algunas palabras propias de un registro más cotidiano: “garrulo, estrépito, estúpido…”
Destaca, por otra parte, la aparición de expresiones connotativas de un lenguaje poético, figurado y literario para describir el temor de Ana, lo más destacado es: “se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo”. Se trata de un juego de palabras centrado en la palabra “caer” que tiene connotaciones negativas: “caer en pecado”, “caer en un abismo”. Pero el juego literario se establece cuando el abismo es de flores; es decir, lo negativo del abismo desaparece ante la fragancia y el placer de las flores: un abismo maravilloso, es una paradoja en el sentido o una sinestesia en la forma, dos palabras que no pueden utilizarse juntas porque sus significados se oponen.
Lo mismo ocurre con “caer el cielo”, es igualmente una paradoja, un sinsentido lleno de connotaciones poéticas: caer presupone un vacío, un hundimiento, pero al cielo se sube, no se cae. Ana es consciente de que su amor por don Álvaro es una caída en el vacío, un pecado, pero para ella esa caída es el paraíso, es la felicidad.
Hay que destacar también la ironía del autor al narrar las palabras de don Álvaro, lo que, como hemos visto ya, nos hace dudar de su sinceridad: “lloraba, sin llorar por supuesto”, “de pura gratitud sólo porque le oían”. Esa actitud humilde y considerada del mayor conquistador de Vetusta provoca ciertas reticencias un tanto sarcásticas; el lector dudará hasta el último momento de verdadero sentimiento de Mesía hacia la Regenta.
CONCLUSIÓN
El texto, en cuanto a su contenido, constituye una escena clave para el desarrollo de la obra: la caída de la Regenta en los brazos del conquistador. En cuanto a la forma es una muestra ejemplar de la utilización de las más variadas técnicas narrativas y de la exploración del alma de los personajes: sus contradicciones, sus emociones y sentimientos. En este sentido es un reflejo de la técnica realista de observación y descripción de ambientes y profundización de los personajes. Por último, la riqueza de léxico, la habilidad en la construcción de oraciones y la fina ironía hacen de Clarín uno de los mejores prosistas del siglo XIX.
[Fuentes:  Texto adaptado de: Alonso Fernández Santos et al., Literatura 2º, Vitoria: Magisterio Casals, 1992; Imagen: http://www.lacomunidad.elpais.com
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Una respuesta a Comentario de un texto de Leopoldo Alas, Clarín: La Regenta

  1. Alvaro dijo:

    Me ha servido mucho este comentario de texto, me ha ayudado a concluir el mío, tiene la información necesaria y muy bien hecho. Un alumno de 4º de ESO.

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